Parece que muchas personas siguen interesadas en resolver si el recorte de subsidios implica o no un ajuste.
Desde nuestra óptica, la cuestión no presenta demasiada fertilidad para la discusión.
Así y todo ensayamos algún argumento.
Todavía no tenemos una dimensión exacta de cuál será el alcance definitivo de la poda. Ni de quiénes pagarán más y quiénes se verán beneficiados con alguna excepción parcial o total.
Seamos conservadores en el cálculo (a favor del gobierno) y pensemos que finalmente el recorte tendrá un sesgo de gradualidad acorde con la sensibilidad social que reclamamos desde acá.
Esto implicaría que, por efectos de la segmentación y la focalización, sean relativamente pocos los que se vean privados del subsidio que venían cobrando. Y todos ellos, gente con buenas posibilidades económicas de afrontar el gasto extra.
Estamos suponiendo que la segmentación y la focalización se hacen de manera eficiente. Cosa de la que, particularmente, dudo bastante. Como ejemplo, pensemos, cuántas boletas de Edesur y Edenor llegan efectivamente a nombre de quién la paga, y no del antiguo propietario de la vivienda, o del propietario (y paga el inquilino), y miles de ejemplos más. Cruzar este dato cotidiano con la posibilidad de que la focalización sea eficiente causa escozor. Pero ese es otro tema.
Hasta allí, incluso, podríamos avalar la hipótesis que desde acá sostuvimos en algún momento. La expansión por la expansión misma ya no promete ser tan efectiva como antes. Y se va por la canaleta de la demanda de dólares y los aumentos de precios. Puede ser.
Pero hay otro factor a tener en cuenta para definir cuánto podría resentirse el esquema de crecimiento. El efecto derrame.
Teoría vilipendiada justamente (la del derrame)... en tanto teoría. Ahora, negar los efectos del mismo, y aún la misma existencia del derrame en la dinámica de una sociedad capitalista, ya es otra cosa.
La verdad es que es muy probable que varias familias de clase media decidan ajustar sus gastos, por ejemplo, diciéndole a la piba que les hace la limpieza que venga dos veces por semana, y no tres. Y esta piba, entonces, tenga menos plata para comprarle remeritas y ojotas a los hijos en la estación Varela. A partir de lo cual el muchacho del puesto, si viera mermar las ventas, le diría a su sobrina que ya no necesita que le venga a ayudar... y así.
Eso es el efecto multiplicador. El derrame.
Que por bronca que nos de, existe. Y nos dio una mano en estos años de crecimiento a tasas chinas. Gracias a él, algunas personas dedicadas a actividades como la maestranza (forma elegante de limpieza) pudieron conocer Mar del Plata. A los 40 años.
En esos barrios donde vive la mayoría de estas personas, cuando la economía va bien se nota enseguida. Y se percibe y disfruta mucho más que en Caballito o Recoleta.
En sentido contrario, la dinámica propia de la circulación de bienes en las sociedades capitalistas hace que los costos siempre puedan ser transferidos hacia abajo. Absorbiendo, precisamente, las vertientes del derrame. Taponando selectivamente ciertas canaletas.
El tema no pasa por explicar que el recorte de subsidios a clases medias y altas es una medida de justicia distributiva. Porque el patrón distributivo, el patrón de acumulación, no está siendo puesto en cuestión ni modificado en lo más mínimo.
Hay, en cambio, una serie de medidas macroeconómicas que se avizoran, que tienden a poner en orden las cuentas fiscales. Sacar plata de la calle, a través del ahorro fiscal.
Esto equivale a ponerle "racionalidad" a la economía, hacer "como hacen los países serios", "corregir las distorsiones", y no sé cuántas cosas más que estuvimos escuchando durante varios años, y no de boca de quienes defendíamos precisamente.
Después podemos discutir sobre la necesidad o no de hacerlo. Sobre si no quedaba otra opción. O sobre si las concesiones hechas al capital en esta etapa eran necesarias para sostener la viabilidad del crecimiento.
Pero estamos ante una etapa de concesiones a la ortodoxia económica y a los dueños del capital. Por la vía del ajuste fiscal.
lunes, 28 de noviembre de 2011
viernes, 25 de noviembre de 2011
El orgullo y el subsidio
Lucas es el más inteligente de todos. De todos, eh.
Todos es una palabra que se usa mucho al pedo. Nos acostumbramos a interpretarle ese significado engañoso. Decimos "todos", sabiendo que no nos estamos refiriendo a "todos" realmente, sino a algunos pocos.
Pero este no es el caso. Por esta vez, todos significa todos.
Hablando con él, siempre queda la sensación de que ya le pegó tres vueltas al razonamiento que uno dificultosamente va hilvanando con esa mezcla de perplejidad y orgullo que se siente cada vez que se realiza la (en mi caso, rara) proeza de la deducción.
Ahora, todo bien, pero la inteligencia no te da derecho a ponerme en evidencia así. Desafiarme a mí, justamente, a que descifre qué carajo significa este jeroglífico
y que lo use encima para calcular no sé qué cosa del cobre, la soja y el tiempo, no puede tener otra finalidad que dejarme en evidencia de que no entiendo nada de economía (imaginate de matemática financiera).
Si estás caliente porque te sacan los subisidios no te la agarrés conmigo, corazón.
Pero bueno, igualmente, y sin que venga mucho al caso me gustaría desarrollar un poco una idea inspirada en alguno de los 2 millones de comentarios que le escuché a Lucas sobre el tema subsidios, en los 4 o 5 minutos en que lo vi anoche.
La cuestión de la declaración jurada y la renuncia a los subsidios, generalizada, es un golpe a la autoestima de quienes necesitan los subsidios.
Es que hay una dinámica en las relaciones interclases (?), que dificultosamente se pueda representar en los cálculos algebraicos de los cuadros técnicos del ministerio de planificación.
A saber: los pobres no quieren ser pobres. Lo cual incluye la necesidad de ser asumidos como no-pobres entre los no-pobres.
Si renunciar al subsidio entonces es una gesta casi patriótica, es también una distinción de superioridad de clase.
Foucault sostuvo (en Historia de la sexualidad) que el tabú del sexo era un invento burgués. Que la aristocracia tenía la "sangre" para distinguirse. Y que la burguesía, por su carácter revolucionario (por la movilidad social ascendente le diríamos hoy, a lo mejor) no tenía, como clase, un factor distintivo de superioridad.
El pudor y el moralismo en torno al sexo fue constituido, entonces, como ese rasgo de superioridad que empezaría a distinguir a los burgueses de la chusma, mucho más abiertamente cogedora (el énfasis es más en "abiertamente" que en "cogedora").
En la Argentina de hoy, y por el probable plazo de unas semanas por lo menos, los pequeños burgueses podremos adquirir nuestro certificado de "sangre". Renunciando al subsidio.
Y de paso les infringimos una nueva herida narcisista a los pobres subsidiados, a quienes todavía ni siquiera supimos explicarles que la AUH no es un regalo, sino la forma de saldar hacia adelante (retroactiva nunca) una deuda que teníamos: todo el mundo la cobraba, menos los que también la cobran hoy.
Unas boludeces enormes las que se me ocurren cuando ando con pocas horas de sueño. Y bueno, después de todo para qué se va abrir un blog uno, si no para poder ejercitar la boludez sin complejos.
De todos modos, yo ya hice mi renunciamiento patriótico.
Total, las boletas las tengo a nombre de la verdadera dueña de casa: mi mujer.
Todos es una palabra que se usa mucho al pedo. Nos acostumbramos a interpretarle ese significado engañoso. Decimos "todos", sabiendo que no nos estamos refiriendo a "todos" realmente, sino a algunos pocos.
Pero este no es el caso. Por esta vez, todos significa todos.
Hablando con él, siempre queda la sensación de que ya le pegó tres vueltas al razonamiento que uno dificultosamente va hilvanando con esa mezcla de perplejidad y orgullo que se siente cada vez que se realiza la (en mi caso, rara) proeza de la deducción.
Ahora, todo bien, pero la inteligencia no te da derecho a ponerme en evidencia así. Desafiarme a mí, justamente, a que descifre qué carajo significa este jeroglífico
y que lo use encima para calcular no sé qué cosa del cobre, la soja y el tiempo, no puede tener otra finalidad que dejarme en evidencia de que no entiendo nada de economía (imaginate de matemática financiera).
Si estás caliente porque te sacan los subisidios no te la agarrés conmigo, corazón.
Pero bueno, igualmente, y sin que venga mucho al caso me gustaría desarrollar un poco una idea inspirada en alguno de los 2 millones de comentarios que le escuché a Lucas sobre el tema subsidios, en los 4 o 5 minutos en que lo vi anoche.
La cuestión de la declaración jurada y la renuncia a los subsidios, generalizada, es un golpe a la autoestima de quienes necesitan los subsidios.
Es que hay una dinámica en las relaciones interclases (?), que dificultosamente se pueda representar en los cálculos algebraicos de los cuadros técnicos del ministerio de planificación.
A saber: los pobres no quieren ser pobres. Lo cual incluye la necesidad de ser asumidos como no-pobres entre los no-pobres.
Si renunciar al subsidio entonces es una gesta casi patriótica, es también una distinción de superioridad de clase.
Foucault sostuvo (en Historia de la sexualidad) que el tabú del sexo era un invento burgués. Que la aristocracia tenía la "sangre" para distinguirse. Y que la burguesía, por su carácter revolucionario (por la movilidad social ascendente le diríamos hoy, a lo mejor) no tenía, como clase, un factor distintivo de superioridad.
El pudor y el moralismo en torno al sexo fue constituido, entonces, como ese rasgo de superioridad que empezaría a distinguir a los burgueses de la chusma, mucho más abiertamente cogedora (el énfasis es más en "abiertamente" que en "cogedora").
En la Argentina de hoy, y por el probable plazo de unas semanas por lo menos, los pequeños burgueses podremos adquirir nuestro certificado de "sangre". Renunciando al subsidio.
Y de paso les infringimos una nueva herida narcisista a los pobres subsidiados, a quienes todavía ni siquiera supimos explicarles que la AUH no es un regalo, sino la forma de saldar hacia adelante (retroactiva nunca) una deuda que teníamos: todo el mundo la cobraba, menos los que también la cobran hoy.
Unas boludeces enormes las que se me ocurren cuando ando con pocas horas de sueño. Y bueno, después de todo para qué se va abrir un blog uno, si no para poder ejercitar la boludez sin complejos.
De todos modos, yo ya hice mi renunciamiento patriótico.
Total, las boletas las tengo a nombre de la verdadera dueña de casa: mi mujer.
miércoles, 23 de noviembre de 2011
La "sintonía fina" como clave de una etapa
Omar propone hoy un análisis sobre la "sintonía fina".
Es, para mí también, un eufemismo. En otro posteo había usado la frase "corrección de las distorsiones". Son, creo, equiparables. La autoría corresponde también a la presidenta. Fue la promesa de campaña que les hizo a los industriales.
Para profundizar un poco en lo que tenemos hasta hoy: hay un primer bloque de anuncios de medidas (o guiños que pueden entenderse como señalamiento de medidas que se tomarán en adelante) que son "ortodoxamente correctas". De reordenamiento de la macroeconomía. Son las que ponen contentos a Paolo Rocca o Fulvio Pagani. El combate a la inflación está incluido acá. En rol estelar.
A pesar de que pueda usarse como el dulce con el que se engaña a los pobres o a los trabajadores. "Caramelos de madera" solía decir el fallido pronosticador (pero certero en las metáforas) Jorge Asís.
Quienes leen este blog (y se lo toman en serio, lo cual es bastante más complicado) sabrán que sin simpatía ni júbilo venimos sugiriendo desde hace un tiempo que parecería estar llegando el momento en que estas decisiones se volverían inevitables.
Pero nunca negamos, aún cuando aceptáramos la "inevitabilidad" (tomar con pinzas, significan las comillas), que las consecuencias no serían del todo agradables.
La presidenta encabeza hoy, a mi humilde (humilde) entender, la puesta en marcha de un conjunto de decisiones que remiten a un consenso previo. Tácito. Del que participan todos los dirigentes políticos (oficialistas y opositores, con la sola excepción acaso de Altamira, que como apologista de otro modo de producción, alternativo al capitalismo, no comulga con su lógica). Y, sobre todo, los dueños del capital.
El consenso implica que el ritmo de crecimiento de la economía argentina, con inflación de más de 20% y actualizaciones salariales de casi 30%, ya no da más de lo que dio.
Y que el proceso de acumulación podría ser puesto en juego por ese esquema, si no se corrige (que en el último año, además, profundizó los desajustes porque la devaluación nominal fue muy baja, lo cual significó una importante apreciación real, mientras que otros países emergentes parecen revertir ahora el proceso de revaluación cambiaria).
A ese consenso remiten los ajustes, las correcciones, la sintonía fina. Especulamos acá.
Los cambios en la relación del Gobierno con la CGT, por otro lado, soy remiso también a analizarlos solamente en términos políticos.
Las tensiones de hoy son un emergente de la relación capital-trabajo. Y de las exigencias del proceso de acumulación. De su sustentabilidad, sin crisis, que es lo que vuelve inevitables las correcciones.
El gobierno, mediador en las pujas distributivas, hoy cambia su postura y cierra un poquito más con el capital de lo que lo venía haciendo en los últimos años.
No culpo a nadie. El objetivo fundamental, siempre, debe ser evitar los shocks.
Una salvedad: al interior de las facciones del capital las posiciones para la etapa no son unívocas. Están quienes hubiesen preferido una devaluación brusca, para toscamente capitalizar la recomposición de márgenes en el corto plazo.
Se impone la postura alternativa. Previa "corrección de las distorsiones", intentar rearmar el colchón que permita amortiguar el paso a precios de las devaluaciones. La devaluación brusca, aparte de desastrosa en términos sociales, hubiese sido ineficaz en el mediano plazo, mismo para la propia salvaguarda de la acumulación de capital. Se impone entonces la racionalidad de la administración del tipo de cambio, aunque con aceleración respecto del año que transcurre. Volver un poco al patrón kirchnerista de los primeros años.
Y un detalle, no menor. En medio de todas esas alusiones a la "sintonía fina" la Presidenta no se privó de incluir en la discusión a la suerte de las utilidades. No sólo la cuestión de cómo distribuirlas y si por ley o por paritarias una parte debería ser captada por los asalariados o no.
Habló de márgenes de ganancia, como elemento clave en la competitividad. Habló además de remesas al exterior.
Algo es algo. Para los tiempos que corren, bastante.
lunes, 21 de noviembre de 2011
Nueva etapa kirchnerista: "corrección de las distorsiones"
La magnitud que alcance la reducción de subsidios será decisiva.
Porque el recorte tiene implicancias en todo el esquema económico. Intentar venderlo como una mera corrección de una injusticia distributiva es un error.
Hay voluntad de recuperar el ortodoxo colchón fiscal, que (digamos) Néstor no se privó de usufructuar en sus años de gobierno.
Ya hablamos del efecto multiplicador de los pesos excedentes en manos de las familias que de recomponerse tarifas pasarán a dedicarse al pago de las mismas, actualizadas. Por lo tanto el efecto multiplicador se habrá neutralizado. O revertido.
El otro problema es el reacomodamiento de los precios de la economía. El lector y comentarista Riki Juarez nos había consultado algo relacionado con este tema.
Por supuesto que no estoy en condiciones de dar una respuesta definitiva.
Pero el factor de la "competitividad" industrial con los nuevos costos de energía (sobre diferenciación por tamaño de empresa y actividad, seguramente se trabajará) se entrecruzará con un elemento muy sensible: precios. Que es, además, salarios.
En viejos posteos lanzamos la hipótesis de por qué Moyano se había vuelto el principal enemigo de los dirigentes opositores más encolumnados con el capital (cuando clareaban los primeros amagues de la campaña electoral).
Significaba (Moyano) un escollo difícil de superar para el consenso que reinaba entre políticos, empresarios y el establishment en general.
El ritmo de crecimiento de la economía argentina se volvía insostenible, y ponía en riesgo la sustentabilidad del proceso de acumulación (y concentración). Había que correr del medio a Moyano, para poder operar un reacomodamiento de precios y salarios. Vendido como plan de estabilización. Con corrección de distorsiones. Con planes presentables: fin de subsidios para ricos, estabilización de precios.
En dos etapas: primero reacomodamiento de precios de bienes y servicios distorsionados (aumentos). Después, moderación en la pauta de aumento salarial, seguramente recalentada por los movimientos de precios de la etapa anterior.
Un plan más racional de recomposición de márgenes que la tosca devaluación con la que en algunas facciones del capital se sigue simpatizando.
Este proceso, que surge de un explícito consenso entre la clase política y los dueños del capital, sin embargo, puede hacerse con diferentes ritmos. Y esto es lo que define qué grado de compromiso tiene con los intereses empresarios cada dirigente político en la etapa actual.
Para determinar, entonces, cuán cerca o cuán lejos se está en la actualidad de someterse a esa dinámica impuesta por los factores de poder más comprometidos con los patrones de acumulación de capital, habrá que medir cuán graduales pueden volverse las correcciones ortodoxas. Los ajustes.
El proceso, además, podría significar una buena forma de recuperar márgenes de acción para poder volver más eficiente un proceso de intervención estatal sin poner en riesgo la sustentabilidad en el tiempo. Es decir, evitando cualquier tipo de shock. De crisis.
Ahora bien, junto con esa corrección de las distorsiones (y me remito a palabras que la presidenta en un acto público usó ante empresarios como rúbrica de compromiso) que podrían indicarse como necesarias, no solamente es deseable que se actúe con gradualismo y con vocación intervencionista para decidir sobre quiénes debería cargarse el mayor o menor peso de las decisiones a los menores costos posibles.
También hay que pedir que se aproveche la coyuntura para corregir otras distorsiones de la economía argentina, en especial en las cadenas productivas.
Las empresas productoras de bienes básicos para el crecimiento de la producción industrial, con márgenes de rentabilidad extravagantes y con posición de mercado dominante, que les permite "operar" precios piden a gritos también intervención.
O el sector financiero, que usufructúa impunemente la informalidad de buena parte de la economía argentina.
Ahí reside la mejor oportunidad para darle algo de épica a la etapa que ya podemos bautizar como de "corrección de distorsiones", que no tiene aristas demasiado estimulantes para defender por ahora. Y que se asume más como la inevitabilidad de un destino ya anticipado.
domingo, 20 de noviembre de 2011
La "opción negativa" en el caso de renuncia al subsidio
La Ley del Consumidor contempla el criterio de "opción negativa". Como señala acá Marcelo Canton, la situación remite al caso de la tarjeta Diners, que envió a sus clientes una revista e incluyó su valor compulsivamente en los resúmenes. Quien no quisiera pagarla (ni recibirla) debía renunciar expresamente por carta. La Justicia falló en contra de la firma, y después, por ley, quedó establecido que no se podía obligar a un consumidor a renunciar a un consumo que no había solicitado expresamente.
Esta situación, sin embargo y a pesar del insólito intento, no es comparable con la situación de los subsidios y el mecanismo de solicitud de los mismos a través de declaración jurada.
En caso de que un usuario no conteste la declaración jurada por la cual debe solicitar el subsidio, y por lo tanto perdería el beneficio automáticamente, no quedaría encuadrado en el tipo "opción negativa".
Porque en esta situación puntual, el usuario debe solicitar se le otorgue un beneficio. De manera tal que si no contesta la declaración jurada, se estaría absteniendo de solicitar un beneficio, el cual dejaría de otorgársele.
No se lo estaría obligando a renunciar a un consumo para no cobrárselo (cosa que sí se encuadraría en la "opción negativa").
La vía judicial, al menos por este lado, está bloqueada.
De todos modos, les deseamos buena suerte.
viernes, 18 de noviembre de 2011
Los "retoques" al "modelo"
Decisiones de alto impacto mediático.
Tímida reducción de subsidios (por ahora), que puede ser un poco más grande en los próximos días, pero que difícilmente sea muy drástica.
El objetivo: mejorar las cuentas fiscales. Poner los ingresos en un nivel de equilibrio con los egresos, moderando estos últimos antes que ampliando los primeros.
Y algunas especulaciones:
El pedido de moderación sindical en la negociación salarial para las próximas paritarias, bajando las pretensiones nominales a un tope de 18% (con flexibilidad para negociar algún puntito más, calculo).
O la posibilidad de tomar deuda (por un porcentaje no mayor al 20% de los vencimientos del año próximo) para cerrar el programa financiero sin poner en riesgo las reservas, que de no mediar una brusca devaluación o un esquema que le vuelva a permitir al BCRA atesorar divisas en cantidades, casi seguro que no alcanzarían para cumplir con los pagos.
Son algunas medidas de tipo ortodoxo, de corrección de las "distorsiones", de recomposición de márgenes de rentabilidad, pero evitando al mismo tiempo que ésta recomposición se produzca por las peores formas. Por los caminos conocidos de las corridas al dólar, devaluación brusca, destrucción de stocks y riquezas, caída abrupta del poder adquisitivo y del consumo como freno parcial a la fuerza inflacionaria derivada de la devaluación, etc.
Medidas (las ortodoxas, correctoras parciales de "distorsiones") que pueden servir además para recuperar márgenes de acción. Para que la intervención estatal, generadora de "distorsiones", pueda ser más eficiente en materia de justicia social y redistribución del ingreso en períodos próximos. Y que incluso su implementación otorga márgenes de acción selectiva para redistribuir incluso los recortes y las pérdidas inevitables, como lo muestra el caso puntual de los subsidios.
La responsabilidad de gobernar un país es demasiado grande como para que un gobierno se detenga a preocuparse por batallas mediáticas por la instalación de sentido en torno de la palabra "ajuste". Chicanas sin sustancia y esquematismos paralizantes afloran en esa contienda de poca monta, divertida para nosotros, dilettantes opinólogos. Apenas eso.
Mientras en los ámbitos de tomas de decisión gana espacio cierto pragmatismo responsable.
Y por todo eso tal vez lo mejor sea tranquilizarse.
Mantener la frente alta, aún ante algún que otro renuncio, que así y todo, el periodo kirchnerista sigue (y si Dios quiere seguirá) albergando a los mejores gobiernos de los últimos 50 años. Por lejos.
Pero por eso mismo y para cuidarlo sería imperdonable fallar.
¿El fin de los subsidios? (sin cortes)
La entrada de ayer fue cercenada. Un caso de autocensura tardía.
Pero el amigo Omar se encargó de dejar registro escrito de algunas partes del posteo, víctimas de mi culposidad y arrepentimiento.
por todo esto es hasta esperable que el porcentaje de usuarios subsidiados tienda a volverse marginal. Y eso va a depender de algo que hasta ahora nadie especificó: qué criterios adoptarán Economía y/o Planificación para definir, a través del cruce de datos de ANSeS y AFIP, para determinar qué usuarios requieren subsidio y cuáles no.
El punto central: qué es considerado un ingreso bajo, que te haga merecedor de subsidio.
En los comentarios, el lector Esteban llamó la atención sobre este particular, también.
Las líneas rescatadas por Omar hacían referencia a un caso hipotético, no imposible, pero que todavía permanece un poco lejos de ser oficializado.
La probabilidad de que el mecanismo de la declaración jurada obligatoria sea generalizado. Y que alcance a la totalidad de los usuarios del AMBA al menos en una instancia prioritaria.
Tengo igualmente la expectativa de que, como ha trascendido, la meta final sea reducir la cuenta de subsidios desde los algo más de 70.000 millones de pesos, hasta unos 50.000 millones en el primer tramo (1 año) de los ajustes, de modo tal que no sería necesaria una generalización tan amplia, ni un abandono deliberado de la prudente política de gradualismo.
Humildemente (cuándo no?), solicitamos con fervor que así sea.
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