sábado, 9 de octubre de 2010

Reflexiones tardías

Este gran texto de Martín me motiva a algunas reflexiones.
En algún momento el kirchnerismo deberá entender que no le hace nada bien al país seguir propiciando el enfrentamiento de progres contra progres.

Hay mucha gente dispersa por ahí que lo único que necesita es que los dejen votar en paz. Que no los troskeen. Que no les pidan que se definan ideológicamente todas las semanas. Y por ahí, terminan votando a Kirchner.
El kirchnerismo deberá asumir algún día que su fortaleza reside en ser el partido del orden (algo así dijo alguna vez Lucas Carrasco). Mal que le pese.
De cara a una campaña proselitista, no asumirse así equivale a licuar el máximo capital político, a desaprovechar las mayores ventajas competitivas. El kirchnerismo agarró un país incendiado y lo devolvió a una senda de relativa prosperidad económica. Las "convulsiones" políticas actuales, son paz de cementerio comparadas con la media de la historia argentina.

El voto que puede ser decisivo, paradójicamente se decidirá cerca del comicio, sin debate acalorado, en soledad individual. Y lo decidirán tipos que putean a los Kirchner en cuatro idiomas. El campo de batalla no es el de la opinión pública, sino el de la introspección individual. Y esa batalla solamente se puede ganar en silencio y no a los gritos. Por ahí es tarde, ya. Por ahí, no.

viernes, 8 de octubre de 2010

Apreciación y competitividad: el cruce de discursos

Durante varios años el oficialismo llevó a cabo una defensa cerrada del tipo de cambio alto. Con él se podría conseguir la competitividad necesaria para un sector importante de la industria que necesitaba abaratarse "artificialmente" y diferenciarse por precio con sus competidores extranjeros.

Desde la oposición, sobre todo desde sus cuadros técnicos, partidarios y apartidarios, se decía que el Central tenía que dejar flotar el tipo de cambio libremente. Que su intervención para mantenerlo alto no iba a poder impedir que hubiera apreciación. La misma iba a ocurrir, de todos modos, por la vía de la inflación. Entonces, para evitar los trastornos de expectativas que provoca una inflación alta, lo mejor era dejar que el tipo de cambio flotara. Así con fuerte ingreso de divisas, el precio del dólar iba a bajar, los precios argentinos iban a ser más caros en dólares directamente, sin la variación nominal y paulatina que va provocando la inflación. Después de todo, decían, la pérdida de competitividad no era algo tan grave, y encima la competitividad no podía depender solamente del nivel del tipo de cambio.

El Gobierno decidió otra cosa. El Central intervino en el mercado cambiario comprando dólares, incrementando sus reservas fuertemente, para que el dólar siguiera estando caro. Los precios en pesos, así, serían baratos en dólares. Pero resulta que la apreciación se presentó igual. Una inflación alta en pesos, por encima de la variación nominal del tipo de cambio, con el tiempo fue encareciendo la moneda argentina. Entonces, el Gobierno modificó su discurso.
Primero, con algo que es muy cierto. El tipo de cambio no hay que medirlo solamente en relación al dólar, porque el dólar se ha depreciado en relación a algunas monedas de países que son muy relevantes para el comercio exterior argentino. El tipo de cambio multilateral (medido con otras monedas) es más alto y más competitivo que si lo medimos solamente en relación al dólar.

Pero aparte el Ministerio de la Producción empezó a decir (y actuar en consecuencia) que el tipo de cambio no podía ser la única garantía de la competitividad, porque esa competitividad era de corto plazo. Que había margen para operar en cuestiones microeconómicas que generaran mejoras "genuinas" de la productividad. Esas mejoras volverían más competitiva a la producción nacional.

Si esto era curioso, más curioso es ver cómo los mismos que pedían apreciación cambiaria hace unos años hoy opinan que Argentina puede tener problemas de competitividad por tener un tipo de cambio que tiende a la sobrevaluación. Hoy, que avizoran un futuro (hipotético) de sobrevaluación del peso, parece que sí: la pérdida de competitividad por motivos cambiarios es un problema que traerá grandes complicaciones para la Argentina.
Lo digo principalmente porque escuché a Jorge Macri, referente del PRO, partido identificado con el liberalismo en materia económica (Melconián, Srodek, etc.) decir que si Brasil devalúa un 10% nos saca del mercado. Entonces, pregunto: la influencia del nivel cambiario en la competitividad, ¿es decisiva o no?

jueves, 7 de octubre de 2010

Efemérides

El 7 de octubre de 1930 nacía el Padre Carlos Mugica.
El mismo día pero de 1952, hacía lo mismo Vladimir Putin.
Ya unos cuantos años más acá nacía la compañera Laura, a quien le deseamos un muy feliz cumpleaños.

Entonces, se conmemora hoy el natalicio de los tres.
Y también el mío.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Se las puso de nuevo...(en realidad, nos la pusieron)


Anoche, en medio de una particular situación, escribí lo que sigue:

La Corte decidió no revocar la cautelar que suspende la aplicación del artículo 161 de la Ley de medios. Paralelamente, recomendó que la medida cautelar no se prorrogue indefinidamente. Es decir, que se resuelva rápido la cuestión de fondo: si es constitucional o no el artículo 161.

Esa causa está en manos de un juez de primera instancia. Defina éste como defina, se habilitarán las instancias de apelación. Primero Cámara, después la misma Corte.
Atención: casi seguramente la Corte tendrá que definir de una vez y por todas sobre este asunto.
En estos días, asistimos a una escena reconocible: el kirchnerismo creando su enemigo. Casualmente, la Corte. El Poder Judicial. La sensibilidad del tema hizo que los medios de comunicación involucrados no pudieran desistir de remarcar el "enfrentamiento".

La decisión de la Corte es saludada hoy, de manera casi efusiva, por todos los que valoran la independencia del poder judicial. Esa republicana independencia expresada tan claramente hoy, en el fallo de la Corte.

Decíamos: la Corte independiente será quien seguramente tenga que definir el diferendo sobre la cuestón de fondo. Que es la que constituye el último escollo para la plena vigencia de la Ley de medios. Esa Corte, que tan estoicamente resistió las presiones del kirchnerismo, y terminó, hoy, fallando en su contra.

Tendrá dos opciones: definir "a favor" de Clarín, o definir "a favor" del Gobierno.
Si vota a favor del Gobierno, ¿podrá alguien deslegitimar el voto, diciendo que el Poder Judicial no tiene independencia?
Pienso en el discurso de Hebe de Bonafini, tan discutido en estos últimos días, y repito en voz baja: barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste?


Me dio vergüenza la ingenuidad del razonamiento, y por eso decidí sacarlo. Los compañeros Sanin y JP, me hicieron notar que el problema central está en los tiempos. La Corte, con este fallo, mantiene la dilación que estratégicamente buscaron los abogados de Clarín. Para definir, muy probablemente, después de las elecciones del año que viene. Se puede pensar que hay dos resultados posibles: gana Kirchner en 2011, el 161 es constitucional. Gana la oposición, el artículo será claramente inconstitucional, y el expediente se perderá en medio de un trámite legislativo que tal vez termine modificando muchas otras cosas de la ley, con la sanción de otra nueva.
La "independencia de la justicia" y la necesidad de que funcionen las instituciones de la República son un lindo verso para recitar en el comité, y nada más.

Todo parece depender del resultado en el 2011. En política, como en el fútbol, lo único que importa son los resultados.

martes, 5 de octubre de 2010

El progresismo es de derecha

Hace poco, Tenembaum dijo algo así como que los Kirchner, en tanto no respetaban las opiniones críticas, estaban a la "derecha" de Menem o Macri, ya que ser "progresista" implica principalmente ser respetuoso de la democracia y la libertad.
Por supuesto, desde varios ángulos se le fueron al humo. Y la verdad que la declaración es un poco polémica.


Sin embargo, no llama tanto la atención ese intento de posicionar a los Kirchner en la derecha. El análisis de la política real suele exceder en mucho nuestras nociones topográficas.
Pero, por otro lado, si bien es cierto que hablar de izquierdas y de derechas puede generar cierta incomodidad, esos conceptos son insoslayables como referencia general para analizar la política ideal.


Lo que sí llama la atención es que tan alegremente se asuma como cierto que "progresismo" es lo contrario de "derecha". Primero porque no parece que haya motivos para que el término "izquierda" deba ser reemplazado por uno más amigable. En todo caso, el pudor del enunciante ya dice algo acerca de cuán contrapuesto a la "derecha" está el "progresismo".


Y después está la cuestión central. El progresismo es una ideología que comparte muchos valores que pueden acomodarse tranquilamente del lado derecho del eje.


Ya la idea de progreso, la verdad, es bastante cuestionable.
Pero si encima entendemos al progreso como una concesión de respeto que la cultura hegemónica les hace a los pueblos dominados, respeto que no es otra cosa que colocarles cucardas morales a los "otros" (ese concepto tan progresistamente antropológico) para que se sientan felices en su pobreza (elegantemente llamada "diversidad"), la cosa se pone más oscura. Si progresismo es determinar arbitrariamente que el mundo ya ha sido lo suficientemente contaminado por los ricos como para que encima ahora lo quieran contaminar los pobres (que no se conforman con serlo); si progresismo es convencer a esos pobres de que deben asumir la noble tarea de poner su pobreza (diversidad) como garantía de resguardo de los "recursos naturales" para cuando los ricos necesiten usufructuarlos; si progresismo es poner el mismo frenético ahínco en defender el derecho a la supervivencia del oso panda, y el derecho al amparo judicial del holding empresario expropiado; si progresismo es velar por la protección de las "indefensas" empresas de la familia Rocca ante la prepotencia del sindicato de camioneros; o pedir con gesto adusto que un grupo de desarrapados comprenda que sus derechos terminan donde empiezan los de Luis Betnaza, entonces el progresismo es cualquier cosa, menos lo contrario de la "derecha".


Es inimaginable un gobierno de derecha, de esos que fortalecen el régimen jurídico sobre el que se asienta el status quo de las relaciones económicas,  sin un progresismo de esta índole, opositor, cumpliendo el rol de partícipe necesario. Que el eje "izquierda-derecha" se transforme en eje "derecha-progresismo" es sin lugar a dudas el exponente más claro de que la batalla ideológica la ganó la "derecha".

lunes, 4 de octubre de 2010

La suerte

La respetada y muy querible Ana C. publica hoy una entrada en la que señala que si se compara en % de PBI a qué se asignó el gasto público en 2001 y en 2008, nos encontraremos con que no hay una gran diferencia entre el "peor año" de la democracia y el "mejor" (es muy irónica Ana C.).


Yo no voy a discutir esos conceptos porque la verdad es que no estoy a la altura de poder hacerlo. Pero sí me voy a detener en un punto que surge de la argumentación, y que se reitera muy a menudo cuando se habla del gobierno de De La Rúa y se lo compara con el fragmento kirchnerista. Me refiero a la invocación al contexto internacional, que suele mostrar a los Kirchner como presidentes con suerte y a De La Rúa como un pobre desgraciado al que le tocó bailar con la más fea (en sentido metafórico, por supuesto; no creo que doña Inés lo dejara bailar, ni siquiera con la más fea).


La verdad es que al contexto hay que ayudarlo. Y De La Rúa lo ayudó. Fue él quien decidió apostar al tipo de cambio fijo. Prefirió mantener tasas de interés altas, mantener la paridad cambiaria y apostar a la deflación. Fue él quien dispuso armar una mesa de saldos con las reservas del Banco Central (bien baratitas) y financiar el negocio tomando deuda externa.
Yo entiendo lo del precio de la soja y la menor liquidez a escala internacional, pero ese contexto (al igual que el contexto favorable que les tocó a los Kirchner) son las condiciones desde las cuales se puede diponer qué hacer para sacarle jugo, o para aminorar los impactos. Y De La Rúa hizo todo lo contrario (y se demostró claramante cuando una simple flotación de la moneda revirtió copernicanamente el ciclo). No le restemos méritos a De La Rúa, que los tuvo. No se dejó llevar por el contexto. Él vio la tormenta y cual Ringo Bonavena, pero sin gracia, le dijo a Cavallo: "metete en el medio".

domingo, 3 de octubre de 2010

Junta Nacional de Granos


En las últimas semanas se volvió a hablar del tema. Que genera desacuerdos entre las conducciones de las distintas representaciones corporativas de los empresarios agrícolas. Y que provoca infundadas algarabías en algunos sectores cercanos al oficialismo.
Aparentemente, la FAA baraja un proyecto. CRA y SRA no quieren ni escuchar hablar del tema. El asunto, sin embargo, pasa por definir qué aportes podría hacerle una JNG a la organización de un negocio, cuya importancia es vital para el desenvolvimiento de la economía argentina, interfiera esto o no con aspiraciones de tipo político.


En principio hay que decir que el mercado suele tener algunas virtudes como "disciplinador" y organizador de negocios. Esperar que no todo quede "regulado" (o desregulado) por el funcionamiento del mismo, no debería implicar que desconociéramos cuáles son las condiciones en las que nos movemos.
Una institución estatal, pensada como reguladora, no debería perder de vista que cualquier "ahogo" sobre la organización dispuesta por el mercado requiere que se establezcan pautas racionales que reemplacen eficientemente una institución por otra.
Dicho de manera menos complicada: el establecimiento de una Junta Nacional de Granos no debe aceptarse sin discusión. Pensar para qué, con qué objetivos, y no dejarse llevar por la nostalgia. Reponer la JNG no equivale a recuperar la juventud perdida.


Una institución de este tipo podría colaborar en la definición del famoso "precio sostén". Un precio mínimo que las exportadoras deberían pagarles a los productores. El fin es evitar abusos monopsónicos de parte de las grandes empresas exportadoras. Al mismo tiempo regularía los márgenes de ganancias de estas empresas, para que estas no sean "extraordinarias". El mecanismo podría ejecutarse haciendo que la JNG actuara como un competidor más de las exportadoras, o aún como intermediario entre los productores y aquellas, comprando cosechas y vendiéndolas a los que exportan, o exportándolas directamente.


El precio neto que recibe el exportador está regulado, actualmente, por las retenciones (si no hubiera retenciones, el precio lo fijarían los valores de comercialización internacionales; es decir: se puede operar para bajar el precio neto que cobra el exportador pero no para subirlo). Esto significaría que en el caso de que la JNG decidiera mantener un precio sostén para productores mayor al que las exportadoras estuvieran en condiciones de pagar (o tuvieran ganas de pagar), sería la JNG la que debería "bancar" la diferencia. O sea, si el criterio es crear una Junta de estas características, se estaría creando una entidad encargada de distribuir subsidios indirectos a los productores.
Por otra parte, las retenciones perderían una de sus "propiedades": la de fijar el precio interno de las materias primas. Esa "propiedad" sería absorbida por la JNG. O sea, se modificaría el mecanismo (no el criterio, esto es: precio regulado). Una JNG de este tipo no eliminaría el conflicto potencial por la renta. El choque de intereses entre quienes comercializan materias primas, quienes les agregan valor a las mismas, quienes acopian y exportan, existiría igual. La Junta mediaría en ese campo, en el que se pondrían en juego cuestiones como renta, márgenes de ganancia de las distintas facciones del capital, fondos del estado disponibles para subsidios, y la capacidad por definir un perfil productivo de país distinto al que sugerirían los "precios internacionales".


El motivo por el cual CRA y SRA se resisten a la aplicación de políticas como éstas habría que buscarlo por el lado de que consideran conveniente que sea el mercado el disciplinador de los actores del negocio. La idea es que el achicamiento de los márgenes de las exportadoras puede propiciar una organización de la producción y comercialización de productos agrícolas que limite por igual el crecimiento y la concentración (dos fenómenos que en el capitalismo suelen ocurrir de manera simultánea).


Una institución de este tipo, sin embargo, dejaría al margen la discusión sobre el total de la renta del sector, y su influencia sobre la definición del perfil productivo del país.