viernes, 29 de julio de 2011

El impuesto a los pobres

A raíz de una charla con Luciano y Gonzalo FK, anoche, volvemos a pegar un posteo viejo.


Una idea mía, fija, es intentar desentrañar cómo un proceso inflacionario como el actual se complementa con un círculo virtuoso firme de generación de empleo y consumo.





De alguna manera, la frase del título pasó a ser una descripción cabal del fenómeno inflacionario.

Antes que nada, por qué "impuesto".

Bueno, podemos suponer que se debe a que en un contexto inflacionario moderado el Estado tiene la posibilidad de diferir la actualización de sus obligaciones, mientras que lo que recauda por impuestos indirectos (al consumo) se actualiza inmediatamente que se van modificando (al alza) los precios. El desfasaje temporal le significa al estado el usufructo de un diferencial apreciable.
Justamente lo contrario, acotemos también, de lo que se conoce como efecto Olivera-Tanzi.

En otro sentido, puede aludirse a una práctica emparentada con el señoreaje. Surgida del monopolio de la emisión monetaria del que dispone el banco central. Hace falta reconocer causas monetarias y fiscales (conjuntas) en el aumento de precios para avalar esta idea.
Pero funcionaría así: el banco central emite plata para darle al Estado, que de ese modo cubre obligaciones que superaban lo recaudado por impuestos. Esa plata emitida por el banco central, al comenzar a circular va convalidando aumentos de precios. El contribuyente, paga indirectamente, con inflación, el financiamiento al estado.
En Argentina, los adelantos transitorios y las transferencias de utilidades que el banco central le realiza periódicamente al Tesoro podrían encuadrarse como instrumentos de este tipo. Suponiendo (repito) que avalemos la idea de inflación por emisión monetaria.

Ahora, aceptado esto, ¿por qué a los pobres?
Bueno, es sencillo: la inflación perjudica, más que a nadie, a los más pobres.

Ahora, pensándolo bien, la extracción de plusvalía, el régimen de acumulación de capital, el entorno jurídico que garantiza la propiedad privada incluso de los factores de producción (medios de producción, tierra, fuerza de trabajo), el marco legal en el que se asienta que el dinero sea la única mercancía que devenga interés como piedra fundamental de la renta financiera, la financiación del Estado mediante impuestos indirectos, la libre disponibilidad de las utilidades empresarias (para remesar a países de origen en algunos casos); en fin, cada una de las cosas que forman parte del sistema económico en el que nos desempeñamos, como "anomalías" o como "norma", perjudican en mayor medida a los pobres. Por eso es que, justamente, son pobres. Como resultado de un proceso histórico que excede en mucho a la aceleración coyuntural de la inflación.

Entonces, sin perjuicio de que la inflación restrinja el poder de compra de los ingresos más bajos (así se mide la pobreza), me parece que no se puede decir que sea un impuesto a los pobres.

Es, más precisamente, un impuesto al ahorro.
En el siguiente sentido: en un contexto inflacionario lo primero que desciende es la propensión marginal a ahorrar. Billete que llega a las manos de cualquier persona, se convierte automáticamente en un bien, a los efectos de resguardar su poder de compra, inclusive adelantando consumo.
Y este aumento en la propensión marginal al consumo amplía los márgenes de crecimiento de la economía, empleando mayores recursos, a veces no en actividades "de calidad" (en el sentido de la capacitación requerida que repercute en más altos salarios). Pero actividades, empleos, al fin.

Suele pensarse además que los ingresos fijos (salarios) sufren fuertemente la devaluación en un contexto inflacionario. Y que esto es corregido por las indexaciones, pero de manera tardía, lo cual también acumula márgenes aprovechables por el capital en detrimento del salario. Y es cierto.

Pero dentro del universo de asalariados los que más lo sufren son los empleados informales, en negro, porque no hay convenio que los proteja o les reintegre el poder de compra perdido. También es cierto.

Pero hay que agregar un matiz: el mercado de trabajo no es estático, ni en la franja formal ni en la de informalidad. La economía, para absorber la mano de obra de quienes se van incorporando a la población económicamente activa por cuestiones generacionales simplemente, debe crear una cantidad importante de puestos de trabajo, de forma continua.
Esos nuevos puestos de trabajo (formales e informales) no son ocupados necesariamente por los que se incorporan al mercado laboral, sino que se desarrolla una dinámica en la cual los asalariados van cambiando sus puestos, rotando. En el sector informal la rotación suele ser mucho mayor. Los empleos en el sector formal son más estables.
Y esta rotación va mitigando los efectos de la inflación en la informalidad. Porque los asalariados informales, en un contexto de crecimiento y de fuerte actividad, van cambiando de empleo periódicamente, en general a empleos mejores.
Entonces, el verdadero motor que hace funcionar el esquema es el círculo virtuoso "más consumo-más empleo".
Mientras la inflación no rompa esa relación virtuosa (cosa que puede empezar a hacer en algún momento, y por lo tanto hay que evaluarlo constantemente) los efectos nocivos de la inflación en las capas más bajas de la  sociedad estarán parcialmente mitigados. No eliminados, pero sí matizados. Mucho más que con una inflación baja a costa de enfriar mucho la economía.
Por eso, hay que pensar bien qué hacer.