jueves, 17 de noviembre de 2011
¿El fin de los subsidios?
Primero aclarar un punto: lo único que está confirmado es que se les cobrarán tarifas plenas de gas, luz y agua (con precio regulado, recordamos) a determinados usuarios. Bancos, casinos, principales industrias y usuarios residenciales que viven en countries de todo el país, y Barrio Parque y Puerto Madero en la CABA. Ahorro fiscal calculado (remarcamos: calculado) por recorte de subsidios: un poco más de 4.000 millones de pesos.
Un criterio con casi nulo cuestionamiento.
Un segundo punto a remarcar: el cuadro tarifario sigue vigente. No hay cambios. Solamente los mencionados usuarios quedarán exceptuados de percibir el beneficio de tener subsidiado un 70% aproximado del valor total de las tarifas.
Para el resto de los usuarios (la gran mayoría) se anunció también un programa de acción que va a modificar la relación de los mismos con las tarifas de servicios públicos y los subsidios. El programa se iniciará, con muy buen criterio, con 8 barrios de Capital y GBA, con un PBI per capita muy alto en relación al resto del país.
La idea que desde el gobierno se impone para reformular el enmarañado esquema es virar del criterio de subsidio a la oferta, al inverso de subsidiar la demanda. Focalizar el subsidio, al punto de personalizarlo.
No vamos a hacer valoraciones sobre algo que desconocemos, pero sí vamos a proponer algunos puntos para la discusión:
Primer punto: los subsidios a los servicios públicos nacen, no de la decisión de hacer justicia distributiva, sino de una posición más fríamente macroeconómica. Que consistía en bajar el precio pagado directamente por los usuarios en determinados bienes y/o servicios.
De manera tal que la modificación del contexto, gracias al alto crecimiento y a la recuperación general de la población de su poder adquisitivo en dólares, es lo que lleva al replanteo del asunto. Las tarifas de 2003 son inviables en la actualidad, porque por propio crecimiento de la economía, que implica también aumentos de costos de producción (el salario se cuenta entre ellos), el esfuerzo fiscal para cubrir la diferencia vía subsidios es inmenso.
Recortar subsidios es, entonces, reconocer que ya no se hace necesario mantener artificialmente más bajo el precio de los servicios afectados.
Como todo (llamémosle "derrame" si quieren) en cada intervención hay un efecto multiplicador. La plata que un usuario no gasta en tarifas la destina a la compra de otros bienes, que a su vez implican que al comerciante le aumenten las ventas, de modo que por ahí necesita un ayudante, lo cual hace que una persona que no cobraba sueldo hasta allí comience a cobrarlo, y así...
El recorte de los subsidios generalizado, también provocaría efectos contrarios en este factor multiplicador del que hablábamos.
Sin embargo, vinimos diciendo acá que ya se estaba volviendo más difícil de percibir el efecto virtuoso de las políticas expansivas, porque el poder adquisitivo extra en manos de clases medias y altas iba a aumentos de precios y (directa o indirectamente) a compra de dólares.
Otro elemento, entonces, para desestimar parcialmente el argumento del efecto multiplicador.
Ahora bien, cambiar el criterio de la universalidad por la focalización ya trae aparejadas algunas dificultades. Por ejemplo, en el cálculo de los subsidios a liquidar. Y sobre todo, en las previsiones.
Porque es muy difícil saber por anticipado cómo va a afectar el aumento de tarifas en los consumos de los usuarios, y cómo esto a su vez impactará en la ecuación microeconómica de las empresas, de modo que obtengan algún excedente extra que les permitiría afrontar ellas mismas el subisdio de las tarifas para quienes las necesiten. Un ejemplo mínimo.
Pero también la dificultad para ver de qué modo se disponen y financian las inversiones en infraestructura que permitan sostener el crecimiento diferenciado de la demanda entre los que pagan tarifa plena y los que siguen recibiendo subsidio. Temas muy complejos. Y repito: difíciles de prever. Nada, sin embargo, que no pueda atenderse con trabajo.
Un último punto: discutir en serio si se trata o no de un ajuste es perder el tiempo. Porque se trata casi de una cuestión gramatical.
Acá ya plantamos postura hace bastante: el objetivo de desarmar el esquema de subsidios es mejorar la performance fiscal, corregir el sesgo exagerado de la expansión (en términos ortodoxos). Esa es la realidad, que como se dice habitualmente, es la única verdad.
martes, 15 de noviembre de 2011
Super Moreno
Quienes leen habitualmente este blog saben que no soy muy partidario de seguir enfrascados en la disputa por el sentido contra el dispositivo mediático, también conocido como la "corpo", o en su defecto la cadena nacional de medios privados, también llamados medios hegemónicos o directamente grupos monopólicos (con indebido uso del plural).
Pero hay cosas que superan la paciencia de cualquiera.
No es que crea que una tapa de un diario pueda causar grandes efectos. Me desengañé bastante del poder de fuego de los diarios, que en algún momento creí invencible. Tampoco creo, en el otro extremo, que sus operaciones sean inocuas.
Aparte le agregué a mi concepción algunos elementos que antes suponía que no participaban de la mezcla: la casualidad y la estupidez.
Así, ruego que se entienda que mi comentario sobre esta nota de Clarín de hoy, no va más allá de ser una manifestación de perplejidad ante el alcanzado paroxismo de la pavada al cual no creía que fuera posible llegar con tanta fluidez, y con tanta necesaria complicidad de lectores cándidos.
Decir que Moreno (el polémico secretario de Comercio Interior Guillermo Moreno) pudo haber frenado los movimientos especulativos llamando por teléfono a las casas de cambio y a "operadores" de la city, para "ordenarles" (repito: ordenarles) que bajen la cotización del dólar informal (es decir, el que venden los arbolitos y las cuevas, en negro, sin que consten registros en ningún lado, a tipos que por lo general no pueden justificar sus ingresos y llevan a cabo estas operaciones a los fines de lavar plata), y que además se sugiera que con esos llamados Moreno logró amedrentar al pequeño grupo de supuestos especuladores, que en lugar de cagársele de risa en la cara abandonaron la conspiración urdida en las sombras y decidieron (los operadores!!!!) bajar el precio del dólar marginal, como si el precio del dólar marginal fuera decidido por tres o cuatro tipos que se miran entre sí y dicen: ¿a cuánto lo cobramos hoy?... No. No se puede creer.
Y hago hincapié en la teoría conspirativa de la especulación contra el tipo de cambio, entendida como el accionar mancomunado de pocos agentes que se pusieron de acuerdo para hacer valer sus ventajosas capacidades de actuar para desestabilizar las intenciones del gobierno en materia de política cambiaria, no porque yo crea realmente que estas cosas suceden así, sino porque es lo que se desprende de la opinión de un tipo que dice que Moreno con unos cuantos llamados telefónicos durante una tarde puede conseguir tal proeza.
A quienes se crean esta fábula, sin embargo, cabe hacerlos entrar en razón, demostrándoles no ya la candidez extraordinaria y la credulidad suprema de la que son lamentablemente capaces, sino la estupidez más grande de denostar al "super héroe" que con uno o dos teléfonos fue capaz, en medio día, de desactivar la operación especulativa urdida en las sombras por grandes especuladores que intentaron hacer subir bruscamente el tipo de cambio para recomponer márgenes de ganancias a costa de restarle poder adquisitivo a los salarios en general.
A un tipo así, en lugar de denostarlo, criticarlo "por sus modos", habría que hacerle un monumento.
Por supuesto, si (y sólo si) toda esta fábula fuera cierta...
Pero hay cosas que superan la paciencia de cualquiera.
No es que crea que una tapa de un diario pueda causar grandes efectos. Me desengañé bastante del poder de fuego de los diarios, que en algún momento creí invencible. Tampoco creo, en el otro extremo, que sus operaciones sean inocuas.
Aparte le agregué a mi concepción algunos elementos que antes suponía que no participaban de la mezcla: la casualidad y la estupidez.
Así, ruego que se entienda que mi comentario sobre esta nota de Clarín de hoy, no va más allá de ser una manifestación de perplejidad ante el alcanzado paroxismo de la pavada al cual no creía que fuera posible llegar con tanta fluidez, y con tanta necesaria complicidad de lectores cándidos.
Decir que Moreno (el polémico secretario de Comercio Interior Guillermo Moreno) pudo haber frenado los movimientos especulativos llamando por teléfono a las casas de cambio y a "operadores" de la city, para "ordenarles" (repito: ordenarles) que bajen la cotización del dólar informal (es decir, el que venden los arbolitos y las cuevas, en negro, sin que consten registros en ningún lado, a tipos que por lo general no pueden justificar sus ingresos y llevan a cabo estas operaciones a los fines de lavar plata), y que además se sugiera que con esos llamados Moreno logró amedrentar al pequeño grupo de supuestos especuladores, que en lugar de cagársele de risa en la cara abandonaron la conspiración urdida en las sombras y decidieron (los operadores!!!!) bajar el precio del dólar marginal, como si el precio del dólar marginal fuera decidido por tres o cuatro tipos que se miran entre sí y dicen: ¿a cuánto lo cobramos hoy?... No. No se puede creer.
Y hago hincapié en la teoría conspirativa de la especulación contra el tipo de cambio, entendida como el accionar mancomunado de pocos agentes que se pusieron de acuerdo para hacer valer sus ventajosas capacidades de actuar para desestabilizar las intenciones del gobierno en materia de política cambiaria, no porque yo crea realmente que estas cosas suceden así, sino porque es lo que se desprende de la opinión de un tipo que dice que Moreno con unos cuantos llamados telefónicos durante una tarde puede conseguir tal proeza.
A quienes se crean esta fábula, sin embargo, cabe hacerlos entrar en razón, demostrándoles no ya la candidez extraordinaria y la credulidad suprema de la que son lamentablemente capaces, sino la estupidez más grande de denostar al "super héroe" que con uno o dos teléfonos fue capaz, en medio día, de desactivar la operación especulativa urdida en las sombras por grandes especuladores que intentaron hacer subir bruscamente el tipo de cambio para recomponer márgenes de ganancias a costa de restarle poder adquisitivo a los salarios en general.
A un tipo así, en lugar de denostarlo, criticarlo "por sus modos", habría que hacerle un monumento.
Por supuesto, si (y sólo si) toda esta fábula fuera cierta...
viernes, 11 de noviembre de 2011
Un guiño a Mancuso
Escuché, hace poco, un chiste sobre Scioli. Un chiste irrelevante. Hacía referencia (no me lo acuerdo bien) a algo que habitualmente, y en serio, se dice sobre Scioli.
Que no es "progresista". O que es "de derecha". Incluso, para algunos esquemas de análisis político, vale aclararlo, las dos cosas (no ser "progresista" y ser "de derecha") son lo mismo.
Yo, por mi parte, me declaro inocente de tal prejuicio. Las virtudes intrínsecas del progresismo a mi carácter pendenciero le pasan totalmente desapercibidas. Y las alusiones a la derecha, en sí mismas (quiero decir, como meras alusiones), tampoco me asustan.
Por algunas cuestiones que no vienen al caso supe hace poco que la decisión aprobada por ley, y por voluntad expresa de Scioli, de que tanto los hospitales públicos, las obras sociales y las prepagas se hagan cargo sin costo para los pacientes de los tratamientos de fertilidad en la provincia de Buenos Aires, al menos en el tramo que afecta a las prepagas, se cumple. Funciona bien.
Una decisión bastante audaz, no exenta de cierta simpatía católica chupa-cirio (con la salvedad de que no cae en el fundamentalismo de considerar que si el hombre y la ciencia tienen que intervenir se contraria la voluntad de Dios), no con mucho rédito político (pensemos que son pocas las familias que requieren tratamientos como esos), pero que apela a una sensatez en cuanto a la fundamentación que inhibe la posibilidad de que nadie se caliente mucho por hacerle lobby en contra.
Decisiones como esa, en algunas provincias con gobiernos "progresistas", no se consiguen. Tal vez, porque sus mandatarios estén más preocupados por la organización de los soviets. O más verosímilmente, porque sean más permeables al lobby de las empresas de salud, grandes financiadoras de cuadros políticos "propios".
Aparentemente, anda deambulando por algunas comisiones del Congreso un proyecto de ley nacional sobre el tema.
En cualquier caso, el ex-motonauta y ex-menemista, hombre de "derecha", y ferviente católico, habrá sido el pionero en la instauración de un derecho que pone en pie de igualdad frente a un tema tan sensible a las familias pobres y a las familias ricas.
Con cargo al Estado para el primer caso; con cargo a las empresas de salud, en el segundo.
Sin caer en alabanzas desmedidas al sciolismo, que (como dicen algunos amigos míos) no existe, usamos el caso para poner, una vez más en cuestión ciertas ideas que, por esquemáticas, no siempre se ajustan del todo a la realidad.
jueves, 10 de noviembre de 2011
A favor (un poco) de los subsidios
Artemio López, en uno de sus habituales arranques de populismo irredento, llama la atención sobre algo que acá señalamos oportunamente (aunque ya no podamos localizar dónde): el efecto multiplicador de los subsidios. O para decirlo mejor, de la plata que queda en los bolsillos de los consumidores, lista para ser gastada en otras cosas, gracias a que los subsidios liberan (a los mencionados consumidores) de tener que aplicarla en los gastos subsidiados.
Casi que por ese esencial motivo puede considerarse a la poda en los subsidios como un ajuste. ¿Para qué engañarnos con eufemismos?
Inisistimos una vez más entonces, para ver si podemos evitar que cunda la confusión.
El problema principal con los subsidios es el elevado monto alcanzado, y su tendencia al crecimiento casi exponencial, que los vuelven fiscalmente insustentables en el tiempo.
Ahora, esto no quiere decir que la decisión de empezar a recortar no tendrá costos. No sólo políticos. También económicos.
Un tema más ,que a nadie parece ocurrírsele a la hora de debatir el asunto. Es falso que los subsidios se concentran en el AMBA exclusivamente.
Un caso concreto: las transferencias que el Estado hace a la empresa ENARSA para que financie la compra de gas licuado y su regasificación sin que esto impacte en las facturas; o las compensaciones que la misma empresa paga a las generadoras y distribuidoras de alta tensión para sostenerles los costos de generación que no se traducen en el precio que el consumidor final paga por KW. Por lógica, nadie puede saber en la instancia de generación o de regasificación qué usuario de qué localidad terminará consumiendo el producto una vez que este llegue a boca de domicilio. De manera que si estos montos en subsidio dejasen de ser aplicados el impacto redundaría en aumentos tarifarios para todo el país. Y probablemente en una proporción mayor en algunos lugares del interior que en la CABA. La economía tiene esos caprichos.
En resumen, ¿puede pensarse seriamente que la eliminación de esos subsidios no impactará de lleno en los precios que afronten no solamente los ciudadanos de la CABA y el GBA, sino los de todo el país (incluso los consumidores de garrafas)?
La eliminación total de los subsidios es una idea afiebrada que solamente puede ser levantada por medios de comunicación afectos al sensacionalismo.
Desde acá proponemos, no solamente la gradualidad, como principio rector mantenido a rajatabla, sino la necesidad absoluta de sostener algunos subsidios, aún cuando el proceso de reformas en el esquema estuviera concluido, con la finalidad superior de compensar las diferencias estructurales que hacen, por ejemplo, que en condiciones de lo más amigables para con las leyes del mercado, cualquier servicio público salga, por razones estrictamente económicas, más barato en Recoleta que en Formosa.
Sabemos de la futilidad de nuestra recomendación. Estamos seguros de que el Gobierno tiene clarísimo esto, y sin hacerle caso al lobby irresponsable, así lo hará.
martes, 8 de noviembre de 2011
Ideas apuradas sobre los "polémicos" subsidios
Ahora que los comentaristas de la realidad nacional andan preocupados (y difunden su preocupación) porque aparentemente los viajes en colectivo van a ser casi tan caros como un dólar, se discuten alternativas sobre cómo seguir implementando algún tipo de subsidio, que eficientice la forma en que el Estado llega con recursos a quienes los necesitan.
Hubo, hace tiempo, discusiones respecto de los subsidios universales, y su contraposición con los subsidios focalizados.
En algún caso particular, me acuerdo de haber discutido sobre una nota que había publicado Zaiat en Página 12.
El asunto sobre los subsidios está dado principalmente en la sustentabilidad fiscal. El incremento del gasto en subisdios es exponencial.
Con tarifas congeladas, y costos subiendo (con todos los precios de la economía, incluidos los salarios) entre 20 y 30% anual, la proporción del precio del producto subsidiada es cada vez mayor. Por eso solo, la parte subsidiada aumenta proporcionalmente más que los costos.
A esto se suma, en algunos casos, cierta elasticidad de la demanda del producto, que se intensifica en el caso de que el valor de la tarifa disminuya en términos reales. A más consumo, un cargo adicional a cubrir por subsidio.
Y el tema está en definir quién paga el engrose de la cuenta.
Una de las variantes esgrimidas sugiere la posibilidad de dejar de subsidiar a las empresas para que cubran costos no cubiertos por la tarifa, y pasar a darles subsidios directos a los consumidores en estado de necesidad.
Esta estrategia de focalización tiene, sin embargo, problemas que en una primera mirada permanecen tal vez ocultos.
Primero, la implementación es más costosa. Hacer la distinción entre los que necesitan y no, es, en un principio, económicamente costoso.
Pero eso es lo de menos. Porque hay que sumarle el costo político de la discrecionalidad. La experiencia del intento de 2009 debe haber servido. No puede decidir Edesur a quién le cobra más y a quién menos.
Igual, también hay que ser consciente de que costo político va a haber. Los mismos que putean contra los subsidios van a putear contra los aumentos de tarifas (cuando los haya, cosa que todavía no está confirmada)
La mejor sugerencia (inútil, porque más allá de las olas que hacen los diarios y la TV, en el Ejecutivo el tema está bastante claro, por suerte) es aplicar a rajatabla la gradualidad como principio, aún en sentido universal.
No se puede pasar de la fiebre del subsidio a la fiebre de la eliminación de los subsidios.
Con solamente disponer un incremento en los precios al consumidor del mismo porcentaje en que suben los costos ya los subsidios disminuyen en términos reales, como porcentaje del PBI y del gasto del estado.
Si a eso se le puede sumar, en el caso de los servicios públicos, algún cargo extra relacionado con la valuación fiscal de la propiedad, por ejemplo, macanudo.
Pero en el caso de los boletos la diferenciación se vuelve más complicada.
jueves, 3 de noviembre de 2011
Subtes
La decisión de traspasar el manejo de subtes y premetro de Nación a la Ciudad de Buenos Aires promete la aparición de debates fabulosos.
El tema es imposible de pensar sin vincularlo con la cuestión de fondo: los subsidios, que hacen que los usuarios paguen directamente mucho menos de lo que pagan indirectamente y en conjunto todos los argentinos (no sólo los usuarios). Unos 700 palos anuales.
A partir de eso, el debate que se avecina puede volverse apasionante, en tanto las aristas que toca son infinitas.
Particularmente, intuyo que los planteos del gobierno de la ciudad, y de muchos vecinos de la misma, van a ser inamovibles (o casi). Van a pedirle con firmeza a Nación que les pase los recursos (provenientes de rentas generales) para seguir subsidiando el boleto. Los recursos que "les corresponden".
Es que después de despotricar contra la política de subsidios, e incluso hacer campaña electoral con ello, no van a querer ahora hacerse cargo de ser considerados los dueños de la tijera que tanto pidieron.
Y uno puede entender que hay cierta racionalidad en esa postura defensiva. Junto con un desagradable acostumbramiento al llanto y la victimización.
En cuanto a la "justicia" de que Nación siga poniendo recursos para subsidiar el subte o que los subsidios (si quiere) los pague la Ciudad, los argumentos posibles son también variados. La discusión sobre cuestiones técnicas y legales puede tornarse infinita, o terminar derivando hacia un punto en el cual, al rato, nadie sepa bien cómo se llegó hasta ahí ni de dónde se partió. Doscientos años de historia de nuestra organización nacional tallan en la cuestión.
En definitiva, la clave pasa por reconocer otra cuestión, previamente.
Salvo que alguien crea todavía en la existencia de la idea platónica de Justicia, o se remonte a la ficción del derecho natural, todos más o menos deberíamos coincidir en que los ordenamientos jurídicos surgen de disputas, y son el resultante de las imposiciones más o menos arbitrarias de los ganadores de tales disputas.
Sobre esa base, la fuerza de los fundamentos que remitan al "cumplimiento de leyes que datan de 1999" o al artículo de la Constitución que habla específicamente del traspaso de facultades pierden algo de fuerza.
Y cobra importancia la cuestión pragmática.
El Estado Nacional debería volcar los recursos que recauda a la corrección parcial de las diferencias estructurales. O al menos a eso deberíamos empezar a aspirar.
De modo que la pregunta más pertinente en este caso es: un distrito como la Ciudad de Buenos Aires, con un presupuesto tan grande (en vías de ampliarse por aumentos programados de impuestos) ¿necesita que se vuelquen recursos que podrían aplicarse en otras provincias no tan beneficiadas?
Sería lógico que la discusión sobre esos recursos fuera abordada por todo el país, y no solamente por la porción interesada, que los genera parcialmente y los disfruta completos (ya que, recordamos, en Formosa no hay subtes).
La decisión discutible de que esos fondos hayan sido aplicados a eso, no debería dar derecho, tampoco, de continuidad a futuro.
lunes, 31 de octubre de 2011
Los "desafíos" de la "nueva economía"
Está de moda hablar de los "desafíos" de la "nueva economía".
Con aires de cambio de época, los analistas intentan dejar la sensación de que se vienen "grandes" cambios, para afrontar "grandes" problemas.
Por el otro costado, los fanáticos de la "profundización del modelo" se cierran ante lo que entienden que son maniobras para convencer al gobierno de que abandone el "rumbo" y permita restaurar los principios de la denostada "ortodoxia".
Acostumbrados como estamos a gambetear el esquematismo, en este humilde (humilde) blog, nos permitimos hacer alarde de nuestro gusto por la (pseudo)complejidad, e intentamos, con más irreverencia que conocimiento plantear las cosas de un modo distinto.
El problema central que le encontramos a la economía argentina (porque la economía siempre tiene problemas, en todos los países del mundo, aún creciendo a tasas chinas y la mar en coche) es el patrón de acumulación.
Una estructura productiva fracturada, en la cual conviven actividades muy competitivas, insertadas al circuito global de circulación de bienes, recursos y utilidades, y otras, consideradas "estratégicas" tal vez en los planes de largo plazo (que existen, señores del diario La Nación), pero que no consiguen despegar, al nivel necesario para complejizar la producción, por no encontrar parámetros adecuados de competitividad.
Entonces, la primera cuestión para observar es la cambiaria. Sobre algunas actividades que gozan del diferencial de competitividad señalado se han operado algunas medidas que les diferencian el tipo de cambio y que le ponen techo a la rentabilidad extraordinaria que se derivaría de la situación de usufructuar un tipo de cambio más alto que el necesario para ser competitivas a nivel global.
El caso de la producción agrícola es emblemático. También el petroleo y derivados entran en este grupo.
Después discutimos si las medidas en cuestión son del todo eficientes, o si se las puede mejorar.
Hay otras actividades que han gozado de privilegios exagerados. Y sobre ellos (los privilegios) se puede operar. Acero, aluminio, por ejemplo, y piezas de esos materiales que son utilizadas como insumos de producción de otras actividades de más valor agregado, y que incluso cuentan con capacidad de actuar sobre los precios de la economía en general.
La minería es otra actividad cuyo patrón de acumulación habría que revisar.
El otro sector es el financiero, que no solamente tiene grandes márgenes de rentabilidad al operar ligado al tramo competitivo y globalizado de la economía argentina, sino que consigue usufructuar a través de entidades de microcrédito las tasas usurarias que se les cobran a quienes no tienen acceso al mercado formal, digamos. Manolo suele abundar en explicaciones sobre este tramo del mercado, ligado al negreo.
Ahí sí la gestión del BCRA tiene la posibilidad de mostrarse diferente a sus antecesores (más allá de la promesa de reforma de la ley de entidades financieras).
Como todo tiene que ver con todo, además, existe un correlato de esta situación en el ámbito laboral, el de la clase trabajadora.
Hay trabajadores, que cobran 12 lucas por mes, y otros que cobran 2. Todos asalariados, bajo convenio. Algunos pagan Ganancias, y otros no llegan a pagar la canasta básica.
En este panorama, lo mejor sería, nos parece humildemente (humildemente), encontrar la forma de atacar esta situación, buscando mecanismos para absorber las rentabilidades extraordinarias de esas actividades, para garantizar un tipo de cambio adecuado para que ganen competitividad las actividades que aportan mayor complejidad productiva.
Pero en cuanto a la gestión de la macroeconomía, a lo mejor llegó la hora de no salirnos demasiado del carril de la ortodoxia.
Digamos: poner un poco de disciplina fiscal, haciendo hincapié en la reducción real de los subsidios; no tener ataques de inyección de liquidez y manejar con discreción el crecimiento de los agregados monetarios; seguir administrando el tipo de cambio al alza, dentro de lo posible; no rasgarnos las vestiduras si como última instancia y para garantizar el programa financiero del año entrante es necesario salir a tomar deuda.
A lo mejor se podría evaluar la posibilidad de meterles un bono compulsivo a los bancos para tomar la guita que tienen inmovilizada como encajes voluntarios; no tocaría el mínimo de ganancias, y hasta evaluaría la posibilidad de restaurar alguna tablita progresiva.
Y meter la cuchara recaudatoria en algunos terrenos no explorados (el régimen minero hay que evaluar la posibilidad de corregirlo, la exportación de tubos sin costura, o láminas de acero, etc.).
En fin, algunas ideas desordenadas.
Pero con la convicción más general de que la "heterodoxia", por la heterodoxia misma no tiene mucho sentido.
Hay que hacer el esfuerzo de pensar.
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