sábado, 19 de mayo de 2012

España y el 2001

Mucho se ha insistido con la comparación entre la situación actual de la periferia europea y la Argentina de 2001. Con la incipiente corrida desatada en España en torno de Bankia las comparaciones recrudecen.

La verdad es que hay una diferencia decisiva.
En el caso europeo el prestamista de última instancia (exterior a los países en crisis, por la pérdida de la soberanía monetaria) todavía no está convencido de cortar el chorro del financiamiento y sigue mandando plata al agujero negro de las bancarrotas artificialmente evitadas con colchones de papel pintado, hacia los países en situación crítica. Como España (a Grecia parece inminente que lo abandone).
El fin de la convertibilidad, en 2001, se debió justamente a que el FMI abandonó su rol activo voluntariamente, convencido de la inutilidad de seguir manteniendo al peso convertible vivo con el respirador artificial. Nos aplicó la doctrina de la "muerte indigna".

Esa experiencia fallida (en varios aspectos, incluida la consecuente actitud díscola del gobierno argentino actual, de no someterse mansamente a los dictados del establishment financiero internacional) dejó una enseñanza. Es esperable que se pongan en juego esfuerzos adicionales, esta vez.

Esto no significa que el tránsito hacia el blanqueo vaya a ser apacible.
España está condenada a una destrucción de activos, que ya se vivencia, pero sin la magnitud necesaria como para darle un corte definitivo a la agonía y comenzar con el proceso de renacimiento.
Esa destrucción de activos no será otra cosa que la desvalorización del ahorro español y la devaluación de los ingresos españoles.
Consecuentemente, será necesaria una renegociación de los pasivos, que sin la actual valuación de los activos como respaldo, se volverán decididamente irrecuperables, tal como ya mismo están insinuando (apenas insinuando) ser.

En este punto, entonces, será cuestión de convencer a los principales bancos alemanes que tendrán que pasar a pérdida parte de sus activos, que tendrán que absorber parte de las pérdidas, y que todo el sistema financiero europeo, probablemente, deberá someterse al sostén que le puedan brindar las economías emergentes, cuyas balanzas comerciales siguen siendo aspiradoras de recursos.

Si estas decisiones se postergan, si no se alcanzan aún los consensos necesarios, es porque intermedian algunos intereses mezquinos haciendo diferencias que son vueltos al lado de la magnitud de las riquezas a destruir si es que se quiere volver sustentable el futuro de los países en problemas.

Lógicamente, a nadie le gusta volver al tercer mundo (tampoco tienen mucho interés los emergentes en asumir la maldición de convertirse en potencias -ampliaremos-). Pero será una opción preferible al descalabro que ofrecen las alternativas, incluidas las guerras.