viernes, 16 de septiembre de 2016

Inflación núcleo y el núcleo del dilema inflacionario

http://abcenlinea.com.ar/inflacion-nucleo-y-el-nucleo-del-dilema-inflacionario/

Se discute mucho sobre la dinámica de los precios de los bienes. Y es lógico, porque es algo que afecta demasiado la vida de las personas. Es lo que define nuestro segundo vínculo con lo material: el primero es la producción; el segundo, la apropiación de los bienes producidos, que en muchos casos son esenciales para la supervivencia. Por lo general, se usa el término inflación de forma genérica para rotular este tópico. Sobre este punto podría ser útil hacer algunas aclaraciones.
La inflación puede definirse como el aumento persistente y regular de todos los precios de la economía, en proporciones similares, durante un período determinado.
Acá ya tenemos un primer elemento a tener en cuenta: la inflación no es un hecho, sino un proceso, una continuidad de hechos. Los precios varían, si bien no de manera absolutamente sincrónica, más o menos armónicamente entre sí. Todos van aumentando a un ritmo similar, en los mismos porcentajes. Y estos aumentos abarcan un período determinado.
Agreguemos algo que por lo general se pierde de vista: el salario es también uno de esos precios que varían al alza. Es el precio de venta de la fuerza de trabajo por parte del trabajador. De manera tal que, en un proceso inflacionario, los precios de los bienes y los salarios aumentan más o menos proporcionalmente. En términos teóricos, si tenemos inflación, la llamada “carrera entre precios y salarios” es, si bien irregular, también pareja. Por momentos sacan ventaja los precios de algunos bienes, después se acomodan otros; por momentos, el salario se recompone y hasta sobrepasa el nivel de precios, etc. Pero de punta a punta del período, el poder adquisitivo del salario –medido en cantidad de bienes que se pueden comprar con él– termina siendo aproximadamente el mismo.
La inflación, entonces, en la teoría, es un fenómeno nominal, no real. Cambia la nominación del valor de lo que compro y de lo que cobro. Pero en términos reales, mi sueldo equivale siempre a la misma cantidad de productos. Claro que en la práctica las cosas no siempre son como en la teoría, porque intervienen muchos otros factores. Por ejemplo, si la inflación viene mostrando una inercia que la ubica en 25% anual, y en un hecho puntual un producto como el tomate, debido a algún factor climático, ve declinar su oferta, y como consecuencia su precio aumenta 70%, no estamos en este caso ante una variación propia del proceso inflacionario, sino que nos encontramos ante una corrección de precios relativos –como le gusta decir a Alfonso Prat Gay–. ¿Por qué?
En realidad, lo que ocurre allí es que aumenta el valor del tomate en relación a los de los otros bienes y servicios. Su precio relativo, por ende, pasa a ser mayor, ya que se trata de un bien más escaso que antes y por lo tanto más deseable por sus habituales consumidores. Cuando el clima se normaliza, la cosecha de tomate también; se conforma una oferta robusta, y el precio vuelve a su nivel natural, ya que desciende a su estatura habitual el valor mismo del bien.
Las actuales autoridades, para marcar esta diferencia sin que se note demasiado la verdadera naturaleza de los hechos y sus consecuencias, recurren ahora al concepto “inflación núcleo”.
Se refieren exactamente a lo que es en realidad inflación pura. Es decir, los cambios de precios armónicos, producto sólo de un fenómeno nominal. Los despojan, en este concepto, de los aumentos que se producen por decisiones puntuales de las autoridades económicas (quita de retenciones o de subsidios), que son los que afectan decisivamente el poder adquisitivo del salario. Es por este motivo que Prat Gay señaló en algún momento, con razón, que lo que estaba ocurriendo, más que una aceleración de la inflación, era una corrección de precios relativos.
Precios como los de la carne, el pan, la leche, los alimentos en general, la luz, el gas, el agua, el transporte, los combustibles, sufren, desde hace seis meses, aumentos adicionales, propios de la eliminación de las barreras que los mantenían contenidos (subsidios, congelamientos, controles de precios, retenciones, ancla cambiaria). Eso compone el famoso “sinceramiento” de precios.
Al salario, lamentablemente, no le ha tocado una corrección semejante. De manera que se pierde poder adquisitivo, no por la inflación, ni por la “inflación núcleo” ni por la dinámica nominal de los precios, sino por decisiones económicas puntuales que provocan aumentos reales de determinados bienes, de una sola vez, que no serán equiparados por los otros precios.
La corrección de precios relativos es lo que afecta al salario realmente. Ya que “sinceran” que el precio del pan estaba demasiado bajo en relación a los sueldos de los panaderos. Entonces, mientras el primero aumenta 80%, el segundo lo hará sólo en 30%. El Gobierno puede atribuirle a la gestión anterior la inercia inflacionaria –hace al menos siete u ocho años que tenemos inflación superior al 20% anual–. El tema es que esa inercia inflacionaria daría, en el peor de los casos, un empate del salario con los precios de una canasta de productos más o menos esencial.
Sin embargo, la corrección de precios relativos –que se da puramente por decisión política del actual gobierno– tiene como finalidad devaluar el salario en relación a los precios de los otros bienes. Es muy probable que, si resulta exitosa, esta corrección de precios relativos termine por disminuir drásticamente la inflación. En ese momento, la “buena” noticia será que, con el correr del tiempo, se iría eliminando la variación constante de precios… y también la de los salarios.
La noticia mala será que esto se logrará gracias a una elevación importante (por única vez) del nivel de precios. O sea, una devaluación del salario en relación a los bienes y servicios que compra.
Sincerar precios de esta manera equivale a decir que se los ubica en el nivel que les corresponde, lejos de las intervenciones artificiales que los volvían más accesibles para el público promedio. Convencernos, finalmente, de que vivíamos en una ficción en la cual las cosas costaban más baratas de lo que debían. ¿Según quién? Bueno, según el que gana plata produciéndolas y comercializándolas. Como alguien ligado al gobierno nacional dijo por ahí, somos en realidad más pobres de lo que nos hicieron creer en doce años de –así le llaman– ficción.
Y hasta tal vez esperan que nos sintamos agradecidos por este baño de sinceridad.