lunes, 28 de febrero de 2011
Burocracia sindical
La detención de Pedraza volvió a dejar si no sobre el tapete sí en alguna zona cercana la cuestión de los sindicalistas-empresarios.
Por eso, no estaría mal pensar sobre el tema, para tratar de aclarar algunas diferencias que en el ámbito de la moral republicana se vuelven difusas.
Un dirigente sindical es un representante corporativo de los intereses de los trabajadores (como clase, aunque mediada por el concepto de "gremio"). Su accionar (que puede comprender incluso su actividad empresarial paralela) debe juzgarse desde allí. Y sólo desde allí. Ocurre, tal vez, que ser empresario, al mismo tiempo que sindicalista promueve un conflicto de intereses que determina que un tipo, en tanto cuide el primero de sus roles atente contra el cumplimiento del segundo. Es bastante posible que sea así, estoy bastante de acuerdo con ese razonamiento. Pero es, justamente, un razonamiento que intenta surcar en profundidad el tema, más allá del "a priori".
Un dirigente sindical que consigue mejorar el standard de vida de sus representados, que posibilita que mediante convenio se les pague más la hora, o que se le reconozcan beneficios extra, que fiscaliza que todos sus representados sean puestos en blanco, que les brinda patrocinio ante conflictos laborales individuales, que les mejora las prestaciones de las obras sociales, que les facilita el acceso a turismo social de calidad, etc., es un dirigente que cumple en buena medida con las exigencias del lugar que los trabajadores le asignaron.
Estos rasgos cualitativos de calificación son, desde ya, de carácter subjetivo. Las subjetividades que deben juzgar, entonces, el accionar de sus dirigentes son precisamente las de sus representados.
Y tienen (los representados) el derecho, incluso, de legitimar o no que sus dirigentes sean ricos, amasen grandes fortunas, cobren honorarios, manejen sus fondos con cierta discrecionalidad y hagan negocios.
También éste (el de decidir el carácter de sus representantes) es un derecho laboral. Abstenerse, por favor, de subestimaciones, con el fin de justificar que algún "indeseable" siga al frente de un gremio.
Tienen (los representados) el derecho de crear, a través de sus representantes, el espejo que refleje la imagen tal como se quieran mirar.
Ni siquiera creo que pase por una cuestión de que "les importa" o "no les importa". Galeano dice que "los pobres" no "le toleraban" los lujos a Evita. Sino que se los festejaban. Eran (esos lujos) el símbolo de una reivindicación de clase.
Es, el sindicalista "poderoso", la expresión simbólica de un "querer ser" de la clase trabajadora.
Yendo a un terreno más práctico: quien conoce algo de negociación sabe que en ese ámbito (para escándalo frankfurtiano) lo material expresa lo simbólico. Quien da ventaja desde lo material, arranca la negociación abajo.
Digamos, si dos tipos van a negociar algo, y uno viene con un BMW y el otro con un Fiat Palio, el segundo va a tener que extremar sus cualidades persuasivas o sus "picardías truqueras" para al menos empardar.
Ya ni siquiera tiene validez la discusión sobre "la burocracia". Porque las complejidades actuales de la representación de las demandas obreras requieren, casi como una necesidad, de los servicios de un grupo de tipos rentados (y bien), con capacidades "de escritorio", y no de "laburantes" que pongan el lomo "al par que sus compañeros".
O en todo caso, no hay, creo por lo menos, elementos para asumir a priori que un "laburante" con buenas intenciones sepa desempeñar su función mejor que un burócrata. Y viceversa. Digo: el "laburante", si (y sólo si) es efectivo, aplausos. Si no, su ruta... Lo mismo para el "burócrata".
Reconozco lo personalísimo de esta opinión.
Pero aún con la duda, deberíamos cuidarnos bien de "no hacerle el juego a la derecha" (ejem) en estos temas, y asumir definitivamente que son los trabajadores a través de las instituciones que se dan como forma de representación quienes deben decidir estas cosas, y no sus "intérpretes" con opiniones de raigambre histórica, o tipos con supuesta autoridad de hecho (o sea autoritarismo) para definir roles sociales. Cosa que hacen (definir roles sociales) siempre de acuerdo a su propia conveniencia. O a la conveniencia de la clase a la que representan. Representación que ejercen, por otro lado, sin tener que enfrentar a tipos ajenos a su profesión que les marquen la cancha diciendo, por ejemplo, que "no está bien que el editorialista de un diario sea rico".
sábado, 26 de febrero de 2011
Pronósticos: a veces el mensajero pide, no que lo maten, pero que lo sopapeen un poco. No le hacemos caso porque somos respetuosos de la libertad de expresión.
Al final, tanta conjunción de factores que nos ponía al borde una explosión segura se fue desarmando de a poquito, en silencio y sin avisar. En dos días.
A esta altura resulta patético que cualquier movimiento mercantil sea traducido por los "expertos" de dudosa experticia como la muestra de que el futuro se presentará atroz.
Con la crisis libia, los bonos argentinos "habían caído más" que otros papeles. El mundo (los mercados) le bajaban la nota a la Argentina. Decía Pagni.
Al final de la semana, los bonos argentinos, haciendo caso omiso del inexorable destino de bajas que les esperaba, retomaron la senda de subas.
Nada fabuloso, tampoco. Es que hay una variación lógica de las cotizaciones, cuando se trata de inversiones tan volátiles, signadas por la especulación, las apuestas, las tomas de ganancias y los recortes de pérdidas.
Salvo que una tendencia se sostenga en el tiempo para inversiones específicas, es lógico pensar que la incidencia de estos movimientos en la economía real es tendiente a 0 (cero).
Así, Luis Beldi desde su columna en Ámbito, también quiso pintar un clima de hostilidad inversora de "los mercados" por los controles sobre los movimientos de capital (presentación de declaraciones juradas, etc.) que dispuso Sbatella (UIF), dicen que por recomendación del GAFI (o sea, tampoco se decidió algo revolucionario). Duró (la hostilidad) dos días, también.
Querer ver en cada suba o en cada baja de cotizaciones la cristalización de un proceso largo es un rasgo patológico.
De todos modos se agradece el concurso de mufas como Pagni en las filas opositoras.
A esta altura resulta patético que cualquier movimiento mercantil sea traducido por los "expertos" de dudosa experticia como la muestra de que el futuro se presentará atroz.
Con la crisis libia, los bonos argentinos "habían caído más" que otros papeles. El mundo (los mercados) le bajaban la nota a la Argentina. Decía Pagni.
Al final de la semana, los bonos argentinos, haciendo caso omiso del inexorable destino de bajas que les esperaba, retomaron la senda de subas.
Nada fabuloso, tampoco. Es que hay una variación lógica de las cotizaciones, cuando se trata de inversiones tan volátiles, signadas por la especulación, las apuestas, las tomas de ganancias y los recortes de pérdidas.
Salvo que una tendencia se sostenga en el tiempo para inversiones específicas, es lógico pensar que la incidencia de estos movimientos en la economía real es tendiente a 0 (cero).
Así, Luis Beldi desde su columna en Ámbito, también quiso pintar un clima de hostilidad inversora de "los mercados" por los controles sobre los movimientos de capital (presentación de declaraciones juradas, etc.) que dispuso Sbatella (UIF), dicen que por recomendación del GAFI (o sea, tampoco se decidió algo revolucionario). Duró (la hostilidad) dos días, también.
Querer ver en cada suba o en cada baja de cotizaciones la cristalización de un proceso largo es un rasgo patológico.
De todos modos se agradece el concurso de mufas como Pagni en las filas opositoras.
viernes, 25 de febrero de 2011
Revisando el "nunca menos" (recogiendo -con perdón- el guante de Omar)
El "facho" de Omix nos corre por izquierda. Bah, eso creo. Desde que los europeos occidentales se pusieron a teorizar sobre el tema lo único que hicieron es relativizar esto de la izquierda y la derecha. Con el solo propósito de justificar, calculo, que un partido burgués que aplica políticas neoliberales se llame "socialista obrero", por ejemplo. En fin...
Decía que Omix nos corre por izquierda (a mí "modesto" entender, que no coincide tal vez con el de algunos compañeros).
Porque no me cierra la explicación de que se considere "más de izquierda" una disputa con la iglesia católica que con la AEA. Es un ejemplo (el de la Iglesia católica), por decir algo que sirva para ilustrar. En su reemplazo Omix usaría, por ahí, la figura retórica "barones del conurbano", o el "pejotismo".
A ver: entiendo claramente que una cosa no excluye a la otra, y que en algunos puntos hasta pueden ser co-solidarias. Pero me temo que caeríamos en una trampa (de la derecha, casualmente) si nos contentamos con un casamiento gay cada tanto, o con algún sindicalista-empresario preso, para dormir con la conciencia tranquila.
Por ahí, en perspectiva, sirve el planteo de quién es el enemigo principal que Omix nos convida.
Aclaro que para mí la palabra "enemigo" en política es perfectamente utilizable. Nada de mariconadas lingüísticas de andar reemplazándola por la edulcorada "adversarios". Minga, adversarios. Enemigos.
Lo cual (ojo) tampoco implica caer en la dicotomía "aniquilación o muerte".
Con el enemigo se puede negociar, se puede conversar, se le puede hacer alguna concesión. Por ejemplo, aceptar que siga vivo (en constante tensión con uno, obviamente, esperando que él de paso acepte que uno siga vivo también).
Pongamosle: uno puede reconocerle a la UIA, y sobre todo a algunas de las firmas que la componen, su rol como factor de acumulación de capital necesario para crear un capitalismo desarrollado (si nadie va a acompañar la idea, hoy, de instaurar una dictadura del proletariado, después de todo).
Esto sirve para que se puedan diagramar planes de desarrollo como el que Cristina anunció ayer.
Pero también es necesario ponerse como objetivo hacerles entender a estos tipos que van a tener que lidiar con el monstruo de un sindicalismo fuerte, que les marque la cancha cada vez que quieran convertir al salario en la única variable de ajuste para recomponer rentabilidades.
El objetivo de primera instancia tiene que ser (creo yo, "modestamente") llevar a cada rincón de la vida económica nacional la idea de que nada sirve si no colabora con la generación de empleo. El empleo, el elevado nivel de empleo, tiene que ser el norte. A ello tiene que tender cualquier flujo de financiamiento, siempre importantemente mediado por el estado (con la plata de los jubilados, pongámosle). Cualquier elemento que confronte con este objetivo, por más acumulación que permita, no tiene que tener cabida.
Ese es el centro desde el cual se puede generar un mercado interno fuerte, para conseguir la ansiada diversificación e integración productiva interregional (con los otros países de sudamérica, sí, pero también con nuestras provincias, no se olviden de las provincias postergadas).
Greenpeace se puede preocupar por la minería a cielo abierto. Podemos aceptar políticas de inclusión de minorías. Podemos crear una sociedad inclusiva "para todos y todas".
Pero esa es la agenda secundaria. Que combatir (en serio) el hambre en el Chaco es más importante que evitar la extinción del tatú carreta o educar sexualmente a las negritas para que cojan menos.
Ah, y de paso, me solidarizo con Miguel Del Sel por la injusta denuncia que le hicieron por decir que quiere que "los negritos se bañen con agua caliente". A ver si nos dejamos de joder con boludeces.
Decía que Omix nos corre por izquierda (a mí "modesto" entender, que no coincide tal vez con el de algunos compañeros).
Porque no me cierra la explicación de que se considere "más de izquierda" una disputa con la iglesia católica que con la AEA. Es un ejemplo (el de la Iglesia católica), por decir algo que sirva para ilustrar. En su reemplazo Omix usaría, por ahí, la figura retórica "barones del conurbano", o el "pejotismo".
A ver: entiendo claramente que una cosa no excluye a la otra, y que en algunos puntos hasta pueden ser co-solidarias. Pero me temo que caeríamos en una trampa (de la derecha, casualmente) si nos contentamos con un casamiento gay cada tanto, o con algún sindicalista-empresario preso, para dormir con la conciencia tranquila.
Por ahí, en perspectiva, sirve el planteo de quién es el enemigo principal que Omix nos convida.
Aclaro que para mí la palabra "enemigo" en política es perfectamente utilizable. Nada de mariconadas lingüísticas de andar reemplazándola por la edulcorada "adversarios". Minga, adversarios. Enemigos.
Lo cual (ojo) tampoco implica caer en la dicotomía "aniquilación o muerte".
Con el enemigo se puede negociar, se puede conversar, se le puede hacer alguna concesión. Por ejemplo, aceptar que siga vivo (en constante tensión con uno, obviamente, esperando que él de paso acepte que uno siga vivo también).
Pongamosle: uno puede reconocerle a la UIA, y sobre todo a algunas de las firmas que la componen, su rol como factor de acumulación de capital necesario para crear un capitalismo desarrollado (si nadie va a acompañar la idea, hoy, de instaurar una dictadura del proletariado, después de todo).
Esto sirve para que se puedan diagramar planes de desarrollo como el que Cristina anunció ayer.
Pero también es necesario ponerse como objetivo hacerles entender a estos tipos que van a tener que lidiar con el monstruo de un sindicalismo fuerte, que les marque la cancha cada vez que quieran convertir al salario en la única variable de ajuste para recomponer rentabilidades.
El objetivo de primera instancia tiene que ser (creo yo, "modestamente") llevar a cada rincón de la vida económica nacional la idea de que nada sirve si no colabora con la generación de empleo. El empleo, el elevado nivel de empleo, tiene que ser el norte. A ello tiene que tender cualquier flujo de financiamiento, siempre importantemente mediado por el estado (con la plata de los jubilados, pongámosle). Cualquier elemento que confronte con este objetivo, por más acumulación que permita, no tiene que tener cabida.
Ese es el centro desde el cual se puede generar un mercado interno fuerte, para conseguir la ansiada diversificación e integración productiva interregional (con los otros países de sudamérica, sí, pero también con nuestras provincias, no se olviden de las provincias postergadas).
Greenpeace se puede preocupar por la minería a cielo abierto. Podemos aceptar políticas de inclusión de minorías. Podemos crear una sociedad inclusiva "para todos y todas".
Pero esa es la agenda secundaria. Que combatir (en serio) el hambre en el Chaco es más importante que evitar la extinción del tatú carreta o educar sexualmente a las negritas para que cojan menos.
Ah, y de paso, me solidarizo con Miguel Del Sel por la injusta denuncia que le hicieron por decir que quiere que "los negritos se bañen con agua caliente". A ver si nos dejamos de joder con boludeces.
Argentina y el precio del petroleo.
Los acontecimientos en Libia, que son rebote de lo que pasó en Egipto, que aparecieron después de lo que pasó en Túnez, generan suspicacias.
El tema es, principalmente, el precio del petroleo.
Hay, según parece, un fuerte movimiento especulativo.
Si bien no estaría faltando petroleo (al menos todavía) se registra una demanda del mismo que podríamos llamar artificial. Tipos con guita se posicionan en futuros de petroleo especulando con una suba de precio ante una futura e hipotética escasez, ya que de mantenerse los conflictos bélicos pueden quedar inutilizados los puertos, o suspenderse las actividades de las multinacionales en los países afectados, o incluso ser, las cuencas, blancos militares.
Un dato que resaltan los analistas es la excepcional diferencia de precios entre el barril de Brent y el de WTI.
El de Brent (Inglaterra) le sacó más de 10 dólares de diferencia al WTI (Texas). Cosa extraña, porque suele ser al revés. El WTI es habitualmente más caro que el Brent, ya que la diferencia es lo que hace viable la importación yanqui de Brent.
El fenómeno excepcional se atribuye a que el mercado europeo estaría dando una señal de mayor robustez en la demanda de combustibles que el norteamericano. Evalúan (los operadores del mercado) que Europa recupera sus niveles de consumo post-crisis más rápido que EEUU, donde el uso de los automóviles ha decrecido mucho, al parecer. Igualmente, ya conocemos la eficacia predictiva de "los mercados", de modo que todo esto más vale tomarlo con pinzas.
Para Argentina, la suspicacia se levanta en torno a lo que pueda pasar, primero con los acuerdos comerciales que Cristina firmó con los países del norte africano. Como los mismos contaban entre las ventas más suculentas a las de alimentos, sería muy difícil que en el corto plazo se cortara el chorro, debido a que ningún gobernante nuevo, por "revolucionario" que quisiera ser, podría viabilizarse cortando el suministro de alimentos...
Otro tema es el precio del petroleo. El punto más destacado está en la balanza comercial energética de la Argentina. Por ahora y hasta 2010, superavitaria. Se dice por ahí que la situación podría provocar alguna complicación adicional a la baja del superávit comercial que se evidenció en enero y que se proyecta para todo el año.
El problema para Argentina no son los precios, sino los volúmenes. La creciente demanda podría obligar a importar más combustibles. El efecto precio afectará tanto a nuestras importaciones como a nuestras exportaciones de petroleo y combustibles derivados de él. Más allá de que cruzado con la variable de los volúmenes el efecto no sería neutro, tampoco es algo con tanta incidencia.
De hecho, por alguna cuestión casi misteriosa, también se especula con la posibilidad de que mejoren (más todavía? mmm...) los precios de los commodities agrícolas. Lo cual, en principio, mejoraría la situación comercial de Argentina. En términos de ingreso de divisas, claro.
Empeoraría, paralelamente, la cuestión de la apreciación cambiaria y con ella el temor regional a convertirnos en repúblicas petro-sojeras.
Igualmente, conviene no ser tan drástico. Ni darle mucha trascendencia a pronósticos desmesurados en cuanto a precios de combustibles. Ni confiarse tanto en los mecanismos de "traspaso" del aumento de los combustibles al precio de la soja.
jueves, 24 de febrero de 2011
Superávit fiscal (aunque duela)
Qué complicadas son las cosas.
Resulta que en enero se registró un aumento del superávit fiscal primario, muy importante respecto del mismo mes del año pasado.
Los ingresos corrientes aumentaron un 40%, y los gastos corrientes un 37%. Aumentaron más los ingresos que los gastos.
Un dato significativo: las transferencias de capital aumentaron un 50%. Es decir, en proporción, mucho más que otros gastos. En ellas se incluye tanto transferencias a provincias como inversiones de capital. Por su parte, las cuentas de ANSES son altamente superavitarias. Entonces (le avisamos a un periodista que escribe en un famoso matutino porteño), cuando el Tesoro coloca deuda con la ANSES lo hace para cubrir transferencias a provincias, por ejemplo. Le aclaramos al mismo periodista del mismo matutino, que no correspondería incluir los intereses de deuda entre los gastos corrientes.
Del saldo (es decir, del superávit primario), para las cuentas públicas, se resta el pago de intereses. Que este año, para enero, fue mucho más alto que el año pasado.
De ahí obtenemos el superávit financiero ("el que cuenta", según un matutino porteño de alta tirada y bajo pago de aportes patronales).
Repetimos: superávit financiero. Superávit. Lo resaltamos, porque quienes lean la noticia a través del matutino subsidiado por el Estado Nacional (ver concepto, transferencias de capital en el rubro Gastos corrientes) por ahí no entiendan bien el concepto, ya que se insiste mucho con "disminuciones", "bajas", "pérdidas" y demás amigables términos.
El superávit financiero disminuyó, entonces, debido a que el pago de intereses se incrementó mucho. Esto es, desde ya, un fenómeno coyuntural. Desaparece el mes que viene.
O sea, sobró más plata que el año pasado, pero hubo que pagar más por intereses. Entonces, el superávit financiero bajó. Pero sigue siendo superávit.
¿Es bueno o es malo todo esto? Depende.
En principio, que los gastos crezcan menos que los ingresos, es un ancla ortodoxa para la inflación. O para los "efectos inflacionarios" de la demanda agregada. Quiero decir: hay tendencia al ahorro fiscal. Que es lo que pedían los "expertos".
Por supuesto, los "expertos" ahora dicen que "lo que cuenta" es el superávit financiero (que bajó). Pero es superávit. Sí, pero menos que el año pasado.
El mes que viene, por ahí, a Doña Francisquita le tocará llorar. Este mes, grita.
Resulta que en enero se registró un aumento del superávit fiscal primario, muy importante respecto del mismo mes del año pasado.
Los ingresos corrientes aumentaron un 40%, y los gastos corrientes un 37%. Aumentaron más los ingresos que los gastos.
Un dato significativo: las transferencias de capital aumentaron un 50%. Es decir, en proporción, mucho más que otros gastos. En ellas se incluye tanto transferencias a provincias como inversiones de capital. Por su parte, las cuentas de ANSES son altamente superavitarias. Entonces (le avisamos a un periodista que escribe en un famoso matutino porteño), cuando el Tesoro coloca deuda con la ANSES lo hace para cubrir transferencias a provincias, por ejemplo. Le aclaramos al mismo periodista del mismo matutino, que no correspondería incluir los intereses de deuda entre los gastos corrientes.
Del saldo (es decir, del superávit primario), para las cuentas públicas, se resta el pago de intereses. Que este año, para enero, fue mucho más alto que el año pasado.
De ahí obtenemos el superávit financiero ("el que cuenta", según un matutino porteño de alta tirada y bajo pago de aportes patronales).
Repetimos: superávit financiero. Superávit. Lo resaltamos, porque quienes lean la noticia a través del matutino subsidiado por el Estado Nacional (ver concepto, transferencias de capital en el rubro Gastos corrientes) por ahí no entiendan bien el concepto, ya que se insiste mucho con "disminuciones", "bajas", "pérdidas" y demás amigables términos.
El superávit financiero disminuyó, entonces, debido a que el pago de intereses se incrementó mucho. Esto es, desde ya, un fenómeno coyuntural. Desaparece el mes que viene.
O sea, sobró más plata que el año pasado, pero hubo que pagar más por intereses. Entonces, el superávit financiero bajó. Pero sigue siendo superávit.
¿Es bueno o es malo todo esto? Depende.
En principio, que los gastos crezcan menos que los ingresos, es un ancla ortodoxa para la inflación. O para los "efectos inflacionarios" de la demanda agregada. Quiero decir: hay tendencia al ahorro fiscal. Que es lo que pedían los "expertos".
Por supuesto, los "expertos" ahora dicen que "lo que cuenta" es el superávit financiero (que bajó). Pero es superávit. Sí, pero menos que el año pasado.
El mes que viene, por ahí, a Doña Francisquita le tocará llorar. Este mes, grita.
miércoles, 23 de febrero de 2011
La amenaza brasilera: devaluación
En un comentario a la entrada anterior (en AP) César toca el tema de la dificultad a la que nos veríamos sometidos los argentinos en el caso de que Brasil devaluara.
Es, digamos, un temor infundido colectivamente por la prensa especializada y por los lobbys de las grandes empresas diversificadas "nacionales", que hasta ayer pedían revaluación cambiaria, y hoy suspiran con una devaluación con ajuste (para mitigar el traspaso a precios de la misma; es decir, una reducción del salario real y una ampliación, por supuesto, de sus márgenes de rentabilidad).
El punto es que hay un antecedente de devaluación brusca del Real. Cercano. Fue en 2009, con la "crisis internacional". Cristiano Ratazzi amenazaba diciendo que "Brasil tenía un dólar muy interesante". Fue efímero el efecto, sin embargo. Porque la tendencia de largo plazo era a la revaluación. Es, a la revaluación. Y las autoridades monetarias brasileras no muestran interés en intervenir sobre el tipo de cambio nominal, porque siguen metas de inflación.
Hoy, están preocupados, entonces, por la inflación. Y más allá de que los industriales brasileros protestan contra la revaluación cambiaria, y las autoridades brasileras se hacen eco de sus protestas e intentan limitar el ingreso de divisas especulativas, toman medidas en sentido contrario: recortan gasto público y suben las tasas de interés (en 2010, no cumplieron con la meta: los precios subieron más de lo que se habían propuesto).
Aparte, entonces, de no tener (las autoridades brasileras) una actitud tan activa en favor de una devaluación, también habría que sospechar, que en el caso de que lo decidieran, su economía probablemente no contaría con mecanismos aceitados para que no se trasladara a precios inmediatamente la devaluación. De modo que la única esperanza de devaluación (real) brasilera quedaría librada a la efectividad de políticas de control salarial en medio de una aceleración de la inflación. Un ajuste muy importante, que no sé si estarían en condiciones de hacer.
Dejando de lado la descripción suscinta de problemas brasileros con la devaluación (que no son tan distintos a los nuestros), lo más interesante de todo el proceso son los canales de diálogo y negociación abiertos entre (casi) todos los países de la región, para alcanzar una integración productiva. El objetivo de más corto alcance sería empezar a sustituir importaciones extra. Mercosur por producción local. Esto hace que muchas veces, la agregación de valor (tan valorada) se realice en un país, y otras veces en otro. Es difícil conciliar intereses, cuando tenemos tan internalizado que el que procesa manufacturas expolia al que le vende la materia prima.
Esto, que es cierto cuando se verifica sin excepción en todos los rubros, puede tolerarse (y aún es deseable) cuando se administra con criterio integrativo. Lo cual implica que se repartan equitativamente las "agregaciones de valor". Vos agregás valor en tal cosa, y yo en tal otra.
Un elemento auspicioso para este asunto es la vocación bilateral de Argentina y Brasil, y de ambos con los demás países del Mercosur, de ir equilibrando las balanzas comerciales. Sabemos que Argentina tiene, desde el Mercosur para acá y aún desde antes, un recurrente déficit comercial con Brasil, que ni siquiera la devaluación de 2002 corrigió. La intención de equilibrar los flujos comerciales tiende a conseguir en el largo plazo un crecimiento equilibrado.
Es, en parte, una política que nos debemos, los argentinos, para con nuestras provincias más postergadas. Y es un paso inicial a dar, mucho mejor que el de una integración monetaria, al estilo "Euro", que, ya lo sabemos, trae grandes complicaciones en este rubro.
lunes, 21 de febrero de 2011
Apreciación cambiaria vía precios (el salario es un precio)
| Giorgi ilustra el plazo para el que se estaria pensando. Y escandaliza a Broda, entre otros. Una de nuestras ministras preferidas. |
Un proceso de apreciación cambiaria, como el que se discute que se da en Argentina actualmente, incluye diferentes aristas.
En principio, significaría, en el caso argentino, simplemente que la producción local sufre un aumento de costos medidos en dólares. La necesidad de medir en dólares proviene del hecho de que esta es la moneda usada como reserva de valor y valor de cambio en todo el mundo. El comercio mundial se hace en dólares, los bancos centrales ahorran (garantizan sus sistemas financieros) en dólares. Por lo tanto, decir que tus costos aumentan en dólares significa en principio que lo que vos producís se vuelve más caro que lo importado.
Sin embargo, cada vez más el comercio internacional experimenta una tendencia a la descentralización de los flujos. Países como Argentina ven incrementar su comercio Sur-Sur (con África, los países árabes, el lejano oriente o el resto de Latinoamérica) en mayor proporción que con los países centrales (principalmente EEUU).
Esto hace que se tome en cuenta una variante del valor de la moneda (y de los costos internos de producción): el tipo de cambio multilateral. Es decir, la relación de nuestros costos en dólares con los de otros países con los que tenemos un comercio fluído.
Esto implica que la suba de nuestros costos en dólares puede compensarse con subas parejas (o mayores, tal vez) en los costos en dólares de esos países.
Por lo tanto, la apreciación medida en dólares, puede no verificarse si se la mide en relación al Real, o al Yuan.
Esto quiere decir que si bien la relación de nuestros costos con el dólar es un indicativo importante, hay un mundo más allá de ella. A fortalecer "ese mundo" apunta, por ejemplo, la decisión compartida de varios países de mudar el comercio bilateral al uso de monedas propias (y a la aceptación de las mismas como reservas de valor por parte de los bancos centrales).
Independientemente de esto, lo llamativo es que en épocas en que la apreciación cambiaria era considerada una necesidad por los expertos (y un sacrilegio por el Gobierno) se hacía hincapié en que tipo de cambio competitivo equivalía a salarios bajos. Y esto es (hay que decirlo) una verdad inapelable.
Por lo cual, deberíamos también precisar la contracara: apreciación cambiaria implica inversamente salarios altos (en dólares).
Justamente, las actividades con mayor valor agregado sufren de lleno el incremento en sus costos cuando los salarios aumentan.
Entonces, tenemos una línea, que describe claramente la dualidad:
Apreciación cambiaria - Salarios altos en dólares - Altos costos de producción (y pérdida de competitividad).
La buena noticia de que nuestros salarios aumenten en dólares se compensa con la mala noticia de que nos incentiva a importar trabajo extranjero (productos hechos en el extranjero).
La utilización de herramientas como las mentadas licencias no automáticas son mecanismos, entonces, que intentan mitigar esta dualidad de la siguiente forma:
Poner escollos administrativos al ingreso de productos importados. Esto, aumenta indirectamente los costos de lo importado en relación con los de la producción local. Sin tener que reducir salarios.
La táctica tiene un alcance corto. Sirve como primer paso para proyectar la sustitución de importaciones, y debe enfocarse integralmente con la posibilidad paralela de apuntalar la producción local de los productos afectados. Sobre todo cuando se trata de insumos, porque de no hacerse (y de no reducir con subsidios indirectos sus costos) se encarece directamente los costos de producción de quienes los utilizan.
Nada aporta, por otra parte, para el más necesario proceso de desarrollo que implica ganar complejidad en los productos que se exportan.
No es el arma monstruosa que ofende a los José Luis Espert. Tampoco una genialidad de un estratega. Apenas una herramienta mínima, para paliar un problemita en el corto plazo.
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