martes, 31 de enero de 2017

Balanza Comercial +

El año 2016 la balanza comercial (diferencia entre exportaciones e importaciones) cerró con superávit de 2200 millones de dólares aproximadamente.
Un resultado mucho mejor al de 2015, de déficit de casi 3.000 millones de dólares.
Es decir, unos 5.000 millones de dólares mejor.

Dicho así, es motivo de festejo chicanero para quienes se enrolan en la ideología liberal. La apertura económica mejora el balance entre exportaciones e importaciones, contrariamente a lo que se supondría.

El dato, sin embargo, es para tomar con pinzas.
Porque se da (la diferencia) por dos motivos: por una suba mínima de las exportaciones (1,7% no en cantidad de producto vendido sino en plata, lo cual puede tener que ver con algún efecto precio, por ejemplo) y una baja más importante de las importaciones: casi 7%.

En cuanto al aumento en las exportaciones se pueden decir varias cosas: primero, el punto de comparación es bajo por un hecho puntual. Las exportaciones en los últimos meses de 2015 fueron muy bajas debido a la expectativa de cambio de gobierno (y la promesa de devaluación).
Y aún teniendo en cuenta esto, hay que decir que el aumento drástico en las exportaciones se da en materias primas (el campo) con más de 30% de mejora. Y se registran caídas en combustibles, manufacturas de origen industrial y (menos) manufacturas de origen agropecuario.

Para ser claros, ganamos más dólares exportando, pero exportamos productos de cada vez menor valor agregado. Las exportaciones tienden a concentrarse en un sector, que encima no es generador de empleo.
La baja en las importaciones, por su parte, también deja tela para cortar.Por un lado, aumenta lo gastado en bienes de consumo final (o sea, productos terminados).
Y decreció notablemente la importación de bienes intermedios (usados para la producción), repuestos de bienes de capital y combustibles.
O sea, en el rubro importación se ve claramente que la baja en la misma no está asentada en la sustitución de productos extranjeros, sino justamente en los menores volúmenes de actividad económica industrial.

Un dato que sí es positivo: mejoraron (2%) las importaciones de bienes de capital (maquinaria para la producción). Rubro en el que influye mucho la maquinaria agrícola.
En definitiva, en un año en que se devaluó la moneda en un 60% las únicas exportaciones que se vieron incentivadas son las de materias primas. Al mismo tiempo que tanto los datos de exportaciones como importaciones dan cuenta de una merma en los volúmenes de producción industrial.

Es posible que, a medida que se produce la inexorable revaluación cambiaria (inflación y tasas de interés altas y dólar quieto), esta tendencia se vaya consolidando.
Primarización de la producción y caída de la actividad industrial.
Déficit o superávit comercial dependerán de los famosos términos de intercambio, o sea, los precios.
En cualquier caso, la abundancia o carencia de dólares en la economía dependerá más de operaciones financieras (fuga de divisas, ingreso de inversiones para bicicletear, deuda contraída o deuda a pagar) que de la balanza comercial.
Como en los 90. Que no volvieron para nada eh.

sábado, 28 de enero de 2017

Ahora 12 (+ i)

La excusa para promover la eliminación de las "cuotas sin interés" es la necesidad de sincerar el costo del dinero, el costo del financiamiento.

El interés es una función de la variable de tiempo, que se aplica sobre el valor del dinero.
Las "cuotas sin interés" significan entonces una "distorsión". Básicamente sería: si te cobro en cuotas te estoy prestando indirectamente plata. Si te cobrara todo junto, yo agarro la plata que me das por ese bien y la pongo a producir, lo cual me devengaría ganancia. La tasa de interés es un sucedáneo de esa ganancia cedida por el prestamista. 

Con las cuotas sin interés la "naturalidad" del interés permanece oculta. Y se invierte su carga, porque se la suma al precio del bien, generando un aumento artificial del precio.

Todo muy lindo.
Pero en la práctica, la finalización de la distorsión se puede cerrar de dos modos distintos:
-puede bajar el precio del bien en efectivo, considerando que el costo de financiamiento ya estaba incluido en el precio, en cambio ahora, que se cobra el interés sobre las cuotas, se puede eliminar ese recargo implícito.


-O puede mantenerse el precio del bien en efectivo y sumarse a las cuotas el adicional por concepto de interés.
Es obvio cuál de las dos posturas se impondrá.


Hay un aumento de precios encubierto, entonces, que no se verá reflejado en las estadísticas del INDEC, porque técnicamente no será considerado aumento de precio, sino sinceramiento de la tasa de interés implícita.
Y como tal, impacta negativamente sobre las expectativas de consumo.


Es decir, se trata de una medida que apunta a transferir recursos desde el ámbito productivo (producción-consumo) hacia el ámbito rentístico (ahorro-finanzas).

Veamos que al usar el concepto "ámbito" lo que se intenta es no puntualizar en ningún sector social. El mismo trabajador que consume puede también ser ahorrista. Lo que sí es necesario aclarar que mientras el ámbito de la producción y el consumo es universal (o casi), el otro ámbito, el del ahorro y las finanzas es más exclusivo.

La conducta buscada es que, antes de emprender la compra en cuotas, el interesado posponga su consumo para destinar ese dinero al ahorro, y consuma el bien en efectivo una vez que haya juntado la plata.
El tema es que no podés tener esa conducta racional si, por ejemplo, se te quema la heladera.
De manera tal que en la transición, lo que termina pasando en primer orden es que se contrae (más todavía) el consumo.
Es decir, al frío le meten hielo.


Son medidas de poco impacto. Pero se suman una tras otra, todas en la misma dirección. La sumatoria final da recesión, en un primer acercamiento. Y en un análisis más profundo propende, en el largo plazo, a la concentración de los recursos.

viernes, 27 de enero de 2017

"Trump es medio peronista"

Con todas las posturas que muestra Trump, respecto de suspender acuerdos de libre comercio (rediscutir Nafta, salir del TTP), y su mirada proteccionista en relación a la producción industrial norteamericana, se podría decir que es un "enemigo" de la ortodoxia económica, aperturista.
Sin embargo, los "mercados" no se estarían haciendo eco de esto. El índice Dow Jones sigue subiendo sin inmutarse por el arribo al poder en EEUU de un supuesto "anti-mercado" ¿por qué?
Porque no es así.

Al mismo tiempo que Trump intenta rediseñar los vínculos comerciales de EEUU con el resto del mundo, lo cual incluye los sistemas de preferencia en los que se enrolan el biodisel y los vinos argentinos, también propone, fronteras adentro, un plan de recuperación de la competitividad muy pero muy regresivo.
Por ejemplo, planea bajar el impuesto a las rentas de las empresas de la actual alícuota del 35%, al 10%.


Se replantea el cumplimiento de diversas regulaciones ambientales y laborales, lo que (en este segundo caso) implica una desregulación mayor de la contratación y descontratación de personal (del comer y descomer empresarial, en palabras del ministerio de trabajo de la Argentina).
Y también una reducción del gasto público vinculada con un retiro del estado de los lugares del sector privado que conquistó.


Propone, en definitiva, bajar costos empresarios por la vía de la reducción de impuestos y las regulaciones laborales, recomponiendo márgenes empresarios que supuestamente incentiven la inversión, para poder competir en precio con la producción de países con salarios más bajos.
Las similitudes de Trump con Cambiemos no están solamente en la forma en que encaran el "problema" de la inmigración.

viernes, 30 de diciembre de 2016

Del dólar futuro al futuro del dólar


Hoy, el banco central enfrenta un dilema inverso al que enfrentaba el año pasado.

La preocupación no pasa más por evitar que el tipo de cambio suba, sino justamente por mantenerlo lo más alto posible para las actuales condiciones de mercado (generadas por las políticas de Cambiemos).

En estos momentos hay una oferta de dólares de corto plazo que pueden desatar un “over-shooting” al revés.

Nos explicamos: cuando las autoridades económicas recientemente expulsadas del ministerio decidieron liberar el mercado cambiario casi totalmente de un momento al otro y sin gradualismo, el temor se direccionaba en lo que teóricamente se conoce como “over-shooting”.

Podía presentarse un exceso de demanda de dólares concentrado en un plazo breve, producto de la liberación abrupta de fuerzas “reprimidas” por los controles que existían antes. Léase: compra por parte de empresas para remitir al exterior utilidades acumuladas, dolarización de cartera por parte de bancos, y compras minoristas de ahorristas, además de operaciones comerciales desde cancelación de deudas por importaciones hasta transacciones inmobiliarias. Esto llevaría a un aumento “artificial” en la cotización del dólar, que una vez superada la etapa excepcional de sobredimensionamiento de la demanda se equilibraría a un nivel más bajo. 
Obviamente, la corrida dejaría un tendal. Ese “over-shooting” era necesario evitarlo, porque uno de los efectos más nocivos que tiene, por ejemplo, es la sobreinflación de los precios de los transables, básicamente alimentos.
De hecho, para evitar el agravamiento del “over-shooting” el gobierno decidió tomar deuda para abastecer de divisas al banco central. Así, aprovechando la emisión para pagarles a los fondos buitre, se tomó un caudal de deuda adicional. “Pero sólo para obras de infraestructura eh” (risas en el fondo).

En aquel momento (recuerdo) sugerimos que los controles cambiarios se retiraran más lentamente, especulando con la posibilidad de desplegar vías de ingreso de divisas (como la toma de deuda por ejemplo, decisión que ya tenían tomada) para que la devaluación no fuese tan abrupta. Decíamos: “si tienen la certeza de que van a llover dólares, que esperen los primeros chubascos para liberar el tipo de cambio así no nos someten a una devaluación nominal tan shockeante).

Bueno, hoy, con el ingreso excepcional de dólares que generó el blanqueo, la tendencia de mediano plazo del tipo de cambio es inversa, es decir, a la baja. Lo cual agrava severamente las condiciones de competitividad de muchos sectores de la economía que son generadores de empleo.

Sería necesario evitar, entonces, ese “over-shooting” al revés. Es decir, contener la baja del tipo de cambio de corto plazo, excepcional, para no provocar un efecto nocivo que derive en futuras alzas abruptas del dólar que vuelvan a subir drásticamente los precios de los transables, etc. Hay que prestar atención a un dato concreto: se amplió (no gravemente, es cierto) la brecha entre el dólar oficial y el ilegal, que hasta hace muy poco se encontraba virtualmente cerrada. Esto puede significar que hay una baja artificial del dólar que puede rebotar en el futuro.

El banco central entonces, se enfrenta con un desafío que la realidad le pone a su ortodoxia teórica.

Para eso están implementando medidas que, por un lado, contengan oferta de dólares (por ejemplo, los exportadores de servicios no tendrán obligación de liquidar sus dólares) y, por otro lado, incentiven demanda (aumento del tope para la compra de dólares en efectivo, más permisos para la dolarización de carteras por parte de los bancos).

El problema es que se desentendieron del vínculo que las finanzas tienen con la economía real.

Probablemente, si hubiesen explorado el gradualismo en cuanto a la liberación del tipo de cambio para hacer converger gradualmente al oficial con el “blue”, no hubiésemos sufrido el shock en los precios que sufrimos en el primer semestre de 2016. Y tal vez, en sentido inverso, el blanqueo no hubiese sido tan “exitoso”, y no nos enfrentaríamos con una sobreoferta de divisas que amenaza con provocar desempleo.

En ese contexto, los bancos, los productores de materias primas agrícolas y los blanqueadores no estarían tan de parabienes. Y los asalariados, los pequeños comerciantes y la industria sustitutiva de importaciones enfrentarían una carestía menor.

Pero claro, todo depende siempre de cuáles son los objetivos y las prioridades. En definitiva, todo depende de para beneplácito de quiénes se pretende gobernar.



martes, 20 de diciembre de 2016

Primer balance parcial: donde se prefigura el rumbo sugerido


Por estos días, se cumple un año de puesta en funcionamiento del plan económico más previsiblemente recesivo de la historia.

Un año en el que, a pesar de haber seguido lineamientos muy bien fundamentados desde lo teórico, la realidad se presentó esquiva, incluso para alcanzar los objetivos más básicos, independientemente de la valoración de los mismos que hagamos.

La primera decisión importante fue la (“exitosa”) salida del cepo cambiario. Es decir, la eliminación más o menos brusca de los instrumentos de control de cambios, para unificar el valor del dólar. Esto incluyó, no solamente el permiso amplio para la adquisición minorista de divisas, sino la liberación para las remesas al exterior por parte de empresas, la eliminación de retenciones (que operaban como instrumento para la generación de un tipo de cambio diferencial para distintos sectores productivos) y, subsidiariamente, la agilización de los trámites de importación.

Las consecuencias del “éxito” fueron varias:

-la primera en orden de importancia es la tremenda corrección de precios internos. No se cumplió en absoluto el pronóstico de que no iba a haber grandes cambios en los precios de los transables debido a que los mismos ya se habían acomodado al valor del dólar blue. Algunos alimentos pegaron saltos del 80% en sus precios, e incluso del 100% (el pan), gracias a la confluencia de la devaluación del tipo de cambio oficial (que es el que rige las operaciones de mercado externo) más la eliminación de retenciones (que ofrece un mecanismo de control adicional sobre esos mismos precios).

-la cotización del dólar oficial, decíamos, confluyó a los valores que ya mostraba alguna de las cotizaciones financieras alternativas durante la etapa de control cambiario. El dólar “libre”, entonces, pasó a cotizar al valor que el mercado había establecido para la fuga financiera de divisas, que es el del “contado con liquidación”.

-el hecho anterior fue apuntalado por la decisión del Banco central de establecer “metas de inflación” a partir del manejo de los agregados monetarios mediante el uso de las tasas de interés. Las mismas iniciaron el período en un exorbitante 38% (tasas que, a priori, eran consideradas positivas, o sea que iban a superar largamente la inflación anual prevista por el gobierno en 25%).

-en ese contexto, el gobierno decidió (tal vez cansado de esperar la llegada de inversión externa genuina) utilizar un margen extraordinario que le había dejado la administración anterior como parte de la “pesada herencia”. El nivel de endeudamiento externo era bajísimo, por lo cual se procedió a aumentarlo raudamente para que el Central contara con el stock de divisas necesario para mantener fijo el valor del dólar, post-devaluación. El puntapié inicial de esta política de endeudamiento externo feroz fue el acuerdo con los hold-outs en el juzgado de Griesa. Pago completo cash. Señal inconfundible de cesión absoluta. Pasamos a ser mendigos de dólares financieros internacionales.

-Este esquema, además, con la combinación de tipo de cambio fijo y altas tasas de interés, es ideal para la especulación financiera. Un extranjero trae dólares, los cambia por pesos, los pone a plazo fijo a tres meses, cuando vence el plazo fijo los vuelve a cambiar por dólares y se los lleva. Ganancia neta: casi 10% en dólares en 3 meses. Un motivo más para la aceleración de la fuga de divisas a posteriori.

Primer corolario de los cambios operados: valorización financiera. Cuya contracara es: desvalorización productiva, debido a las altísimas tasas de interés.

El sector productivo sufrió golpes adicionales importantes (eso no iba a ser todo): el primero, la competencia externa que, a medida que se liberan las importaciones y suben los precios internos, se hace más amenazante.

Pero el ajuste más importante se dio por la suba de costos de la energía (400% promedio) y la caída estrepitosa del consumo debida a una actualización mediocre de los salarios y transferencias (31%) en relación a una movilidad de precios que no baja del 44% interanual (la previsión de 25% resultó ser… falsa, lo cual contrasta fuertemente con el discurso del gobierno, que se ufana de decir “la verdad”) y que en el caso de algunos alimentos, como ya dijimos, llega hasta el 100%.

La tenaza múltiple sobre el sector productivo fue implacable: por un lado, la corrección de precios relativos (entre ellos el del dólar) al nivel de competitividad conveniente para actividades tradicionales y financieras; además, la caída calamitosa del mercado interno por desplome de la capacidad de consumo del 80% de la población; el fortalecimiento de la competencia extranjera por relajamiento de los controles y costos internos más altos (salvo el salario, que les significó a los empleadores la vía de recomposición de sus márgenes de utilidad, aunque se les vino como un bumerang cuando se verificó la ya mencionada caída del consumo); y por último, la caída en la demanda internacional, que no se recupera.

Resultado: menos consumo, menos producción, menos empleo. El círculo vicioso recesivo.

Contrariamente a lo que se dice, hay motivos para pensar que esta recesión fue buscada: porque el objetivo era frenar la inflación, mientras se recomponían los márgenes de retorno de la inversión.
A propósito, el retorno de la inversión fue puesto como el elemento ordenador central de toda la vida socio-económica argentina. Todo lo demás (empleo, consumo, salario, etc.) quedaba supeditado a que el retorno de la inversión en niveles suculentos se viera garantizado. Inversión que, además, como ya vimos, priorizaba beneficios en su versión financiera.

Valorización financiera y tasa de retorno de la inversión garantizada como paliativos de la inflación (que lejos de ser combatida como el “monstruo que crea pobres”, es combatida justamente por la imprevisibilidad que brinda al contexto, lo cual contraería la capacidad inversora, justamente porque un esquema inflacionario incentiva a la necesidad de recomponer salarios progresivamente, avanzando contra los márgenes de rentabilidad, en series de flujos y reflujos, que son llamadas a veces “puja distributiva”).

El problema no es sólo que el esquema mismo (como cualquier otro) provoca pérdidas y ganancias a distintas facciones del capital, así como a distintas franjas de las clases subalternas. Sino que, además, no funcionó.

Nos comimos una recesión profunda, que, prolongada, no le sirve de mucho a nadie, para finalmente encontrarnos, un año después, con una inflación de lo más lozana. El doble que el (inflacionario) año pasado. Con un índice de precios que desde el 2002 no cerraba a un valor anual tan alto. Obviamente, las previsiones se enfocan en que el índice de inflación irá disminuyendo. Pero el ritmo de desaceleración es muchísimo más lento que el esperado.

Muchas veces escuchamos, mientras gobernaban otros, a actuales funcionarios decir que una (hipotética, a futuro) estanflación, o sea, inflación con recesión, era el peor de los escenarios posibles. Bueno, ya en el gobierno, es el fruto que primero cosecharon. O mejor dicho, que nos hicieron cosechar a los demás. Porque los patrones no trabajan.

Una situación demasiado compleja y con consecuencias devastadoras para mucha gente, que no permitiría, si no fuera a base de cinismo, sostener como mérito de gobierno “haber evitado una crisis”. Porque, de hecho, no la evitaron. Se metieron en el medio.

A la vista de los resultados, y más por pronósticos electorales que por sensibilidad social o por convicción ideológica, el gobierno se apresta ahora a desandar levemente ese camino.

La disciplina fiscal que en algún momento se pregonó, terminó siendo abandonada. Un poco a la fuerza, porque la obvia caída de la actividad invariablemente iba a reducir (como fue anticipado) los ingresos fiscales, de manera que la reducción del déficit iba a requerir recortes inviables que, si de todas formas se hacían, terminarían provocando más caída en la actividad y por ende menos recaudación. Al menos ese círculo vicioso se evitó. E incluso se lo corrigió, prometiendo fortalecer, para las fiestas de fin de año algunas políticas (heredadas) de asistencia a las economías populares y de transferencias a los sectores más bajos de la población, en una de las pocas medidas virtuosas que se podrían destacar de la actual administración.

Pero, obviamente, la excusa del déficit fiscal como motivo para necesitar tomar deuda externa, cuando en realidad se hace (tomar deuda) para financiar la rentabilidad de la inversión financiera, trajo otro dilema. El de la sobreapreciación cambiaria de corto plazo por el ingreso de los dólares tomados prestados, y el del colapso de largo plazo por una previsible crisis de deuda cuando hubiese que devolver lo comprometido.

Así fue como le hicieron entender al Banco Central que la política de tipo de cambio fijo y altas tasas de interés se volvía demasiado peligrosa en este contexto, además de que no permitiría salir del estancamiento de la actividad económica.

Entonces, el Banco Central se alineó y comenzó a bajar las tasas de interés, perforando el piso del 25%. ¿Y por qué es importante ese número? 25% es el número estimado que secretamente manejan los bancos para la inflación de 2017. Que la tasa ofrecida por el Central sea menor, incentiva a los tenedores de pesos a buscar alternativas al plazo fijo. Y a falta de niveles robustos de actividad puede pensarse que el dólar es una buena variante, sobre todo por la apreciación cambiaria a la que ya nos sometimos y por la promesa de abandono por parte de la autoridad monetaria de sus políticas “responsables”.

Pero, a pesar de que dan muestras de que van a emitir para financiar al fisco, van a permitir el deslizamiento del tipo de cambio al alza, y probablemente convaliden una inflación mayor a la proyectada, por otro lado ofrecen señales contradictorias.

Por un lado, continúan los despidos en el estado de acuerdo al programa trazado por el Ministerio de Modernización; por otro,  a través de María Eugenia Vidal y algunos gremios estatales lubricaron el primer acuerdo en paritarias para 2017 con la intención de disciplinar al resto en torno al 18% anual (un número bajísimo y que, de generalizarse, tendrá efectos recesivos). Mientras tanto, se vuelven a mostrar demasiado prudentes con la obra pública, debido a las restricciones presupuestarias, y en algunos casos la paralizan (en generación energética este hecho es notable).

Lo mejor que podría pasar es que no haya un traslado a precios brusco de la devaluación, que pisen nuevamente algunos precios con controles (energía, naftas, alimentos, aunque la opción de volver a instalar un esquema de retenciones no figura en el menú) para que la actividad se recupere, y que permitan acuerdos en paritarias con ajustes salariales del 35% como piso, para que así volvamos a la situación de diciembre de 2015. O sea, empecemos de nuevo después de las elecciones.

La desorientación del gobierno en estos asuntos, sin embargo, los está colocando en situación de aplicar un plan económico híbrido, con atisbos de incoherencia.


Deberían, en síntesis, hacer un poco de kirchnerismo, tarea para la cual (también es cierto) Kicillof sería más eficiente que Prat-Gay.

viernes, 30 de septiembre de 2016

Recomendaciones mínimas para torcer el rumbo y encarar hacia el lado de la pobreza 0, porque estamos yendo para el otro.

La pobreza se mide por nivel de precios. Medís cuanto sale una canasta de productos que cubre todas las necesidades de un grupo familiar promedio, calculás cuántos ingresos tienen los hogares en promedio y de ahí sacás a cuántos les alcanza para comprar esa canasta básica (los no-pobres) y a cuántos no les alcanza (los pobres).

La inflación no mide nivel de precios, sino variación de precios (es decir, en qué porcentaje los precios se mueven mes a mes, año a año).

Es perfectamente posible, entonces, que haya alta variación de precios (o sea, alta inflación) y el nivel de precios sea bajo, porque los ingresos también suben, al mismo ritmo o mayor al del resto de los precios.

O por el contrario, que los precios estén fijos, quietos, que ni siquiera haya variación de precios (inflación 0), pero que el nivel de precios sea muy alto y haya muchos pobres (porque cuando hay inflación 0 los salarios tampoco aumentan, y si arrancan de un lugar bajo...).

O sea, bajar la inflación, incluso hacer desaparecer la inflación NO reduce la pobreza, señor presidente.

La pobreza se reduce mejorando los ingresos en relación a los precios de los alimentos.

Es decir, exactamente lo contrario a lo que hizo su gobierno hasta ahora.

jueves, 29 de septiembre de 2016

Corrección de precios relativos

Lo repetimos muchas veces, y vamos a seguir.

En la relación dinámica entre precios y salarios 
no es la inflación la que opera negativamente sobre la distribución de la riqueza. Porque la inflación es un fenómeno nominal. Cuando hay inflación, todos los precios de la economía aumentan más o menos parejos. Incluidos los salarios.

La inflación genera otros problemas: resiente la inversión, destruye el ahorro, dificulta el financiamiento de largo plazo...


Pero en cuanto a distribución de los ingresos, la regresión la provoca una corrección de precios relativos.

Este gobierno, en un escenario de inercia inflacionaria se dispuso a frenar la inflación corrigiendo precios relativos.


Y tomó medidas que aumentaron fuertemente los precios de los alimentos y los servicios públicos, y frenó los incrementos salariales y de las transferencias estatales (jubilaciones, pensiones, asignaciones, planes).


En ese nuevo equilibrio de precios relativos entre la canasta básica y el salario, en el cual con un salario se adquiere un 15% menos de canastas básicas, empieza a frenarse la inercia inflacionaria. Dejan de subir los precios (y dejan también de subir los salarios).


La conclusión es que los salarios estaban demasiado altos en términos relativos, las personas consumían demasiado, el contexto no beneficiaba la ampliación de la oferta por déficit de inversión y trabas a la importación y todo eso generaba inflación. Lo cual hacía perder ganancias a los sectores rentísticos.


Entonces, como ahora bajaron los salarios, la inflación empieza a ceder, y los sectores rentísticos empiezan a recomponer sus rentabilidades.
De este modo, en esa oposición que hay entre sectores rentísticos y sectores productivos, la base productiva se empieza a angostar más aún 
(paradójicamente, el problema de que hubiera encontrado un límite y no se ensanchara por falta de inversión era un puntal de la dinámica inflacionaria; cuando la inflación decrece, sin embargo, este problema se potencia). La industria produce menos, aumenta el desempleo.


Y como contrapartida, los bancos, los especuladores y los ahorristas ganan más.

Se produce la grieta: de un lado quedan los trabajadores de salarios medios y bajos, y los empresarios y comerciantes vinculados al mercado interno y la producción secundaria. Esos pierden.


Del otro lado quedan los trabajadores que conservan sus empleos con salarios de medios hacia arriba que recuperan renta para sus ahorros, y las empresas multinacionales que operan en los sectores productivos tradicionales y financieros (bancos, cerealeras, mineras, petroleras, privatizadas de servicios públicos). Esos ganan.


Nadie gobierna para todos.