La entrada anterior podría ser leída como una "crítica" al "modelo brasilero", puesto en contradicción con el "modelo argentino". No es así, sin embargo.
En todo caso, la idea de mostrar cómo un país (Argentina) juega a la apreciación diferida, para encontrar en los márgenes de la tendencia de largo plazo de apreciación de las monedas emergentes, un resquicio para incentivar la diversificación productiva con ancla en el sector secundario, y el otro (Brasil), a pesar de la preocupación manifestada en lo declarativo, toma decisiones que priorizan "seguir" la tendencia mundial de largo plazo (a la apreciación y financierización, si se me permite el término), es una forma de resaltar un horizonte de complementación de ambas economías.
En el fondo de estas decisiones disímiles no hay diferencias de tipo ideológico, sino de condiciones sobre las que se opera.
Argentina no cuenta con un sector secundario que se haya convertido durante 30 o 40 años en el centro de la acumulación de capital. Brasil, sí.
Argentina, entonces, tomó la decisión en 2003 de generar un esquema que permitiera, con base en el crecimiento del mercado interno, con consumo y autofinanciamiento por reinversión de excedentes, anclar la acumulación de capital en el sector secundario, propiciando (o intentando hacerlo) la formación de un círculo virtuoso en que la generación de empleo fuera factor decisivo en la acumulación de capital.
Un ejemplo concreto es la "polémica" decisión de convertir a los ahorros previsionales en fuente de apalancamiento (discreto) de la inversión pública y privada (todavía con límites). Reemplazando de esta forma, primero, el uso de esos mismos ahorros (y los flujos de los aportes) como "infladores" de la actividad financiera y, segundo, tomando un espacio vacante en la formación de capital, que otrora fuera ocupado por el endeudamiento externo.
Entonces, más allá del "viento de cola" que le da sustentabilidad macroeconómica al circuito, eliminando la posibilidad de la "restricción externa", lo que hay son decisiones de política económica que inciden en cómo se reconducen los excedentes generados por el "viento de cola".
Las distintas condiciones estructurales e históricamente definidas con las que se opera en economías como la brasilera y la argentina determina incluso posturas "ideológicas", aparentemente contradictorias. Porque el polo de concentración de poder político y económico, que en Argentina se emparenta con las actividades primarias, y secundarias con poca elaboración (como acero), en Brasil está puesto en sectores industriales de mayor complejidad (la FIESP). Y por ello, "enfrentarse" con los poderes tradicionales, en uno y otro país, significa cosas muy distintas, en el plano económico. Por citar un ejemplo: encarar una revolución productiva en el sector agropecuario es, en Brasil, y valga la redundancia, revolucionario.
lunes, 7 de febrero de 2011
sábado, 5 de febrero de 2011
Devaluación en Brasil (frío)
Se viene hablando de la posibilidad concreta de que Brasil devalúe su moneda. Demás está decir que esa situación sería muy complicada para la producción argentina, sobre todo en ciertos rubros actualmente muy pujantes.
De por sí, tenemos déficit comercial con Brasil. Un encarecimiento de nuestra producción en relación a la de ellos nos complicaría mucho la cosa.
Es cierto que en Brasil se ve (y las autoridades lo ven) la tendencia del Real a apreciarse como una amenaza a su producción, sus industrias, su nivel de empleo. Cada día los productos hechos en Brasil son más caros en relación a los importados (a ver si la entienden en el PRO, las inversiones que recibe Brasil no son vistas como generadoras de empleo, sino todo lo contrario).
Así, han decidido tomar medidas.
Algunas directas, como (dentro de los límites de lo "permitido") poner trabitas al ingreso de importados (algo parecido al polémico método de nuestro polémico secretario de comercio interior).
Otras, de intervención directa en el mercado cambiario. Brasil cobra una tasa a las inversiones extranjeras en títulos (especulativas, digamos). La subieron de un 2%, al 6%. Desalentar ese ingreso de divisas tiene como fin evitar que el Real se siga apreciando en relación al Dólar.
Por su parte, Dilma se ha referido varias veces a la necesidad de bajar la tasa de interés real de Brasil, que es una de las más altas del mundo. Esta tasa tiene una relación muy directa con la apreciación de la moneda. En tanto es tan alta, aparte, incentiva a los inversores a posicionarse en activos brasileros. Con lo cual, el nivel de la tasa de interés real tiene efectos contrarios a los buscados con el impuesto al ingreso de capitales.
Ahora bien, en medio de este diagnóstico aparece la noticia de que la inflación anual brasilera rondó el 6% (por supuesto que en alimentos es más alta) en 2010. Y que las metas de inflación de su banco central eran de 4,5%. O sea, no se cumplió con la "meta" (la famosa meta, tan promocionada por la ortodoxia). Y entonces, ¿qué se hace?
Se sube la tasa de interés de referencia: de 10,75% a 11,25%. Más tasa de interés nominal, ante mayor inflación. La tasa de interés real se mantiene alta y con tendencia a subir.
Ya hay quienes dicen que el problema de Brasil es su déficit presupuestario. Dilma misma promete recortes en el gasto estatal. Esto, dicen, tendría efectos "positivos" para enfriar la inflación.
Ahora bien, una pregunta queda picando:
¿Cómo hace un país para "devaluar su moneda" si está tan preocupado por tomar medidas monetarias y fiscales para que no se le devalúe en relación a los bienes y servicios que se comercializan internamente?
Dicho de otra forma, con metas de inflación seguidas a rajatabla, difícil que en este contexto la moneda brasilera no se siga revaluando.
Lo cual implica (se lo avisamos a Michetti, que anda desorientada) una amenaza para el nivel de empleo, y no al revés.
Una última cuestión: ¿alguien sabe si en Brasil hay alguna vía institucional por la cual se canalice la necesidad de compensar a los salarios por la inflación, tal es el caso de las paritarias acá?
Digo, una inflación de 4 o 5% anual, dependiendo de que el patrón tenga la buena voluntad de pagar más sueldos por mayor "productividad"... en eso, no los envidio.
De por sí, tenemos déficit comercial con Brasil. Un encarecimiento de nuestra producción en relación a la de ellos nos complicaría mucho la cosa.
Es cierto que en Brasil se ve (y las autoridades lo ven) la tendencia del Real a apreciarse como una amenaza a su producción, sus industrias, su nivel de empleo. Cada día los productos hechos en Brasil son más caros en relación a los importados (a ver si la entienden en el PRO, las inversiones que recibe Brasil no son vistas como generadoras de empleo, sino todo lo contrario).
Así, han decidido tomar medidas.
Algunas directas, como (dentro de los límites de lo "permitido") poner trabitas al ingreso de importados (algo parecido al polémico método de nuestro polémico secretario de comercio interior).
Otras, de intervención directa en el mercado cambiario. Brasil cobra una tasa a las inversiones extranjeras en títulos (especulativas, digamos). La subieron de un 2%, al 6%. Desalentar ese ingreso de divisas tiene como fin evitar que el Real se siga apreciando en relación al Dólar.
Por su parte, Dilma se ha referido varias veces a la necesidad de bajar la tasa de interés real de Brasil, que es una de las más altas del mundo. Esta tasa tiene una relación muy directa con la apreciación de la moneda. En tanto es tan alta, aparte, incentiva a los inversores a posicionarse en activos brasileros. Con lo cual, el nivel de la tasa de interés real tiene efectos contrarios a los buscados con el impuesto al ingreso de capitales.
Ahora bien, en medio de este diagnóstico aparece la noticia de que la inflación anual brasilera rondó el 6% (por supuesto que en alimentos es más alta) en 2010. Y que las metas de inflación de su banco central eran de 4,5%. O sea, no se cumplió con la "meta" (la famosa meta, tan promocionada por la ortodoxia). Y entonces, ¿qué se hace?
Se sube la tasa de interés de referencia: de 10,75% a 11,25%. Más tasa de interés nominal, ante mayor inflación. La tasa de interés real se mantiene alta y con tendencia a subir.
Ya hay quienes dicen que el problema de Brasil es su déficit presupuestario. Dilma misma promete recortes en el gasto estatal. Esto, dicen, tendría efectos "positivos" para enfriar la inflación.
Ahora bien, una pregunta queda picando:
¿Cómo hace un país para "devaluar su moneda" si está tan preocupado por tomar medidas monetarias y fiscales para que no se le devalúe en relación a los bienes y servicios que se comercializan internamente?
Dicho de otra forma, con metas de inflación seguidas a rajatabla, difícil que en este contexto la moneda brasilera no se siga revaluando.
Lo cual implica (se lo avisamos a Michetti, que anda desorientada) una amenaza para el nivel de empleo, y no al revés.
Una última cuestión: ¿alguien sabe si en Brasil hay alguna vía institucional por la cual se canalice la necesidad de compensar a los salarios por la inflación, tal es el caso de las paritarias acá?
Digo, una inflación de 4 o 5% anual, dependiendo de que el patrón tenga la buena voluntad de pagar más sueldos por mayor "productividad"... en eso, no los envidio.
viernes, 4 de febrero de 2011
La intervención del BCRA
Complementamos las rudimentarias impresiones de la entrada anterior.
La sobrevaluación de la moneda remite, como sabemos, a la pérdida de competitividad. Evitar caer en esa paridad cambiaria desfavorable para la producción nacional es un objetivo a cumplir.
En el caso de que se devaluara el Real, nuestra producción se encarecería respecto de la brasilera. O sea, menos exportación y más importación desde ese país (al mismo tiempo, quizás, se frenaría un poco el ingreso de capitales brasileros en compañías argentinas, a la espera, probablemente, de precios más accesibles).
Muy bien. Ahora, por el otro lado, devaluar la moneda mediante intervención en el mercado cambiario remite a recalentamiento de la inflación. De una parte, elevar la base monetaria equivale a convalidar un nivel de precios de equilibrio más alto. Por otra parte, y más del lado de la economía real, se encarecen los insumos importados y los commodities exportables (pensemos en el trigo, la carne o el acero, por ejemplo).
Entonces, ante ese proceso, otro objetivo a cumplir, complementario del primero, es evitar un traspaso directo a precios de la devaluación, ya que el aumento de precios es, además, una forma de revaluación.
O sea, aparte del trastorno interno que genera el aumento de precios, termina resultando, sobre todo cuando se convalida con la necesaria recomposición de ingresos, un neutralizador de la idea de mantener competitividad a través del tipo de cambio.
En este marco, el BCRA desarrolla lo que algunos creen una estrategia. Interviene en el mercado de futuros del dólar, comprando, y caro (por encima de la cotización). Con ello advierte a los operadores de su idea de convalidar en el mediano plazo un valor más alto del dólar.
La señal es clara: "mantengan posiciones en dólares, porque va a subir". Cuenta el BCRA, además, con el "viento de cola", de que es lo que ocurre siempre en períodos de elecciones: el pase a inversiones en dólares, "por las dudas".
Esta maniobra intenta mantener inmovilizados capitales, para que no se transformen en demanda de pesos.
O sea, el BCRA esteriliza de algún modo pesos que destina a compra de dólares e incremento de reservas, sin necesidad de pagar los costos de licitar LEBACs y NOBACs. Una jugada bastante audaz, que intenta "intervenir" usando de algún modo la propia fuerza inercial del mercado. Para poder mejorar la competitividad sin sobrecalentar los precios.
La sobrevaluación de la moneda remite, como sabemos, a la pérdida de competitividad. Evitar caer en esa paridad cambiaria desfavorable para la producción nacional es un objetivo a cumplir.En el caso de que se devaluara el Real, nuestra producción se encarecería respecto de la brasilera. O sea, menos exportación y más importación desde ese país (al mismo tiempo, quizás, se frenaría un poco el ingreso de capitales brasileros en compañías argentinas, a la espera, probablemente, de precios más accesibles).
Muy bien. Ahora, por el otro lado, devaluar la moneda mediante intervención en el mercado cambiario remite a recalentamiento de la inflación. De una parte, elevar la base monetaria equivale a convalidar un nivel de precios de equilibrio más alto. Por otra parte, y más del lado de la economía real, se encarecen los insumos importados y los commodities exportables (pensemos en el trigo, la carne o el acero, por ejemplo).
Entonces, ante ese proceso, otro objetivo a cumplir, complementario del primero, es evitar un traspaso directo a precios de la devaluación, ya que el aumento de precios es, además, una forma de revaluación.
O sea, aparte del trastorno interno que genera el aumento de precios, termina resultando, sobre todo cuando se convalida con la necesaria recomposición de ingresos, un neutralizador de la idea de mantener competitividad a través del tipo de cambio.
En este marco, el BCRA desarrolla lo que algunos creen una estrategia. Interviene en el mercado de futuros del dólar, comprando, y caro (por encima de la cotización). Con ello advierte a los operadores de su idea de convalidar en el mediano plazo un valor más alto del dólar.
La señal es clara: "mantengan posiciones en dólares, porque va a subir". Cuenta el BCRA, además, con el "viento de cola", de que es lo que ocurre siempre en períodos de elecciones: el pase a inversiones en dólares, "por las dudas".
Esta maniobra intenta mantener inmovilizados capitales, para que no se transformen en demanda de pesos.
O sea, el BCRA esteriliza de algún modo pesos que destina a compra de dólares e incremento de reservas, sin necesidad de pagar los costos de licitar LEBACs y NOBACs. Una jugada bastante audaz, que intenta "intervenir" usando de algún modo la propia fuerza inercial del mercado. Para poder mejorar la competitividad sin sobrecalentar los precios.
jueves, 3 de febrero de 2011
El BCRA y sus stocks
Jorge Herrera, de Ámbito, señala esta particularidad de la situación del sistema financiero argentino, hoy.
La deuda del BCRA creció durante 2010, de manera "desproporcionada" (no sé si es el término que usa, pero se desprende eso del espíritu de su análisis).
La cosa es así: cuando se refiere a deuda del BCRA, habla de LEBACs y NOBACs. O Letras y Notas. Papeles de corto plazo, que devengan interés y que el BCRA coloca a través de licitaciones, principalmente a los bancos, con el fin de absorber parte de los pesos que emite para comprar dólares. Esos dólares que compra se convierten en reservas. Por vía de estas operaciones se logra sostener el tipo de cambio nominal sin elevar demasiado la base monetaria.
Todo esto es posible en una economía a la que le ingresan más dólares de los que le salen.
Digamos entonces, estas letras (tasa fija) y notas (tasa variable) son casi el correlato del proceso de acumulación de reservas.
Pero por qué su stock aumenta más, incluso, que el stock de reservas?
Bueno, hay varios factores. En principio hay que decir que por estos papeles de corto plazo el BCRA paga interés, lo cual hace que, a su vencimiento, se eleve la base monetaria o se eleve el stock de estos papeles si es que el BCRA decide seguir absorbiendo, incluyendo en la absorción los pesos devengados como interés.
Un elemento que este año tuvo especial importancia fue el pago de deuda con reservas. El crecimiento del stock de reservas, por las compras de dólares del BCRA, se compensó con la transferencia que le hizo al Tesoro para pagar deuda (a cambio de una Letra de Tesorería). Así, si bien las reservas en divisas del BCRA aumentaron, se les descontó el monto que se utilizó para pago de deuda externa.
Otro punto: que el stock de Letras y Notas aumente como proporción de las reservas con las que cuenta el BCRA (de 25 a 36%) puede tomarse como indicativo de que se produjo una apreciación real del peso. El año pasado fue así. La devaluación nominal fue módica en relación a la apreciación real (aumento de precios).
Hay varios elementos que se destacan.
Primero: en los mercados internacionales, los bonos de deuda del Estado argentino, nominados en dólares, tienden a ser preferidos respecto de los nominados en pesos.
Segundo: las tasas de interés que se convalidan en las nuevas licitaciones de Letras y Notas, por parte de los bancos, tienden a ser más altas.
Tercero: la brecha entre la cotización del dólar informal y el dólar de pizarra es más elevada que lo corriente.
Aparte, el BCRA intervino comprando en el mercado de futuros, más caro que la cotización. Una señal de que intentaría incentivar cierto posicionamiento en dólares de los particulares, para provocar una absorción de pesos sin necesiad de intervenir directamente.
Todas estas especulaciones apuntan a que se está operando en función de que el BCRA finalmente decida convalidar una devaluación un poco mayor: para satisfacer demandas industriales, para licuar su propia deuda en Letras y Notas y para prevenir una futura devaluación del Real.
En ese estado se encuentra la sorda guerrita financiera que operadores y BCRA libran, con correlato en la economía real. Nuestro bastante apacible capítulo de la famosa "guerra de monedas".
La deuda del BCRA creció durante 2010, de manera "desproporcionada" (no sé si es el término que usa, pero se desprende eso del espíritu de su análisis).
La cosa es así: cuando se refiere a deuda del BCRA, habla de LEBACs y NOBACs. O Letras y Notas. Papeles de corto plazo, que devengan interés y que el BCRA coloca a través de licitaciones, principalmente a los bancos, con el fin de absorber parte de los pesos que emite para comprar dólares. Esos dólares que compra se convierten en reservas. Por vía de estas operaciones se logra sostener el tipo de cambio nominal sin elevar demasiado la base monetaria.
Todo esto es posible en una economía a la que le ingresan más dólares de los que le salen.
Digamos entonces, estas letras (tasa fija) y notas (tasa variable) son casi el correlato del proceso de acumulación de reservas.
Pero por qué su stock aumenta más, incluso, que el stock de reservas?
Bueno, hay varios factores. En principio hay que decir que por estos papeles de corto plazo el BCRA paga interés, lo cual hace que, a su vencimiento, se eleve la base monetaria o se eleve el stock de estos papeles si es que el BCRA decide seguir absorbiendo, incluyendo en la absorción los pesos devengados como interés.
Un elemento que este año tuvo especial importancia fue el pago de deuda con reservas. El crecimiento del stock de reservas, por las compras de dólares del BCRA, se compensó con la transferencia que le hizo al Tesoro para pagar deuda (a cambio de una Letra de Tesorería). Así, si bien las reservas en divisas del BCRA aumentaron, se les descontó el monto que se utilizó para pago de deuda externa.
Otro punto: que el stock de Letras y Notas aumente como proporción de las reservas con las que cuenta el BCRA (de 25 a 36%) puede tomarse como indicativo de que se produjo una apreciación real del peso. El año pasado fue así. La devaluación nominal fue módica en relación a la apreciación real (aumento de precios).
Hay varios elementos que se destacan.
Primero: en los mercados internacionales, los bonos de deuda del Estado argentino, nominados en dólares, tienden a ser preferidos respecto de los nominados en pesos.
Segundo: las tasas de interés que se convalidan en las nuevas licitaciones de Letras y Notas, por parte de los bancos, tienden a ser más altas.
Tercero: la brecha entre la cotización del dólar informal y el dólar de pizarra es más elevada que lo corriente.
Aparte, el BCRA intervino comprando en el mercado de futuros, más caro que la cotización. Una señal de que intentaría incentivar cierto posicionamiento en dólares de los particulares, para provocar una absorción de pesos sin necesiad de intervenir directamente.
Todas estas especulaciones apuntan a que se está operando en función de que el BCRA finalmente decida convalidar una devaluación un poco mayor: para satisfacer demandas industriales, para licuar su propia deuda en Letras y Notas y para prevenir una futura devaluación del Real.
En ese estado se encuentra la sorda guerrita financiera que operadores y BCRA libran, con correlato en la economía real. Nuestro bastante apacible capítulo de la famosa "guerra de monedas".
Devolución de IVA, para compensar la inflación y por qué los comercios chicos se resisten a la bancarización
Revivimos otro post viejo, en el que se habla de un proyecto de devolución de IVA, y se toca el tema de los comercios chicos y su relación con el mercado.
En el blog del ingeniero se discutió sobre el proyecto de Solá, para que se devuelva el IVA pagado en la compra de alimentos y bebidas.
Nosotros mantenemos lo que ya dijimos en otra oportunidad.
Para algunos comercios chicos, evadir, o sea vender sin factura, significa utilizar los impuestos indirectos como compensación de los diferenciales de competitividad que claramente los perjudican en relación con las cadenas de supermercados.
Verbigracia: venden sin factura, o sea que no pagan IVA, y con eso pueden tener precios parecidos a los de las cadenas de supermercados que venden en blanco. Los costos para Coto o Carrefour son relativamente menores a los del almacenero de barrio. Los impuestos indirectos (que Coto paga, pero el almacenero no) compensan la diferencia.
Sin IVA, Coto podría vender 21% más baratos sus productos y mantener los márgenes actuales. El almacenero no. Entonces, aprovecha que Coto paga IVA, pone los precios parejos a los del supermercado estrella, y mantiene los márgenes que le permiten seguir abriendo el boliche todos los días.
El problema no está en que la bancarización esté más o menos difundida. La bancarización del almacenero le significa la muerte, lisa y llanamente (digamos, para mostrar una puntita de otro problema: ¿a quién le saldría más barato financiar el capital de trabajo, a Coto, o al almacenero bancarizado?).
Entiendo que plantear públicamente este problema es complejo. Primero porque podría entenderse como una legitimación de la evasión impositiva. Después porque evidentemente es disparador de la expresión de un conflicto de intereses entre consumidores humildes y comerciantes humildes.
Pero, así y todo, no podemos hacernos los distraídos en relación a esto, que surgiría como consecuencia de la puesta en práctica del proyecto.
Puedo aceptar que de alguna manera se asuma el costo, y se lo considere bajo en relación a la ganancia generada por la devolución del IVA, sobre todo para las familias de ingresos más bajos. Está bien, es legítimo. Pero hay que saber prever todas las consecuencias (las lindas y las otras) de las decisiones que se tomen.
miércoles, 2 de febrero de 2011
Explicación sencilla del aumento de precios, ideal para épocas de campaña electoral, humildemente.
Que los precios aumentan es una realidad. Toda declaración que niegue o intente atenuar tal realidad es contraproducente, no sólo políticamente hablando, sino hasta para el mismo proceso de formación de precios.
Entonces, la primera obligación es asentir: los aumentos de precios son una realidad. Y un problema. Preocupante.
Ocurre que no son el único problema que puede tener una economía. Hay otros peores, incluso, como la recesión o el desempleo.
Por ello hay que cuidarse para no implementar "soluciones" que frenen la escalada de precios, pero a costa de alentar la aparición de esos otros problemas peores, que por suerte, hoy, no son los que más nos afectan.
En el más o menos libre juego de las relaciones socio-económicas, todos de alguna manera intentamos apropiarnos de la mayor parte posible de los excedentes producidos colectivamente.
Si el Estado, como un jugador más de ese juego, decide ponerle plata en el bolsillo de algunos actores, a través, por ejemplo, de la AUH, de los incrementos de jubilaciones, avalando aumentos salariales por convenio, realizando transferencias en salud y educación, o invirtiendo en infraestructura, está colaborando en la formación de esos excedentes, y redistribuyéndolos de modo tal que se traduzcan en consumo masivo.
Entonces, quienes participan de la producción y comercialización de bienes, comprenden la situación y actúan de la manera esperada: intentan recuperar esos excedentes que de alguna manera fueron sustraídos de sus márgenes de ganancia.
Todo esto se hace evidente cuando algunos jugadores de peso expresan, a través de las organizaciones que los representan, sus fórmulas para combatir la inflación: moderar las pretensiones de aumento salarial, achicar el gasto público.
Es decir, directamente piden evitar que se desate una puja por los excedentes, eliminando la posibilidad de redistribuirlos. No nos toquen la ganancia, dejen que los excedentes hagan su camino "natural", y nadie se va a pelear por obtener nada.
El desafío, entonces, pasa por darle combate a los aumentos de precio, pero sin ceder a los reclamos de los que piden tomar el camino más corto, que es renunciar a la redistribución de excedentes.
La ilustración es de Militancia Kreativa.
Entonces, la primera obligación es asentir: los aumentos de precios son una realidad. Y un problema. Preocupante.
Ocurre que no son el único problema que puede tener una economía. Hay otros peores, incluso, como la recesión o el desempleo.
Por ello hay que cuidarse para no implementar "soluciones" que frenen la escalada de precios, pero a costa de alentar la aparición de esos otros problemas peores, que por suerte, hoy, no son los que más nos afectan.
En el más o menos libre juego de las relaciones socio-económicas, todos de alguna manera intentamos apropiarnos de la mayor parte posible de los excedentes producidos colectivamente.
Si el Estado, como un jugador más de ese juego, decide ponerle plata en el bolsillo de algunos actores, a través, por ejemplo, de la AUH, de los incrementos de jubilaciones, avalando aumentos salariales por convenio, realizando transferencias en salud y educación, o invirtiendo en infraestructura, está colaborando en la formación de esos excedentes, y redistribuyéndolos de modo tal que se traduzcan en consumo masivo.
Entonces, quienes participan de la producción y comercialización de bienes, comprenden la situación y actúan de la manera esperada: intentan recuperar esos excedentes que de alguna manera fueron sustraídos de sus márgenes de ganancia.
Todo esto se hace evidente cuando algunos jugadores de peso expresan, a través de las organizaciones que los representan, sus fórmulas para combatir la inflación: moderar las pretensiones de aumento salarial, achicar el gasto público.
Es decir, directamente piden evitar que se desate una puja por los excedentes, eliminando la posibilidad de redistribuirlos. No nos toquen la ganancia, dejen que los excedentes hagan su camino "natural", y nadie se va a pelear por obtener nada.
El desafío, entonces, pasa por darle combate a los aumentos de precio, pero sin ceder a los reclamos de los que piden tomar el camino más corto, que es renunciar a la redistribución de excedentes.
La ilustración es de Militancia Kreativa.
martes, 1 de febrero de 2011
Crecer era fácil (perder competitividad también)
A raíz de la entrada anterior, podemos reflotar un viejo posteo, que interviene con lo que se discute. Suerte?
Los Kirchner tienen culo. La soja a 400 dólares y la tasa de la FED en casi cero les da una situación envidiada por todas las administraciones anteriores. Justo Argentina, país campeón en sufrir la restricción externa, goza, gracias a la situación descripta, de inundación de dólares. Sobran dólares en el mundo, y nosotros producimos y vendemos en grandes cantidades commodities que están históricamente caras en dólares.
¿Es realmente así? Empecemos comparando la situación actual con la del fin de la convertibilidad.
La convertibilidad era un esquema de tipo de cambio fijo y bajo, nacido como forma de contener una hiperinflación. En esas condiciones, los productos importados se volvieron una ganga para los ingresos fijos dolarizados de los argentinos. Lo nacional, era más caro. El sesgo del esquema fue netamente importador.
Para completar el cuadro, Argentina necesitaba el ingreso de muchos dólares para mantener los altos niveles de importación requerida, sobre todo para consumo. Esos dólares necesarios, no iban a entrar (era previsible) por vía de comercio exterior. Porque, por el mismo motivo que era ventajoso importar, era desventajoso exportar. Los productos nacionales eran relativamente más caros que sus competidores extranjeros.
Durante los primeros años, los dólares vinieron vía inversión extranjera directa (con gran ayuda de las privatizaciones). Pero cortado ese chorro hubo que recurrir a otro: el endeudamiento estatal. El déficit de las cuentas públicas se convirtió en el complemento perfecto para una situación que se volvió inmanejable. Una economía que se achicaba, la actividad cada vez era más baja, la recaudación caía.
Así, el Estado se endeudaba en dólares, que el BCRA le cambiaba por pesos para que cubriera sus gastos. Los dólares que el Estado tomaba prestados, entonces, eran vendidos baratitos a quienes quisieran comprar (un dólar un peso, re-barato, cobro el aguinaldo y me lo gasto en Miami).
En ese esquema, que los precios de los granos hubiesen sido del doble, o que las tasas de interés internacionales hubieran sido casi nulas se habría convertido en una bendición. El Estado no hubiese terminado entrando en el círculo del endeudamiento irremontable.
¡Cómo De La Rúa no va a envidiar a los Kirchner! Claro, si hubiese salido de la convertibilidad no hubiese tenido tampoco el problema…
Pero, hay que notar primero que tal estado de cosas ya no sigue vigente desde 2002 (¿ya nadie se acuerda del 2001?).
Argentina abandonó el tipo de cambio fijo. Devaluó un 300% y abandonó la convertibilidad. Y entonces, el sesgo importador fue corregido por un sesgo sustitutivo de importaciones, y en segunda instancia exportador. Este esquema plantea otro objetivo: la competitividad de la actividad industrial (genéricamente hablando, para no complicar más la cosa). Producir acá lo que antes comprábamos afuera, y fomentar, de rebote, el empleo.
El tema es que desde un principio nos encontramos con un escollo.
Argentina tiene ventajas comparativas excelentes debido a su dotación de recursos para desarrollar la actividad agropecuaria. Pero las ramas industriales que más mano de obra absorben no cuentan con tal competitividad. El tipo de cambio alto es la ayudita que necesitan para producir más barato (en dólares) que sus competidores extranjeros.
Ahora bien, justamente los precios internacionales excepcionales de las commodities plantean un nuevo desafío: cómo mantener un tipo de cambio competitivo para la industria, sin que los dólares que aporta el agro presionen a la baja.
Esa es la explicación de las retenciones, esa es la explicación de la emisión de pesos del BCRA y de la absorción por vía de Letras y Notas (a veces criticadas por convertirse en un negocio fácil para los bancos), y esa es la explicación también de la inflación.
¿Es culo, entonces? Cada momento aporta sus especificidades y sus desafíos.
Igual que la virgencita de Caacupé, el precio de la soja te arregla por un lado y te jode por el otro.
Como todo, bah, porque la política económica es una frazada corta.
Los Kirchner tienen culo. La soja a 400 dólares y la tasa de la FED en casi cero les da una situación envidiada por todas las administraciones anteriores. Justo Argentina, país campeón en sufrir la restricción externa, goza, gracias a la situación descripta, de inundación de dólares. Sobran dólares en el mundo, y nosotros producimos y vendemos en grandes cantidades commodities que están históricamente caras en dólares.
¿Es realmente así? Empecemos comparando la situación actual con la del fin de la convertibilidad.
La convertibilidad era un esquema de tipo de cambio fijo y bajo, nacido como forma de contener una hiperinflación. En esas condiciones, los productos importados se volvieron una ganga para los ingresos fijos dolarizados de los argentinos. Lo nacional, era más caro. El sesgo del esquema fue netamente importador.
Para completar el cuadro, Argentina necesitaba el ingreso de muchos dólares para mantener los altos niveles de importación requerida, sobre todo para consumo. Esos dólares necesarios, no iban a entrar (era previsible) por vía de comercio exterior. Porque, por el mismo motivo que era ventajoso importar, era desventajoso exportar. Los productos nacionales eran relativamente más caros que sus competidores extranjeros.
Durante los primeros años, los dólares vinieron vía inversión extranjera directa (con gran ayuda de las privatizaciones). Pero cortado ese chorro hubo que recurrir a otro: el endeudamiento estatal. El déficit de las cuentas públicas se convirtió en el complemento perfecto para una situación que se volvió inmanejable. Una economía que se achicaba, la actividad cada vez era más baja, la recaudación caía.
Así, el Estado se endeudaba en dólares, que el BCRA le cambiaba por pesos para que cubriera sus gastos. Los dólares que el Estado tomaba prestados, entonces, eran vendidos baratitos a quienes quisieran comprar (un dólar un peso, re-barato, cobro el aguinaldo y me lo gasto en Miami).
En ese esquema, que los precios de los granos hubiesen sido del doble, o que las tasas de interés internacionales hubieran sido casi nulas se habría convertido en una bendición. El Estado no hubiese terminado entrando en el círculo del endeudamiento irremontable.
¡Cómo De La Rúa no va a envidiar a los Kirchner! Claro, si hubiese salido de la convertibilidad no hubiese tenido tampoco el problema…
Pero, hay que notar primero que tal estado de cosas ya no sigue vigente desde 2002 (¿ya nadie se acuerda del 2001?).
Argentina abandonó el tipo de cambio fijo. Devaluó un 300% y abandonó la convertibilidad. Y entonces, el sesgo importador fue corregido por un sesgo sustitutivo de importaciones, y en segunda instancia exportador. Este esquema plantea otro objetivo: la competitividad de la actividad industrial (genéricamente hablando, para no complicar más la cosa). Producir acá lo que antes comprábamos afuera, y fomentar, de rebote, el empleo.
El tema es que desde un principio nos encontramos con un escollo.
Argentina tiene ventajas comparativas excelentes debido a su dotación de recursos para desarrollar la actividad agropecuaria. Pero las ramas industriales que más mano de obra absorben no cuentan con tal competitividad. El tipo de cambio alto es la ayudita que necesitan para producir más barato (en dólares) que sus competidores extranjeros.
Ahora bien, justamente los precios internacionales excepcionales de las commodities plantean un nuevo desafío: cómo mantener un tipo de cambio competitivo para la industria, sin que los dólares que aporta el agro presionen a la baja.
Esa es la explicación de las retenciones, esa es la explicación de la emisión de pesos del BCRA y de la absorción por vía de Letras y Notas (a veces criticadas por convertirse en un negocio fácil para los bancos), y esa es la explicación también de la inflación.
¿Es culo, entonces? Cada momento aporta sus especificidades y sus desafíos.
Igual que la virgencita de Caacupé, el precio de la soja te arregla por un lado y te jode por el otro.
Como todo, bah, porque la política económica es una frazada corta.
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