jueves, 15 de septiembre de 2016

La falacia del “endeudamiento, pero sólo para infraestructura”

A continuación, empezaremos a publicar por este medio aquellos artículos que salieron en ABC en línea. La idea es hacer un recorrido por los análisis sobre la economía en tiempos de Macri, con pronósticos, fallidos y de los otros, incluídos.
A partir de acá, el primero de esos artículos.



http://abcenlinea.com.ar/la-falacia-del-endeudamiento-pero-solo-para-infraestructura/


El dinero tiene la característica innegable de ser el bien fungible por excelencia. Si alguien presta 300 pesos, no es necesario que la devolución se haga con los mismos billetes. Cualesquiera tres billetes de 100 pesos cumplirán la misma función: reemplazar los 300 pesos prestados y saldar de esa forma el contrato. El valor simbólico del billete es el que cuenta; físicamente, da lo mismo.
Esta pequeña introducción es, aunque no lo parezca, decisiva en cierta materia que llamaremos falacia del endeudamiento externo exclusivamente para realización de obras de infraestructura. Un tópico que, con el regreso al ciclo de endeudamiento propuesto por el gobierno nacional a partir de la resolución del diferendo buitre, está siendo muy usado: tomar deuda, pero solamente para obras de infraestructura.
La toma de deuda externa por parte de los países (la que se considera pública, a pesar de que en el tramo externo todo endeudamiento termina siendo tal; más adelante lo ampliaremos) tiene un objetivo fundamental: lograr los llamados equilibrios macroeconómicos, que se basan, en primer término, en respaldar con divisas el funcionamiento de la economía doméstica. El volumen de deuda necesario se vincula, a través de un cálculo financiero, con la demanda de divisas existente en relación a la moneda doméstica circulante.
Toda toma de deuda externa, entonces, está pensada en base a la necesidad de hacer ingresar las divisas que –sumadas a las que entran por otras vías– garanticen la disponibilidad necesaria para satisfacer esa demanda. Es exactamente esto lo que los expertos (como las calificadoras de riesgo; o el certificador de deudores, que es el FMI) evalúan a la hora de señalarles a los mercados (que son por lo general entidades financieras que reúnen excedentes acumulados por clientes avaros que los quieren convertir en mayor riqueza todavía) a quién conviene prestarle y a quién no. Básicamente, en el fondo de todo este intrincado funcionamiento sistémico está la siguiente pregunta (que las calificadoras deben responderle al mundo de las finanzas): ¿nos vamos a poder llevar la nuestra en cuanto queramos? ¿Nuestros clientes podrán remitir utilidades dolarizadas a sus casas matrices? ¿La tendrán disponible?
El equilibrio macroeconómico que importa a estos fines es el que permite mantener los flujos habituales por cuenta financiera. Que son, en definitiva, los que contribuyen a que ciertas regiones del mundo estén provistas de mayor capital y cuenten con la solvencia necesaria como para, por ejemplo, imponer su moneda como de circulación mundial. Digamos, ¿para qué necesitarían dólares todos los países del mundo, si no fuera para aceitar un proceso de circulación de bienes, servicios y fondos que –al final del ciclo– contribuye a la acumulación de excedentes de capital, representados financieramente en los índices de Wall Street? La imposición histórica de esos flujos como “naturales” es la base de la dominación global norteamericana.
Para ser claros: las obras de infraestructura en Argentina se pagan en pesos. Si la deuda es en dólares, no es solamente por la necesidad de obtener financiamiento para ellas. 
Es cierto que los volúmenes que se pueden conseguir en mercados extranjeros son mucho mayores a los de financiación local. Pero, de todas formas, es claro que hay otros motivos para la toma de deuda externa en dólares, incluso cuando sea sin perjuicio de que la obra se termine finalmente construyendo.
Supongamos un ejemplo para nada descabellado: se toma un crédito para determinada obra. Y en el ínterin se produce una corrida contra el peso (atribuida a los desequilibrios que se quiera), en la cual primero los mercados y después los particulares demanden dólares (y ninguna otra moneda, dato clave éste) para refugiar el poder adquisitivo de sus ahorros. La autoridad monetaria reaccionará, como es lógico, vendiendo dólares para calmar esa demanda coyuntural. Y entonces, por la fungibilidad del dinero de la que hablábamos, ¿quién podría decir que los dólares que se recibieron en préstamo son otros distintos de los que se vendieron para paliar la corrida? Justamente por esto mismo no sería igual que nos prestaran yuanes, y ni siquiera euros, a los cuales, en caso de recibirlos, correríamos rápidamente a convertirlos en dólares ante la eventualidad de tener que satisfacer demandas como la descripta. Porque lo que define qué moneda es preferible atesorar para los bancos centrales es la demanda, real o potencial.
De manera tal que importa menos cuáles obras de infraestructura se podrán hacer o no con la plata que se recibe en préstamo –o mejor dicho, con la que se emite con ese respaldo–, en tanto la función principal de ese dinero es consolidar la garantía de que se produzcan los habituales flujos por cuenta financiera. Que, dicho sea de paso, suelen terminar dando saldo negativo para los países del tercer mundo, aunque compensable con nueva deuda, que no se transformaría en impagable si sirviera para agrandar la base productiva por encima de los niveles de endeudamiento, cosa que suele ser anunciada al inicio de cada ciclo de endeudamiento pero que no ocurrió nunca en la historia de la humanidad. Ni seguramente nunca ocurra porque la naturaleza del endeudamiento es otra, y no el infantil win-win que suelen postular los acreedores.
Por eso, en una economía como la argentina, que tiene extranjerizadas muchas de sus palancas principales, cualquier ingreso de dólares se convierte en una potencial promesa de egresos posteriores. Todos los dólares que nos den, por la vía que sea, son pasibles de que nos los quieran cobrar en el futuro. A tal punto llega la cuestión que la distinción entre deuda pública y deuda privada (cuando hablamos de endeudamiento externo) es bastante difusa. 
Al ser los dólares un bien escaso, y (peor) su disponibilidad un factor exógeno para nuestra economía, la necesidad de obtenerlos por parte de un privado para pagar su deuda con un banco extranjero provoca indirectamente restricciones en el resto de los actores económicos. Las divisas que se usan para un fin no podrán usarse para otros. En tanto una empresa tenga que garantizarse dólares para devolver un crédito, ellos no estarán disponibles para comprar medicamentos que no se produzcan aquí.
El establecimiento de prioridades a la hora de asignar recursos podría paliar algunas consecuencias de esta situación, pero no todas. Cualquier deuda externa (pública o privada) es, en definitiva, de todos. Y por lo tanto, los Estados no deberían liberar a los privados a tomar la deuda que quisieran, ni tampoco arbitrar la apertura comercial y financiera que les permita recibir inversiones externas indiscriminadamente a través de sus operatorias en la bolsa de comercio, ya que ésa es otra fuente de endeudamiento encubierto. Lo dicho hasta aquí no tiene por objeto inculcar la extravagante idea de que es conveniente eliminar la deuda pública, que es una herramienta válida de política económica, pero sí remarcar la necesidad de entender de forma realista la naturaleza de la misma para ser conscientes de los riesgos que supone, aun cuando sean maquillados (¿quién puede negar que Argentina necesita importantes y urgentes obras de infraestructura?).
Y esta necesidad de llamar la atención se vuelve más patente cuando se vislumbran ciertas actitudes gubernamentales de las que se desprende una alta desaprensión por estos riesgos, y demasiada proclividad a los excesos en materia de endeudamiento.

No hay comentarios: