Las medidas que viene tomando el equipo económico son de corte ortodoxo.
Aumento brusco de las tasas de interés para administrar contractivamente los agregados monetarios. Con dos consabidas consecuencias en el plano doméstico: incremento de los plazos fijos (dinero de cuentas a la vista que se pasa a plazo fijo es un poco menos de liquidez general para el sistema) y caída del crédito al sector privado, sobre todo en el financiamiento del crédito para consumo, como es el caso de las tarjetas de crédito, o los descuentos de cheques (que es un indicador de actividad comercial más discreta).
La economía pasa del motor del consumo al del ahorro. Menos demanda agregada, más oferta agregada.
Los sinceramientos de las tarifas energéticas, por su parte, que tienen también dos consecuencias: por un lado, la contracción del consumo, en general y de energía en particular. No porque vaya a haber menor consumo energético, pero sí probablemente se aplane un poco la curva de crecimiento que venía bastante empinada.
Por el otro lado, la señal de darle cierto emprolijamiento para uno de los tubos por donde más libre, caudalosa y descontroladamente fluyen los fondos públicos que alimentan la actividad privada no siempre con criterio progresivo a la hora de distribuir: los subsidios económicos.
El círculo de cierra con el reacomodamiento de los posicionamientos externos, tendiente a proveer de los flujos financieros externos que nos permitan cerrar la brecha cambiaria para fin de año, poniendo énfasis en el desafío que se presentará a partir de agosto. Pero en líneas generales este tema viene bien encaminado y me animo a pronosticar que empezaremos el 2015 con un mercado cambiario más convencionalmente normalizado.
De estos simples elementos bosquejado a grosso modo podemos concluir con una sentencia que ya dijimos otras veces: la heterodoxia consiste en hacer lo que marca la ortodoxia, pero un poco después. Cuánto después es lo que define el volumen implicado en las decisiones.
Entonces, para no ser tan cínicos, podemos decir que ser heterodoxo es administrar los tiempos y los márgenes, retrasando o adelantando con intervenciones agresivas el cumplimiento de los designios de mercado, con el fin de aprovechar lo más posible esos márgenes de tiempo y recursos para modificar las condiciones iniciales (de dotación de recursos, de patrón distributivo). A mí me gusta más si esa administración se pone al servicio de evitar los shocks, y hacer todo lo más gradualmente posible.
En este sentido destaco mucho la intención del programa Precios cuidados, que puede dejar instalada definitivamente la necesidad social de fijar márgenes de rentabilidad intrasectoriales, para que éstos no dependan de la propia decisión individual del formador de precios de aprovechar al máximo las condiciones beneficiosas.
Lo que sí es seguro, es que más de uno de los que hoy defienden a capa y espada las medidas del tándem Capitanich-Kicillof-Fábrega hace unos dos años me acusaban de proponer las medidas del FMI, Cavallo, la dictadura, Martínez de Hoz, y la franc-masonería.
A todos ellos les mandamos un afectuoso saludo, aparte de un reconocimiento a la necesidad política de que existan ciertos elementos (perdón por despersonalizarlos así, estoy tratando de hacer sociología) que propicien los equilibrios políticos necesarios para que una sociedad funcione.
miércoles, 2 de abril de 2014
jueves, 27 de febrero de 2014
El patrón del mal
El concepto narcotráfico, por distintos motivos, ha invadido en los últimos tiempos diversos distritos de nuestra vida cotidiana. El último fue el del entretenimiento, de la mano del éxito de la serie a la que alude el nombre del presente post.
Los diarios nos señalan el avance del narcotráfico en nuestro país, los periodistas citan investigaciones, de las existentes y de las falsas, que concluyen que el país cada vez se integra en un rol más protagónico a un negocio de alcance global, los funcionarios oscilan entre las contradicciones propias y la enunciación de ideas no del todo moldeadas respecto de modificaciones en el aparato jurídico que nos liberen del "flagelo de la droga".
Estoy tentado de decir que así como la serie que emite canal 9 y la figura de Escobar Gaviría, la "problemática" de la droga y el narcotráfico en su nivel más grandilocuente es una moda. Una exageración totalmente temporal de un fenómeno existente, de un proceso dinámico de desarrollo de una actividad económica, que se diluirá en medio de un acostumbramiento generalizado a la presencia de un par de crímenes semanales en los policiales de los diarios y los noticieros.
Por eso, mejor tomar el tema desde alguna arista un poco más interesante, y menos relevante tal vez en el plazo más corto.
El asunto pasa por la ilegalidad del consumo de drogas. La arbitrariedad jurídica, la discrecionalidad legislativa ha dado que en este tiempo y espacio confluyan por un lado la prohibición del consumo (y como correlato, de la producción y la distribución) de determinados productos manufacturados de origen agrario por razones de salud pública e higiene social,al mismo tiempo que la vida social y la idiosincracia le otorgan cierto prestigio a los efectos de ese mismo consumo en algunos nichos o grupos sociales, lo cual deriva en un considerable grado de deseabilidad que en términos económicos constituye demanda, o sea, oportunidad de negocios.
De manera tal que las figuras más relevantes del narcotráfico son, en sentido estricto, empresarios exitosos que a fuerza de aprovechar estas condiciones favorables comandan multinacionales (clandestinas, lo cual sobrevalúa su éxito), que hábilmente abarcan el negocio en sentido vertical, y que cuentan con un margen de maniobra que les permite aumentar su rentabilidad a niveles escandalosos simplemente por el hecho de que la prohibición legal revalúa la administración de la dificultad y el riesgo de operar. Este detalle decisivo es el que hace que el ejercicio de la violencia y la impiedad para administrar reprimendas sea un rasgo diferenciador de estos sujetos, respecto de los empresarios de la legalidad que tienen un sentido menos desarrollado de la frontalidad.
Con los flujos de dinero surgidos de la renta extraordinaria los más hábiles de estos empresarios se juegan a hacer política. Intentan aprovechar espacios que por impericia el estado legal (que en el campo de los deseos se pretende omnipresente) deja vacantes, para extender redes de contención social, generar empleo (de dudosas condiciones, pero que a falta de algo mejor...) y satisfacer demandas sociales asociadas a factores materiales y simbólicos. Esta construcción política la llevan a cabo a los fines de torcer la correlación de fuerzas que define la continuidad del aparato jurídico.
El estado nacional burgués surgió más o menos de procesos similares. a partir de la utilización de los excedentes de actividades ilegales como el contrabando, para la construcción de proto-instituciones que fueron dando respuestas a los interrogantes que a los pobladores se les generaban a partir de las carencias que las instituciones formales no alcanzaban a paliar.
En definitiva, un proceso al final del cual la mafia ilegal terminó por imponerse a la mafia legal, lo que por la correlación de fuerzas favorable le permitió establecer un nuevo orden jurídico sustituto del aparato jurídico que normaba la vida social hasta entonces, y que a partir de ese momento le daría legitimidad a las fuentes de acumulación de capital otrora ilegales.
Para neutralizar este potencial movimiento histórico la burguesía debería condescender a asimilar a estos empresarios con mala prensa, pero que así y todo no tienen nada que envidiarles en sentido moral a los "honorables" empresarios que tuvieron la aptitud biológica de heredar el "expertise" en negocios que la arbitrariedad histórica del estado no mantenía bajo prohibición estricta en ese momento.
Sería complicado, porque dificultosamente señores honrados como los Blaquier, los Roca o los Bulgheroni, así como los herederos de la señora Lacroze, se permitieran compartir cenas de camaradería con personajes de tan dudosa moralidad como el efímeramente famoso Mameluco u otros pobladores de countries de la zona norte.
En estos pormenores se juega el futuro de la legalización de la producción y comercialización de drogas. Aunque lamentablemente, la escasa capacidad de las burguesías de darse una visión de largo plazo, de supervivencia de clase puede terminar dejando sin conducción eficiente al ineludible proceso.
sábado, 1 de febrero de 2014
Argentina, productor de alimentos
La situación cambiaria ha llevado a establecer un relato que busca cargar con culpabilidades cruzadas a distintos agentes del funcionamiento del esquema socioeconómico. Por un lado las deficientes políticas económicas, por otro lado, las maniobras especulativas de grupos poderosos.
En este último elemento sobresalen las acusaciones contra productores agropecuarios por no vender la soja que acumulan en silobolsas, pero también contra cerealeras, responsables de la liquidación de divisas fruto de la exportación.
Esto está más o menos asumido por todos, y lo que diferencia las versiones es el tono de la explicación. Mientras los productores sostienen que la no venta es una estrategia tendiente a resguardar capital en un contexto de licuación de activos monetarios y fortalecimiento de la valuación de las divisas en que se cotiza su mercancía, otros resaltan que esas conductas sustraen de la oferta las divisas necesarias como para que no se produzcan esas presiones por lo cual el efecto logrado sería la consecuencia de un comportamiento especulativo de parte de entidades con capacidad de infringir daños a la economía con la sola retracción de su accionar.
En cualquiera de los casos, está implícita la aceptación de que tanto la venta por parte de productores como la liquidación por parte de exportadores le devolvería solvencia al esquema cambiario actual. Toso quedaría solucionado mejorando las expectativas, más que la economía real, de algunos actores de peso.
Frente a esto, comenzó a hacerse ver una propuesta vaga de nueva intervención estatal en el mercado de comercialización de materias primas agropecuarias, que van desde la reedición de las Juntas de granos, o del IAPI, llegando a la estatización completa bajo monopolio estatal del comercio exterior.
La realidad muestra que se trata de cosas muy distintas, e incluso inconciliables. Y da la sensación de tratarse de reacciones espasmódicas para correr atrás de problemas que surgen de forma coyuntural, sin atacar las bases subyacentes que en potencia albergan estos problemas en situaciones críticas que se desatan básicamente por cuestiones de expectativas. De hecho, el gran problema de la economía argentina hoy surge de problemas en el manejo de las expectativas que se trasladan a la economía real a través de la modificación de las conductas individuales que provoca esa alteración de las expectativas, esa disociación de las mismas respecto de la situación presente (lo que decíamos: por qué los productores no venden, o por qué los tenedoresde los 120 mil millones de dólares fuera del sistema no los vuelcan al mismo).
El capitalismo actual es un sistema que está productivamente integrado de forma global, y que también tiene un grado muy alto de integración en la fase financiera, al tiempo que la economía productiva y los flujos financieros globales también tienen un nivel de amalgamamiento tan grande que los vuelve cuestiones básicamente indisolubles en los hechos prácticos. Modificaciones en uno de estos compartimentos teóricos, derivan en consecuencias para todos los otros.
Hecho este reconocimiento, pasamos al principal impedimento que encontramos en la economía nacional para la emergencia de visiones maximalistas: no hay sujeto social.
El funcionamiento de la economía argentina, y a su vez el nivel de vida y consumo, incluso de buena parte de su clase trabajadora está tan sumamente vinculado al grado de inserción de la Argentina en los procesos de circulación de flujos financieros globales, que las medidas de shock tendientes a modificar esa inserción terminan siendo resistidas por los mismos sujetos cuyos teóricos intereses se intenta salvaguardar. El error de diagnóstico es fabuloso.
Pensar, como Altamira, que la decisión de reconocer una indemnización a Repsol, pagar las sentencias negativas ante el CIADI o cancelar la deuda con el Club de Paris, pueda atarse como contracara y por ende manifestar una alternativa binaria de consulta a los "trabajadores" y los "jubilados" sobre qué prefieren: si pagar esos compromisos o aumentar sus salarios, es por lo menos una ingenuidad, pero a la vez asociada a una fantasía extravagante.
La salida lisa y llana de Argentina de los circuitos financieros (a los que hoy se vincula conflictivamente) no derivaría jamás en una mejora general de los niveles de vida y consumo de nuestras clases medias, trabajadoras y bajas, sino todo lo contrario. Las revoluciones socialistas se hicieron sobre la base de tremendas reducciones de salarios si los medimos en poder de compra a nivel mundial, y esto es una experiencia histórica innegable: los trabajadores de China, Cuba, Europa del Este y Corea del Norte sabrán muy bien que les tocó padecer una devaluación tremenda de la retribución del uso de su fuerza laboral, al punto que se los obligó a perder contacto absoluto con el mundo capitalista a fin de que no se dieran el lujo de desear aquello que no podrían consumir ni producir en una sociedad cuyas empresas productivas se hallaban bajo control obrero.
El comunismo fue el máximo devaluador de la historia de la humanidad.
Estas consideraciones apuradas tienen por objeto prevenirnos sobre determinadas soluciones mágicas que vienen de la mano de la enajenación absoluta respecto de lo que es la realidad cotidiana. Una Argentina sin inserción en los circuitos de flujo de bienes y dinero globales es una Argentina con faltante de combustibles, sin tecnología para mejorar su productividad, sin divisas para atesoramiento, con deficiencias de suministro energético, con deterioro en sus niveles de productividad, con probable prohibición lisa y llana de concretar viajes al exterior por parte de las clases medias y medias bajas, con faltantes de productos desde tornillos hasta medicamentos... Muchas de las cosas que parcialmente nos ocurren hoy, seguramente muy potenciadas.
Y en el caso del comercio exterior, hay algo parecido a esto en lo que podemos pensar. Parte de las divisas que las grandes cerealeras hoy nos pueden sustraer a través de triangulaciones, subfacturaciones o especulaciones variadas, y que la nacionalización del comercio exterior intentaría recuperar, podrían terminar faltándonos en otros conceptos, si la conformación de un monopolio estatal para el rubro se concreta: en falta de financiamiento para la incorporación de tecnología, en encarecimiento de los fletes marítimos y los seguros, en retracción de inversiones en tecnología que terminarían empeorando la productividad. En fin, digamos, la recuperación de 10 mil millones de dólares por un lado, te puede hacer perder otros tantos por otro.
Y digamos algo más, no hay un problema serio vinculado a la deficiente asignación que el mercado hace de los recursos que aporta la producción agropecuaria. El problema pasa por otro lado: por la obtención de divisas. Nacionalizar el comercio exterior aportaría más divisas? Mmmmm.
Aparte, más que constituirse en un incentivo para la venta para los productores que ahorran en soja, probablemente ocurriría lo contrario, y hasta dejarían de sembrar.
Por lo tanto, antes de tomar decisiones, repito, espasmódicas, es preciso evaluar concretamente qué se quiere lograr con las medidas a tomar.
Desde una visión de largo plazo, soy partidario absoluto de que el Estado participe en la economía, adaptándose todo lo posible a sus estructuras de funcionamiento. En el caso de la producción de materias primas para alimentos hay una necesidad imperiosa de considerar la actividad como estratégica para el desarrollo del país.
Pero en lugar de pensar en monopolizar, o en ficticias capturas de rentas para hacer no sé qué cosas, esto debería derivar en la conformación de una empresa estatal que integre verticalmente toda la cadena de alimentos, y que tenga el espíritu de intervenir en operaciones pero con el fin de alentar la producción, el agregado de valor y mejorar la estructura de costos. Necesitamos una empresa estatal de alimentos que se encargue de la producción, de la logística, que participe en el mercado exportador, que se capitalice con aportes de pequeños y medianos ahorristas, canalizando ahorros sueltos a la conformación de capital, que permita la participación en una parte importante de su capital accionario de cooperativas de productores, que desarrolle infraestructura para almacenamiento y transporte, que construya silos, administre terminales portuarias, tenga containers propios y compre barcos mercantes, que tenga una flota de transporte y centros de distribución para acercar alimentos a los centros de consumo, y que a partir de regular sus propios precios y sus márgenes de rentabilidad, pueda influir en la formación de los del resto de los operadores de los mismos mercados, una empresa que pueda hacer clasificación por calidad de granos, que pueda brindarles estructura de cartelización a empresas chicas para sus compras de insumos de modo de acomodarles mejor los precios y por ende el acceso a los mismos, etc., etc., etc.
Una YPF de alimentos. Una sociedad anónima con control de la mayoría accionaria por parte del estado.
Algo muy distinto del IAPI, de la Junta Nacional de Granos, o del monopolio estatal sobre el comercio exterior.
En este último elemento sobresalen las acusaciones contra productores agropecuarios por no vender la soja que acumulan en silobolsas, pero también contra cerealeras, responsables de la liquidación de divisas fruto de la exportación.
Esto está más o menos asumido por todos, y lo que diferencia las versiones es el tono de la explicación. Mientras los productores sostienen que la no venta es una estrategia tendiente a resguardar capital en un contexto de licuación de activos monetarios y fortalecimiento de la valuación de las divisas en que se cotiza su mercancía, otros resaltan que esas conductas sustraen de la oferta las divisas necesarias como para que no se produzcan esas presiones por lo cual el efecto logrado sería la consecuencia de un comportamiento especulativo de parte de entidades con capacidad de infringir daños a la economía con la sola retracción de su accionar.
En cualquiera de los casos, está implícita la aceptación de que tanto la venta por parte de productores como la liquidación por parte de exportadores le devolvería solvencia al esquema cambiario actual. Toso quedaría solucionado mejorando las expectativas, más que la economía real, de algunos actores de peso.
Frente a esto, comenzó a hacerse ver una propuesta vaga de nueva intervención estatal en el mercado de comercialización de materias primas agropecuarias, que van desde la reedición de las Juntas de granos, o del IAPI, llegando a la estatización completa bajo monopolio estatal del comercio exterior.
La realidad muestra que se trata de cosas muy distintas, e incluso inconciliables. Y da la sensación de tratarse de reacciones espasmódicas para correr atrás de problemas que surgen de forma coyuntural, sin atacar las bases subyacentes que en potencia albergan estos problemas en situaciones críticas que se desatan básicamente por cuestiones de expectativas. De hecho, el gran problema de la economía argentina hoy surge de problemas en el manejo de las expectativas que se trasladan a la economía real a través de la modificación de las conductas individuales que provoca esa alteración de las expectativas, esa disociación de las mismas respecto de la situación presente (lo que decíamos: por qué los productores no venden, o por qué los tenedoresde los 120 mil millones de dólares fuera del sistema no los vuelcan al mismo).
El capitalismo actual es un sistema que está productivamente integrado de forma global, y que también tiene un grado muy alto de integración en la fase financiera, al tiempo que la economía productiva y los flujos financieros globales también tienen un nivel de amalgamamiento tan grande que los vuelve cuestiones básicamente indisolubles en los hechos prácticos. Modificaciones en uno de estos compartimentos teóricos, derivan en consecuencias para todos los otros.
Hecho este reconocimiento, pasamos al principal impedimento que encontramos en la economía nacional para la emergencia de visiones maximalistas: no hay sujeto social.
El funcionamiento de la economía argentina, y a su vez el nivel de vida y consumo, incluso de buena parte de su clase trabajadora está tan sumamente vinculado al grado de inserción de la Argentina en los procesos de circulación de flujos financieros globales, que las medidas de shock tendientes a modificar esa inserción terminan siendo resistidas por los mismos sujetos cuyos teóricos intereses se intenta salvaguardar. El error de diagnóstico es fabuloso.
Pensar, como Altamira, que la decisión de reconocer una indemnización a Repsol, pagar las sentencias negativas ante el CIADI o cancelar la deuda con el Club de Paris, pueda atarse como contracara y por ende manifestar una alternativa binaria de consulta a los "trabajadores" y los "jubilados" sobre qué prefieren: si pagar esos compromisos o aumentar sus salarios, es por lo menos una ingenuidad, pero a la vez asociada a una fantasía extravagante.
La salida lisa y llana de Argentina de los circuitos financieros (a los que hoy se vincula conflictivamente) no derivaría jamás en una mejora general de los niveles de vida y consumo de nuestras clases medias, trabajadoras y bajas, sino todo lo contrario. Las revoluciones socialistas se hicieron sobre la base de tremendas reducciones de salarios si los medimos en poder de compra a nivel mundial, y esto es una experiencia histórica innegable: los trabajadores de China, Cuba, Europa del Este y Corea del Norte sabrán muy bien que les tocó padecer una devaluación tremenda de la retribución del uso de su fuerza laboral, al punto que se los obligó a perder contacto absoluto con el mundo capitalista a fin de que no se dieran el lujo de desear aquello que no podrían consumir ni producir en una sociedad cuyas empresas productivas se hallaban bajo control obrero.
El comunismo fue el máximo devaluador de la historia de la humanidad.
Estas consideraciones apuradas tienen por objeto prevenirnos sobre determinadas soluciones mágicas que vienen de la mano de la enajenación absoluta respecto de lo que es la realidad cotidiana. Una Argentina sin inserción en los circuitos de flujo de bienes y dinero globales es una Argentina con faltante de combustibles, sin tecnología para mejorar su productividad, sin divisas para atesoramiento, con deficiencias de suministro energético, con deterioro en sus niveles de productividad, con probable prohibición lisa y llana de concretar viajes al exterior por parte de las clases medias y medias bajas, con faltantes de productos desde tornillos hasta medicamentos... Muchas de las cosas que parcialmente nos ocurren hoy, seguramente muy potenciadas.
Y en el caso del comercio exterior, hay algo parecido a esto en lo que podemos pensar. Parte de las divisas que las grandes cerealeras hoy nos pueden sustraer a través de triangulaciones, subfacturaciones o especulaciones variadas, y que la nacionalización del comercio exterior intentaría recuperar, podrían terminar faltándonos en otros conceptos, si la conformación de un monopolio estatal para el rubro se concreta: en falta de financiamiento para la incorporación de tecnología, en encarecimiento de los fletes marítimos y los seguros, en retracción de inversiones en tecnología que terminarían empeorando la productividad. En fin, digamos, la recuperación de 10 mil millones de dólares por un lado, te puede hacer perder otros tantos por otro.
Y digamos algo más, no hay un problema serio vinculado a la deficiente asignación que el mercado hace de los recursos que aporta la producción agropecuaria. El problema pasa por otro lado: por la obtención de divisas. Nacionalizar el comercio exterior aportaría más divisas? Mmmmm.
Aparte, más que constituirse en un incentivo para la venta para los productores que ahorran en soja, probablemente ocurriría lo contrario, y hasta dejarían de sembrar.
Por lo tanto, antes de tomar decisiones, repito, espasmódicas, es preciso evaluar concretamente qué se quiere lograr con las medidas a tomar.
Desde una visión de largo plazo, soy partidario absoluto de que el Estado participe en la economía, adaptándose todo lo posible a sus estructuras de funcionamiento. En el caso de la producción de materias primas para alimentos hay una necesidad imperiosa de considerar la actividad como estratégica para el desarrollo del país.
Pero en lugar de pensar en monopolizar, o en ficticias capturas de rentas para hacer no sé qué cosas, esto debería derivar en la conformación de una empresa estatal que integre verticalmente toda la cadena de alimentos, y que tenga el espíritu de intervenir en operaciones pero con el fin de alentar la producción, el agregado de valor y mejorar la estructura de costos. Necesitamos una empresa estatal de alimentos que se encargue de la producción, de la logística, que participe en el mercado exportador, que se capitalice con aportes de pequeños y medianos ahorristas, canalizando ahorros sueltos a la conformación de capital, que permita la participación en una parte importante de su capital accionario de cooperativas de productores, que desarrolle infraestructura para almacenamiento y transporte, que construya silos, administre terminales portuarias, tenga containers propios y compre barcos mercantes, que tenga una flota de transporte y centros de distribución para acercar alimentos a los centros de consumo, y que a partir de regular sus propios precios y sus márgenes de rentabilidad, pueda influir en la formación de los del resto de los operadores de los mismos mercados, una empresa que pueda hacer clasificación por calidad de granos, que pueda brindarles estructura de cartelización a empresas chicas para sus compras de insumos de modo de acomodarles mejor los precios y por ende el acceso a los mismos, etc., etc., etc.
Una YPF de alimentos. Una sociedad anónima con control de la mayoría accionaria por parte del estado.
Algo muy distinto del IAPI, de la Junta Nacional de Granos, o del monopolio estatal sobre el comercio exterior.
domingo, 26 de enero de 2014
Dólar y especulación financiera
El problema cambiario en Argentina se expresa eminentemente en un elemento: la cotización del dólar blú.
Esa cotización consiguió instalarse y administrar las expectativas devaluatorias.
Se trata, sin embargo, de un mercado chico. Su influencia es más simbólica que real. Pero en el manejo de las expectativas que consigue alinear provoca efectos que alteran el comportamiento real de muchas variables.
El equipo económico (incluyo a Capitanich), más allá de las descalificaciones que públicamente hacen de este mercado ilegal, sabe bien que la brecha entre la cotización oficial y la paralela es altamente nociva. Y dispusieron de una serie de medidas e instrumentos tendientes a eliminar ese mercado y esa cotización ahogando la demanda, o sea, intentando canalizar los pesos que se vuelcan a esas compras de dólares ilegales hacia otras inversiones sustitutas. Hasta ahora todo fue infructuoso.
Para saber por qué, conviene hacer consideraciones sobre las características propias de este mercado, y puntualmente el carácter de esa demanda.
Entonces descubrimos que se trata de un mercado que impone una cotización, alinea expectativas con ella, y esas funciones exceden en mucho la importancia proporcional en cuanto a volumen de sus operaciones.
Es una especie de lobby, digamos. Un mercado eminentemente especulativo, reducido, con jugadores cartelizados de un modo novedoso podemos sospechar: demanda y oferta es motorizada por los mismos actores. Se compran a sí mismos, se venden a sí mismos. Eso es lo que puede sospecharse.
Por el lado de la oferta se vuelca a este mercado billetes obtenidos por vía legal, en operaciones financieras o comerciales que se sustraen de la formal liquidación de divisas.
Por ejemplo, si hago una exportación puedo liquidar las divisas cobradas obligatoriamente en un plazo de 100 días. Tengo tiempo para bicicletear.
Puedo hacerme de dólar bolsa arbitrando títulos (operatoria que Moreno había prohibido y el actual equipo restituyó con el fin de ponerle un sustituto al blú y absorberle la demanda) y venderlos en el paralelo.
Y así otras operaciones. Cortar este flujo sería peor. Si se tapa la oferta, la cotización vuela.
Por el lado de la demanda, lo que se canalizan son pesos: jugadores con capacidad de acumulación de pesos que básicamente los ponen a circular: compran a 9, venden a 9,50, vuelven a comprar a 10, venden a 10, 50. Y van dando vueltas al circuito con la bici trasladando expectativas de devaluación del oficial, y forzando prácticamente la misma, ya que lógicamente la autoridad monetaria va a tener que verse forzada a evitar que se amplíe la brecha (y junto con ella los problemas).
De manera que podemos establecer una operación en círculo reducido que propende a la especulación para disciplinar a la parte gruesa del mercado.
Ahora, qué buscan estos actores? Más devaluación? La devaluación del oficial tiene un límite en el aspecto real de la economía. A determinada cotización, liberás el mercado y ya no hay margen para nuevas subas, más allá de algún movimiento de corto plazo provocado por la afluencia extraordinaria de demanda previamente contenida. Y por ahí estemos cerca de ese punto, aunque es muy difícil saberlo. Las decisiones en materia económica siempre tienen algo de juego de tahúres.
El disciplinamiento que está buscando el mercado paralelo no es de una cotización de dólar oficial más alto, sino de las tasas de interés. Buscan, esos acumuladores de pesos, tasas de interés que superen la tasa de devaluación esperada.
Si la respuesta oficial pasa simplemente por dejar correr el dólar al alza, no va a haber techo. Porque los movimientos ascendentes del blú no están buscando techo al dólar, sino piso a las tasas de interés.
Lógicamente todo este análisis responde a la búsqueda de respuestas en torno al proceso de acumulación de capital. Y se desentiende a drede de los efectos en los ingresos fijos en pesos y las transferencias estatales de este proceso, sobre los cuales ya hablamos muchas veces, y ratificamos lo dicho entonces.
Esa cotización consiguió instalarse y administrar las expectativas devaluatorias.
Se trata, sin embargo, de un mercado chico. Su influencia es más simbólica que real. Pero en el manejo de las expectativas que consigue alinear provoca efectos que alteran el comportamiento real de muchas variables.
El equipo económico (incluyo a Capitanich), más allá de las descalificaciones que públicamente hacen de este mercado ilegal, sabe bien que la brecha entre la cotización oficial y la paralela es altamente nociva. Y dispusieron de una serie de medidas e instrumentos tendientes a eliminar ese mercado y esa cotización ahogando la demanda, o sea, intentando canalizar los pesos que se vuelcan a esas compras de dólares ilegales hacia otras inversiones sustitutas. Hasta ahora todo fue infructuoso.
Para saber por qué, conviene hacer consideraciones sobre las características propias de este mercado, y puntualmente el carácter de esa demanda.
Entonces descubrimos que se trata de un mercado que impone una cotización, alinea expectativas con ella, y esas funciones exceden en mucho la importancia proporcional en cuanto a volumen de sus operaciones.
Es una especie de lobby, digamos. Un mercado eminentemente especulativo, reducido, con jugadores cartelizados de un modo novedoso podemos sospechar: demanda y oferta es motorizada por los mismos actores. Se compran a sí mismos, se venden a sí mismos. Eso es lo que puede sospecharse.
Por el lado de la oferta se vuelca a este mercado billetes obtenidos por vía legal, en operaciones financieras o comerciales que se sustraen de la formal liquidación de divisas.
Por ejemplo, si hago una exportación puedo liquidar las divisas cobradas obligatoriamente en un plazo de 100 días. Tengo tiempo para bicicletear.
Puedo hacerme de dólar bolsa arbitrando títulos (operatoria que Moreno había prohibido y el actual equipo restituyó con el fin de ponerle un sustituto al blú y absorberle la demanda) y venderlos en el paralelo.
Y así otras operaciones. Cortar este flujo sería peor. Si se tapa la oferta, la cotización vuela.
Por el lado de la demanda, lo que se canalizan son pesos: jugadores con capacidad de acumulación de pesos que básicamente los ponen a circular: compran a 9, venden a 9,50, vuelven a comprar a 10, venden a 10, 50. Y van dando vueltas al circuito con la bici trasladando expectativas de devaluación del oficial, y forzando prácticamente la misma, ya que lógicamente la autoridad monetaria va a tener que verse forzada a evitar que se amplíe la brecha (y junto con ella los problemas).
De manera que podemos establecer una operación en círculo reducido que propende a la especulación para disciplinar a la parte gruesa del mercado.
Ahora, qué buscan estos actores? Más devaluación? La devaluación del oficial tiene un límite en el aspecto real de la economía. A determinada cotización, liberás el mercado y ya no hay margen para nuevas subas, más allá de algún movimiento de corto plazo provocado por la afluencia extraordinaria de demanda previamente contenida. Y por ahí estemos cerca de ese punto, aunque es muy difícil saberlo. Las decisiones en materia económica siempre tienen algo de juego de tahúres.
El disciplinamiento que está buscando el mercado paralelo no es de una cotización de dólar oficial más alto, sino de las tasas de interés. Buscan, esos acumuladores de pesos, tasas de interés que superen la tasa de devaluación esperada.
Si la respuesta oficial pasa simplemente por dejar correr el dólar al alza, no va a haber techo. Porque los movimientos ascendentes del blú no están buscando techo al dólar, sino piso a las tasas de interés.
Lógicamente todo este análisis responde a la búsqueda de respuestas en torno al proceso de acumulación de capital. Y se desentiende a drede de los efectos en los ingresos fijos en pesos y las transferencias estatales de este proceso, sobre los cuales ya hablamos muchas veces, y ratificamos lo dicho entonces.
viernes, 24 de enero de 2014
Y no aguantamos
Las presiones sobre el valor del dólar no cedieron. Incluso en los últimos días se intensificaron.
No bastó la convalidación de una suba de tasas de interés (tasa interbancaria a 15%) ni las ventas de bonos ni la apertura de operaciones con bonos en dólares para vender dólares más baratos que el blú a los potenciales demandantes.
No llegaron las liquidaciones prometidas, siguió el goteo y la brecha entre el oficial (sin recargo) y el blú se estabilizó en el 70%.
Entonces, se terminó convalidando una suba brusca del tipo de cambio, y ahora se anuncia la apertura del cepo (que veremos cómo se opera).
Es absolutamente riesgosa la maniobra.
Es casi cantado un efecto "over shooting". Con la apertura de las ventas, el dólar oficial podrá pegar otro salto en su cotización, para después, en jornadas posteriores ir encontrando un equilibrio levemente más bajo. Hoy, 7,50 parece poco. Y 8,50, demasiado.
Pero la incógnita es que nivel de demanda se puede llegar a observar a partir de la apertura del lunes. Consejo para ahorristas, no sumarse acríticamente a la marea, y no convalidar valores exorbitantes. Todo lo que sube de golpe, al rato baja.
La licuación de los activos en pesos es un hecho. La licuación de salarios y transferencias estatales, también. Y un reacomodamiento de precios en favor de los transables y en contra de los no transables, si bien en parte estaba descontado por el comportamiento del dólar ilegal, es perfectamente previsible.
La doctrina del ajuste selectivo por cantidades fracasó. Y entonces se ajusta por precio. Como marca la tradición.
Ahora, todos los que promovían una devaluación como solución a nuestros males le van a empezar a encontrar todos los defectos a la receta.
Y quienes se oponían férreamente a devaluar van a hablar de tipo de cambio competitivo que favorece las exportaciones y desalienta las importaciones.
Siempre ganan los mismos, siempre pierden los mismos. Y el resto es relato.
Si hasta todos decimos más o menos lo mismo de distinta forma, con distintos énfasis y cambiando apenas algunas circunstancias.
No bastó la convalidación de una suba de tasas de interés (tasa interbancaria a 15%) ni las ventas de bonos ni la apertura de operaciones con bonos en dólares para vender dólares más baratos que el blú a los potenciales demandantes.
No llegaron las liquidaciones prometidas, siguió el goteo y la brecha entre el oficial (sin recargo) y el blú se estabilizó en el 70%.
Entonces, se terminó convalidando una suba brusca del tipo de cambio, y ahora se anuncia la apertura del cepo (que veremos cómo se opera).
Es absolutamente riesgosa la maniobra.
Es casi cantado un efecto "over shooting". Con la apertura de las ventas, el dólar oficial podrá pegar otro salto en su cotización, para después, en jornadas posteriores ir encontrando un equilibrio levemente más bajo. Hoy, 7,50 parece poco. Y 8,50, demasiado.
Pero la incógnita es que nivel de demanda se puede llegar a observar a partir de la apertura del lunes. Consejo para ahorristas, no sumarse acríticamente a la marea, y no convalidar valores exorbitantes. Todo lo que sube de golpe, al rato baja.
La licuación de los activos en pesos es un hecho. La licuación de salarios y transferencias estatales, también. Y un reacomodamiento de precios en favor de los transables y en contra de los no transables, si bien en parte estaba descontado por el comportamiento del dólar ilegal, es perfectamente previsible.
La doctrina del ajuste selectivo por cantidades fracasó. Y entonces se ajusta por precio. Como marca la tradición.
Ahora, todos los que promovían una devaluación como solución a nuestros males le van a empezar a encontrar todos los defectos a la receta.
Y quienes se oponían férreamente a devaluar van a hablar de tipo de cambio competitivo que favorece las exportaciones y desalienta las importaciones.
Siempre ganan los mismos, siempre pierden los mismos. Y el resto es relato.
Si hasta todos decimos más o menos lo mismo de distinta forma, con distintos énfasis y cambiando apenas algunas circunstancias.
martes, 14 de enero de 2014
Eliminar las retenciones: halcones y palomas
Son dos cosas distintas.
La inflación es la variación regular de todos los precios de la economía. Es un fenómeno nominal, que provoca distorsiones de corto plazo, pero que en el largo plazo tiende al empate, a pesar de que nunca hay empate, en todo proceso inflacionario hay movimientos de precios relativos que determina la existencia de ganadores y perdedores.
El nivel de precios es el resultado de un cálculo que vincula los precios de los bienes en un mercado interno con una referencia internacional siempre usando como unidad de cuenta la divisa norteamericana, y en segunda instancia los bienes mayormente transables con el precio menos transable de todos: el poder adquisitivo de los ingresos.
Esto implica que puede darse un hecho paradójico para el primer acercamiento motorizado por el sentido común.
Un proceso de inflación alta puede convivir con un nivel de precios más bajo al verificado en un proceso de estabilidad.
Y concurre una verdad que hasta ahora nadie ha podido contrastar con hechos.
La estabilización de precios, es decir la decisión de frenar la inflación, de frenar el proceso de ajuste nominal de precios (entre los cuales se incluyen los ingresos), deriva invariablemente en la convergencia en un nivel de precios más alto.
Esto es: un proceso de estabilización exitoso implica sí o sí una transferencia de recursos desde el trabajo al capital. La recomposición de los márgenes de retorno de la inversión.
Consiste en alcanzar un nivel de precios de bienes transables lo suficientemente alto en relación al precio no transable por excelencia (el salario y las transferencias estatales) como para que no haya presiones de demanda que excedan a la curva de oferta de largo plazo.
Esta verdad es inconfesablemente innegable. De modo que entre las miles de definiciones cínicas que podemos hacer de la economía podemos incluir una más: la ciencia que se encarga de crear eufemismos lo suficientemente elegantes como para generar expectativas favorables a partir de realidades desagradables.
Algunos eufemismos de los que somos oyentes en estos días tienen que ver, por ejemplo, con que los acuerdos de precios no sirven si no se complementan con "programas anti-inflacionarios serios". Que implican justamente eso que no se dice (porque nadie repregunta qué significa "programa anti-inflacionario serio"): recomposición de los márgenes de rentabilidad a partir de enfriar la demanda.
O sea, si alcanzamos un nivel de precios que modere la demanda a partir de que el poder adquisitivo medio se resienta, llegaremos a una estabilidad de precios de esa que desean más quienes más perjudicados se ven a la postre por ella.
Por eso, no es extraño que se conjuguen tres elementos en el consenso sobre los ajustes requeridos por el proceso de acumulación del capital argentino:
-Recuperación de la competitividad cambiaria, lo cual significa devaluación (como la devaluación proviene de cuestiones que en muchos casos son exógenas, sólo se difiere en cuanto a ritmos y formas)
-la competitividad cambiaria no se puede recuperar si no se frena el proceso de aumento en la nominalidad de precios. Es decir, hay que buscar la forma de que la devaluación se traslade relativamente más a transables que a no transables (la clave del éxito devaluador; si los sueldos aumentan más que el dólar no les sirve; es lo que pasó en los años anteriores a 2013, en los cuales el dólar aumentó pero significativamente menos que la inflación).
-el punto anterior implica un nivel de precios más alto en lo que se refiere a la relación de los bienes con los ingresos. Es decir, una demanda interna más moderada.
Todo redunda en una recomposición de los márgenes de retorno de la inversión.
En este contexto más o menos consensuado, actúan los halcones y las palomas.
Los halcones pretenden una devaluación brusca, que acompañe "las expectativas de mercado". Las palomas quieren gradual.
Los halcones pretenden que a la suba en el mercado interno de los precios de las materias primas que producen los establecimientos agrícolas que implica un proceso devaluatorio (aunque no sea brusco sino administrado) se le agregue una presión adicional: la eliminación de retenciones. Lo cual sería implícitamente reconocerles a los productores agropecuarios un tipo de cambio más alto todavía (o sea, mayor precio en el mercado interno para commodities como la harina y el aceite).
Las palomas son más razonables: quieren dejar las retenciones como están.
Aunque si se quisiera evitar traspaso a precios de alimentos de la devaluación, deberían subirse (no bajarse) las retenciones.
La inflación es la variación regular de todos los precios de la economía. Es un fenómeno nominal, que provoca distorsiones de corto plazo, pero que en el largo plazo tiende al empate, a pesar de que nunca hay empate, en todo proceso inflacionario hay movimientos de precios relativos que determina la existencia de ganadores y perdedores.
El nivel de precios es el resultado de un cálculo que vincula los precios de los bienes en un mercado interno con una referencia internacional siempre usando como unidad de cuenta la divisa norteamericana, y en segunda instancia los bienes mayormente transables con el precio menos transable de todos: el poder adquisitivo de los ingresos.
Esto implica que puede darse un hecho paradójico para el primer acercamiento motorizado por el sentido común.
Un proceso de inflación alta puede convivir con un nivel de precios más bajo al verificado en un proceso de estabilidad.
Y concurre una verdad que hasta ahora nadie ha podido contrastar con hechos.
La estabilización de precios, es decir la decisión de frenar la inflación, de frenar el proceso de ajuste nominal de precios (entre los cuales se incluyen los ingresos), deriva invariablemente en la convergencia en un nivel de precios más alto.
Esto es: un proceso de estabilización exitoso implica sí o sí una transferencia de recursos desde el trabajo al capital. La recomposición de los márgenes de retorno de la inversión.
Consiste en alcanzar un nivel de precios de bienes transables lo suficientemente alto en relación al precio no transable por excelencia (el salario y las transferencias estatales) como para que no haya presiones de demanda que excedan a la curva de oferta de largo plazo.
Esta verdad es inconfesablemente innegable. De modo que entre las miles de definiciones cínicas que podemos hacer de la economía podemos incluir una más: la ciencia que se encarga de crear eufemismos lo suficientemente elegantes como para generar expectativas favorables a partir de realidades desagradables.
Algunos eufemismos de los que somos oyentes en estos días tienen que ver, por ejemplo, con que los acuerdos de precios no sirven si no se complementan con "programas anti-inflacionarios serios". Que implican justamente eso que no se dice (porque nadie repregunta qué significa "programa anti-inflacionario serio"): recomposición de los márgenes de rentabilidad a partir de enfriar la demanda.
O sea, si alcanzamos un nivel de precios que modere la demanda a partir de que el poder adquisitivo medio se resienta, llegaremos a una estabilidad de precios de esa que desean más quienes más perjudicados se ven a la postre por ella.
Por eso, no es extraño que se conjuguen tres elementos en el consenso sobre los ajustes requeridos por el proceso de acumulación del capital argentino:
-Recuperación de la competitividad cambiaria, lo cual significa devaluación (como la devaluación proviene de cuestiones que en muchos casos son exógenas, sólo se difiere en cuanto a ritmos y formas)
-la competitividad cambiaria no se puede recuperar si no se frena el proceso de aumento en la nominalidad de precios. Es decir, hay que buscar la forma de que la devaluación se traslade relativamente más a transables que a no transables (la clave del éxito devaluador; si los sueldos aumentan más que el dólar no les sirve; es lo que pasó en los años anteriores a 2013, en los cuales el dólar aumentó pero significativamente menos que la inflación).
-el punto anterior implica un nivel de precios más alto en lo que se refiere a la relación de los bienes con los ingresos. Es decir, una demanda interna más moderada.
Todo redunda en una recomposición de los márgenes de retorno de la inversión.
En este contexto más o menos consensuado, actúan los halcones y las palomas.
Los halcones pretenden una devaluación brusca, que acompañe "las expectativas de mercado". Las palomas quieren gradual.
Los halcones pretenden que a la suba en el mercado interno de los precios de las materias primas que producen los establecimientos agrícolas que implica un proceso devaluatorio (aunque no sea brusco sino administrado) se le agregue una presión adicional: la eliminación de retenciones. Lo cual sería implícitamente reconocerles a los productores agropecuarios un tipo de cambio más alto todavía (o sea, mayor precio en el mercado interno para commodities como la harina y el aceite).
Las palomas son más razonables: quieren dejar las retenciones como están.
Aunque si se quisiera evitar traspaso a precios de alimentos de la devaluación, deberían subirse (no bajarse) las retenciones.
viernes, 20 de diciembre de 2013
Electricidad
Hablar de energía está de moda. Por la tristemente famosa novedad repetida año tras año de que en diciembre se nos corta la luz a todos.
Ordenemosnos. Repitiendo parte de lo que se dice en todos lados.
El sistema de energía eléctrica consta de tres eslabones:
-Generación: las obras de infraestructura las lleva a cabo el estado nacional, y una vez hechas, la operación queda en manos de empresas privadas. Hablamos de centrales hidroeléctricas, centrales térmicas, de ciclo combinado, nucleares, parques eólicos, etc. La energía eléctrica producida por estas fuentes se incorpora al sistema interconectado nacional.
-Transporte: es el sistema interconectado nacional. Líneas troncales de alta tensión que transportan la energía desde el lugar en que se produce hacia los centros desde donde se distribuye hasta llegar a los usuarios. También la inversión en infraestructura corre por cuenta del estado, pero los operadores son empresas privadas.
-Distribución: son las redes de media y baja tensión que transforman y distribuyen la energía para darle condiciones óptimas de consumo tanto de empresas como de domicilios familiares.
Los consumidores finales solamente tenemos contacto con las distribuidoras. Todo el proceso de producción, transporte y distribución, y sus costos llegan condensados en la factura domiciliaria que nos emite la empresa distribuidora. Pongamos, Edesur, que es una de las dos que operan en Capital y GBA. En todo el país hay muchísimas distribuidoras, algunas cooperativas, otras de empresas de gestión privada, multinacionales, otras estatales, como los casos de Santa Fé o Córdoba, por ejemplo.
El mercado funciona a partir de la operación de la sociedad anónima con control estatal que regula el mercado mayorista a partir de ejecutar los pagos y ordenar la distribución de los excedentes productivos: CAMMESA.
Esta empresa compra la energía a las generadoras, paga los cánones a las transportadoras y se la vende a las distribuidoras.
En la factura de luz está condensado todo este proceso.
Hoy por hoy, CAMMESA se encarga de subsidiarles la compra de energía y el canon de transporte a las distribuidoras. Por cada 100 pesos que vale dicho proceso (generación y transporte) CAMMESA recibe aproximadamente 30 de parte de las distribuidoras. Los otros 70 los pone la empresa. Son fondos del tesoro. Ese es el flujo de subsidios del que se habla.
Por este motivo, las empresas distribuidoras vuelcan a la factura domiciliaria solo el 30% del costo de la energía. El 70% restante lo pone CAMMESA, y lo cobran las generadoras y las transportadoras en partes proporcionales. Ejemplo práctico: la empresa que opera un central hidoreléctrica inyecta al sistema 1000 pesos. Se los paga CAMMESA. Esa energía es transportada por TRANSENER hasta la zona de EDESUR, por 50 pesos. Los paga CAMMESA. Después, Edesur le paga a CAMMESA, 300 pesos por la energía recibida y 15 pesos por el canon del transporte. Y traslada a la factura domiciliaria los 315 pesos que le salió pagarle a CAMMESA por la energía.
Este costo equivale un 35 por ciento aproximadamente de la factura domiciliaria.
Si se eliminaran los subisdios entonces, las empresas deberían pagar en lugar de 315 pesos, 1050 pesos, y trasladarían ese aumento de costos a la factura.
Ahora bien, hasta acá hablamos de los subsidios, que corresponden a un 35% de la factura de energía eléctrica domiciliaria. El resto lo componen en un 40 por ciento aproximado la tarifa de uso de la red de distribución. Lo que cobra Edesur, digamos, por poner su red a funcionar para que nos llegue la energía a casa. Y el resto son impuestos, proporcionales a los otros valores (o sea, si se saca el subsidio, subirá también el valor del impuesto que se aplica sobre la base imponible, salvo que se bajen las alícuotas para morigerar el impacto, con lo cual el estado dejaría de subsidiar, y recaudaría lo mismo -no más- por impuestos).
El cuadro tarifario (o sea, lo que cobra Edesur por distribuir la energía, que es un 40% de la factura domiciliaria) está dividido por regiones y el que lo determina es el Estado a través del ENRE.
Lo que dicen las empresas es que esas tarifas están fijas en Capital y GBA desde el 2001. Y eso les deterioró sus cuentas.
Pero atendamos al punto central: Una cosa son los subsidios y otra la tarifa por la que pelean Edesur y Edenor.
Las redes de distribución funcionan efectivamente bien mientras la demanda es promedio. Pero explotan por el aire en los picos de demanda. El déficit de inversión está dado entonces en este aspecto. El reforzamiento de las redes para que funcionen bien en los picos de demanda. Ojo, porque en los lugares del país donde las tarifas son más adecuadas a la ecuación de las empresas, las redes tuvieron problemas igual. No es sólo tarifa el tema de la inversión.
¿La quita de subsidios beneficiaría en algo a Edenor y Edesur? En cuanto a flujos directos de ingreso neto de plata, no. Ingresaría más, que se aplicaría a pagar más por costos de producción y transporte.
Pero se supone que moderaría los consumos de los clientes, con lo cual las redes se verían menos forzadas, no se deteriorarían tan rápido, por ende no se sobre-exigiría inversión a las empresas, pagarían menos multas, etc. En fin, los excedentes que hoy usufructuamos los usuarios porque la luz nos sale barata desaparecerían y compensarían parte de las pérdidas de las compañías.
Ahora, los lobbystas de las empresas del sector, como Montamat, Lapeña o Apud, a los que se sumaría en estos tiempos Bulat, aprovechan la situación de cortes para sacar partido de cierta confusión generalizada y colar la necesidad de que se actualicen tarifas, para que Edenor y Edesur reciban mayores flujos directos de plata, ingresos netos, es decir cobren mejor por el uso de sus redes.
Ayer escuchaba por ejemplo a Emilio Apud alabar el esquema de los 90 (no dijo nada del apagón furioso de Edesur en el año 97 que dejó a miles de vecinos sin luz durante dos meses en algunos casos, pero bueno) diciendo entre otras cosas que se habían alcanzado precios de equilibrio!!! Precios de equilibrio en un monopolio natural, que naturalmente debe ser regulado por el estado es el paraíso de las empresas, no tanto de los usuarios.
El tema además comprende otras aristas. Volvamos al ejemplo de Edesur. Que es controlada por Endesa. Que no solamente está en el negocio de la distribución sino que además tiene inversiones en transporte y en generación.
De las tres unidades de negocios la única deficitaria en estos años es Edesur. Con las otras gana plata. Si alguien siente la genuina curiosidad de querer saber por qué una empresa que (pobrecita) pierde tanta plata no abandona el país, puede empezar a buscar la respuesta por ahí.
Los fundamentadores de que las empresas tienen que ganar plata porque "no están para hacer beneficencia", sin embargo en este caso se empeñan en querer hacernos creer que están haciendo beneficencia.
El asunto es que no hay una situación tan complejamente crítica como la que los lobbys plantean. Hay que conseguir un excedente para acondicionar las redes para que operen bien en caso de picos de demanda. La generación y el transporte no están en situación tan crítica, aunque tampoco tan holgada (tampoco hay que descuidarse, obviamente). Pero hay que estar atentos: porque no sé si se justifica sacrificar todo en pos de alcanzar alta rentabilidad para las compañías so promesa de que van a invertir para mejorar las redes.
Que las distribuidoras pierdan plata no es algo tan intolerable, en tanto el funcionamiento del esquema compensa las pérdidas con otras ganancias en otros segmentos, lo cual permite que se puedan redireccionar flujos para cubrir los baches de inversión faltante.
Pero atenti, la estatización significaría que el estado absorba el tramo deficitario del negocio, conservándoles a los privados el tramo superavitario.
Ordenemosnos. Repitiendo parte de lo que se dice en todos lados.
El sistema de energía eléctrica consta de tres eslabones:
-Generación: las obras de infraestructura las lleva a cabo el estado nacional, y una vez hechas, la operación queda en manos de empresas privadas. Hablamos de centrales hidroeléctricas, centrales térmicas, de ciclo combinado, nucleares, parques eólicos, etc. La energía eléctrica producida por estas fuentes se incorpora al sistema interconectado nacional.
-Transporte: es el sistema interconectado nacional. Líneas troncales de alta tensión que transportan la energía desde el lugar en que se produce hacia los centros desde donde se distribuye hasta llegar a los usuarios. También la inversión en infraestructura corre por cuenta del estado, pero los operadores son empresas privadas.
-Distribución: son las redes de media y baja tensión que transforman y distribuyen la energía para darle condiciones óptimas de consumo tanto de empresas como de domicilios familiares.
Los consumidores finales solamente tenemos contacto con las distribuidoras. Todo el proceso de producción, transporte y distribución, y sus costos llegan condensados en la factura domiciliaria que nos emite la empresa distribuidora. Pongamos, Edesur, que es una de las dos que operan en Capital y GBA. En todo el país hay muchísimas distribuidoras, algunas cooperativas, otras de empresas de gestión privada, multinacionales, otras estatales, como los casos de Santa Fé o Córdoba, por ejemplo.
El mercado funciona a partir de la operación de la sociedad anónima con control estatal que regula el mercado mayorista a partir de ejecutar los pagos y ordenar la distribución de los excedentes productivos: CAMMESA.
Esta empresa compra la energía a las generadoras, paga los cánones a las transportadoras y se la vende a las distribuidoras.
En la factura de luz está condensado todo este proceso.
Hoy por hoy, CAMMESA se encarga de subsidiarles la compra de energía y el canon de transporte a las distribuidoras. Por cada 100 pesos que vale dicho proceso (generación y transporte) CAMMESA recibe aproximadamente 30 de parte de las distribuidoras. Los otros 70 los pone la empresa. Son fondos del tesoro. Ese es el flujo de subsidios del que se habla.
Por este motivo, las empresas distribuidoras vuelcan a la factura domiciliaria solo el 30% del costo de la energía. El 70% restante lo pone CAMMESA, y lo cobran las generadoras y las transportadoras en partes proporcionales. Ejemplo práctico: la empresa que opera un central hidoreléctrica inyecta al sistema 1000 pesos. Se los paga CAMMESA. Esa energía es transportada por TRANSENER hasta la zona de EDESUR, por 50 pesos. Los paga CAMMESA. Después, Edesur le paga a CAMMESA, 300 pesos por la energía recibida y 15 pesos por el canon del transporte. Y traslada a la factura domiciliaria los 315 pesos que le salió pagarle a CAMMESA por la energía.
Este costo equivale un 35 por ciento aproximadamente de la factura domiciliaria.
Si se eliminaran los subisdios entonces, las empresas deberían pagar en lugar de 315 pesos, 1050 pesos, y trasladarían ese aumento de costos a la factura.
Ahora bien, hasta acá hablamos de los subsidios, que corresponden a un 35% de la factura de energía eléctrica domiciliaria. El resto lo componen en un 40 por ciento aproximado la tarifa de uso de la red de distribución. Lo que cobra Edesur, digamos, por poner su red a funcionar para que nos llegue la energía a casa. Y el resto son impuestos, proporcionales a los otros valores (o sea, si se saca el subsidio, subirá también el valor del impuesto que se aplica sobre la base imponible, salvo que se bajen las alícuotas para morigerar el impacto, con lo cual el estado dejaría de subsidiar, y recaudaría lo mismo -no más- por impuestos).
El cuadro tarifario (o sea, lo que cobra Edesur por distribuir la energía, que es un 40% de la factura domiciliaria) está dividido por regiones y el que lo determina es el Estado a través del ENRE.
Lo que dicen las empresas es que esas tarifas están fijas en Capital y GBA desde el 2001. Y eso les deterioró sus cuentas.
Pero atendamos al punto central: Una cosa son los subsidios y otra la tarifa por la que pelean Edesur y Edenor.
Las redes de distribución funcionan efectivamente bien mientras la demanda es promedio. Pero explotan por el aire en los picos de demanda. El déficit de inversión está dado entonces en este aspecto. El reforzamiento de las redes para que funcionen bien en los picos de demanda. Ojo, porque en los lugares del país donde las tarifas son más adecuadas a la ecuación de las empresas, las redes tuvieron problemas igual. No es sólo tarifa el tema de la inversión.
¿La quita de subsidios beneficiaría en algo a Edenor y Edesur? En cuanto a flujos directos de ingreso neto de plata, no. Ingresaría más, que se aplicaría a pagar más por costos de producción y transporte.
Pero se supone que moderaría los consumos de los clientes, con lo cual las redes se verían menos forzadas, no se deteriorarían tan rápido, por ende no se sobre-exigiría inversión a las empresas, pagarían menos multas, etc. En fin, los excedentes que hoy usufructuamos los usuarios porque la luz nos sale barata desaparecerían y compensarían parte de las pérdidas de las compañías.
Ahora, los lobbystas de las empresas del sector, como Montamat, Lapeña o Apud, a los que se sumaría en estos tiempos Bulat, aprovechan la situación de cortes para sacar partido de cierta confusión generalizada y colar la necesidad de que se actualicen tarifas, para que Edenor y Edesur reciban mayores flujos directos de plata, ingresos netos, es decir cobren mejor por el uso de sus redes.
Ayer escuchaba por ejemplo a Emilio Apud alabar el esquema de los 90 (no dijo nada del apagón furioso de Edesur en el año 97 que dejó a miles de vecinos sin luz durante dos meses en algunos casos, pero bueno) diciendo entre otras cosas que se habían alcanzado precios de equilibrio!!! Precios de equilibrio en un monopolio natural, que naturalmente debe ser regulado por el estado es el paraíso de las empresas, no tanto de los usuarios.
El tema además comprende otras aristas. Volvamos al ejemplo de Edesur. Que es controlada por Endesa. Que no solamente está en el negocio de la distribución sino que además tiene inversiones en transporte y en generación.
De las tres unidades de negocios la única deficitaria en estos años es Edesur. Con las otras gana plata. Si alguien siente la genuina curiosidad de querer saber por qué una empresa que (pobrecita) pierde tanta plata no abandona el país, puede empezar a buscar la respuesta por ahí.
Los fundamentadores de que las empresas tienen que ganar plata porque "no están para hacer beneficencia", sin embargo en este caso se empeñan en querer hacernos creer que están haciendo beneficencia.
El asunto es que no hay una situación tan complejamente crítica como la que los lobbys plantean. Hay que conseguir un excedente para acondicionar las redes para que operen bien en caso de picos de demanda. La generación y el transporte no están en situación tan crítica, aunque tampoco tan holgada (tampoco hay que descuidarse, obviamente). Pero hay que estar atentos: porque no sé si se justifica sacrificar todo en pos de alcanzar alta rentabilidad para las compañías so promesa de que van a invertir para mejorar las redes.
Que las distribuidoras pierdan plata no es algo tan intolerable, en tanto el funcionamiento del esquema compensa las pérdidas con otras ganancias en otros segmentos, lo cual permite que se puedan redireccionar flujos para cubrir los baches de inversión faltante.
Pero atenti, la estatización significaría que el estado absorba el tramo deficitario del negocio, conservándoles a los privados el tramo superavitario.
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